miércoles, 26 de noviembre de 2014
CAPITULO 15
Karma.
Es un tema por demás sabido, que cuando uno intenta que algo salga de una forma, el karma se encarga de que ocurra exactamente lo opuesto.
En ese momento lo que más deseaba Paula, era llegar a su casa tomar una larga ducha y olvidarse que el mundo existía más allá de su departamento. Pero por supuesto, aquel no era su día, ni su mes y por cómo iba encaminándose últimamente, tampoco parecía ser su año. Si por los recientes sucesos debiera guiarse, diría que ese era el año de las ratas, no importaba lo que el horóscopo chino dijese.
Estaba claro para ella que a los dragones, los habían timado y en grande.
— ¿Paula?—Tan solo fue necesario oír una sola vez a esa voz pronunciar su nombre, para ratificar que el horóscopo era tan mentira en oriente como en occidente. “Hoy será un día brillante” auguraban para ella, pero que mentira más sádica. Lo más brillante que había visto hasta el momento, era el trasero de Pedro enfundado en unos suculentos bóxers. Y Dios la proteja de estar admirando tremendas calamidades, debería sentirse asqueada y para su sorpresa, no hacía más que recordar aquella escena.
Se detuvo en seco, con las llaves a medio camino de la puerta de entrada. No quería volverse, sabía que si lo hacía se encontraría con un ceño fruncido y un rostro que pediría a leguas una explicación. Pero ¿Es que acaso podría fingir no haber oído nada?
—Ahora mismo detente ahí pequeña zorra—Confirmado, no podía.
Flor camino rápidamente por el pasillo y sin hacer mucho esperpento se detuvo a su lado, para exasperarla con los repetitivos golpecitos de su chancleta de vieja bruja, contra el piso de cerámicos.
— ¡Ay! ¡Ya para!—exclamó con los nervios caldeados. No había cosa que la fastidiara más, que ver a su amiga en plan de madre pata.
—Ya quiero una explicación—Paula la mira enarcando una ceja con suspicacia, Florencia le dio un golpe con el periódico que llevaba en la mano, exactamente la razón por la cual la había atrapado en medio del pasillo.
Se sobó la frente con una mueca en los labios, había estado tan cerca de llegar sin ser vista, pero el destino se las traía mal con ella.
—Me duele la cabeza y no estoy con ganas de hablar—A Flor esa respuesta no le agrado en lo más mínimo, le arrebato las llaves y abrió la puerta por sí misma, instándola con un empujón a entrar—Oye cálmate…
—No me vengas con que me calme, a estas horas Rubén debe estar haciéndose una descarga matutina contigo—Paula no pudo evitar fruncir hasta el espíritu con esa idea.
Rubén era el encargado del edificio, hacia exactamente dos meses había instalado cámaras en los pasillos. Dícese para cuidar mejor de los inquilinos, pero lo que en realidad hacia era vigilar mejor a las inquilinas. Era un tipejo asqueroso, el típico que no pierde oportunidad en detallar cada centímetro del cuerpo de una mujer. No importaba si esta fuese bonita o no, lo único que era importante para Rubén eran las curvas que se ocultaban bajo cada vestido. Todas sabían que el hombre empleaba cada hora del día en intentar dirimir el color de las bragas de tal o cual muchacha. Puerco Rubén o manos rápidas Rubén, así lo habían bautizado ¿Cómo se había olvidado de él?
Afortunadamente Flor estaba pensando por ambas, de otra manera Paula habría sido la protagonista principal en las fantasías erótica de su portero. Eso ya sobrepasaba su límite, su cabeza no estaba para analizar tales cuestiones, se sentía abatida, no, esa no era la palabra correcta. Ella se sentía como una…una…bueno, ¿Para qué dar vueltas? Como una puta.
Una grandísima, consumada y encima falta de paga, puta. Porque Pedro ni le había pagado. No es que ella acostumbrara a intercambiar dinero por favores sexuales, pero ya que ni iba a recordarlo unos billetes no le caerían del todo mal.
— ¡Florencia quiero morir!—gimió en un exabrupto, mientras se cubría el rostro con las manos en un intento vano de ocultar su desfachatez.
—Shh… shh… ¿Qué paso? —Sintió como su amiga la envolvía en un ligero abrazo.
Flor podía estar molesta con ella, pero aun así le prestaba su hombro. Tendría que recordar aquello, pues definitivamente iba a recompensarla por su amistad.
—Hice algo malo…—Confesó, manteniendo la frente pegada al hombro de su amiga.
— ¿Qué? ¿Qué hiciste?—Paula no respondió, estaba demasiado avergonzada como para admitirlo. ¡Por Dios! Era el segundo hombre con el que se acostaba en toda su vida y ni siquiera podía precisar un instante. ¿Cómo había dejado que eso ocurriera? Ella se jactaba de ser una persona sensata, de nunca cometer imprudencias de ese tamaño y ahora estaba allí, intentando mantenerse en una sola pieza— ¿Paula?
—Me acosté con Pedro…—Por un momento no hubo más que silencio, ella se separó lentamente de los brazos de su amiga.
El rostro de Florencia no decía nada, por primera vez aquellos ojos verdes estaban fijos en una expresión vacía.
—Oh…—susurro finalmente, sin añadir ni quitarle peso a su confesión. Paula puso los ojos en blanco ¿Oh? ¿Qué demonios significaba eso? ¿Lo aprobaba? ¿Lo desaprobaba? —Ya me decía yo que allí había algo raro.
— ¿Qué?
—Bueno…—Flor la miro con un amago de sonrisa—Lo llevaste a la fiesta de Cata.
— ¿Y eso qué?
—No lo sé, había algo en tu forma de mirarlo.
— ¡No! ¡No! Nada de forma de mirarlo, no me gusta, Flor… ¡Pedro no es nada para mí!
— ¿Y porque te acostaste con él?—La censuró, haciendo que ella soltara un silbido entre dientes. Una pequeña parte de su cerebro, quizás las más pequeña y relegada, pensaba que sabía la respuesta a eso. Porque estando o no ebria, ella había ido con él voluntariamente. No estaba segura que había ocurrido en el intermedio, pero no iba a negar que el detalle de haber despertado entre sus brazos, no hubiera sido una sensación placentera.
¡No! ¿Qué estaba pensando? ¿Placentera? Claro que no, no podía volver a ver a ese hombre. ¿Qué le diría si se lo cruzaba? Ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos. ¡Por Dios del cielo! ¡Él la había visto desnuda! Eso ya era motivo suficiente para cortar cualquier relación, sea de amistad, laboral o lo que fuere.
— ¿Qué voy a hacer?—inquirió con algo de dramatismo.
—Lo primero que harás es tranquilizarte, sí te acostaste con él ¿Y qué? Los hombres y las mujeres llevan en ese asunto desde el inicio de la humanidad, créeme no eres la primera…
Ella no supo si reír o llorar por aquella afirmación, fue hasta uno de los sofás de su salita y se dejó caer sonoramente contra la falsa imitación de cuero.
—Bueno…quizás tengas razón. Digo, después de todo para él también tiene que ser una situación embarazosa—Flor encogió un hombro no muy de acuerdo con sus palabras y fue cuando Paula cayó en cuenta de la estupidez que estaba diciendo.
¿De aquí a cuando los hombres se sentían avergonzados de un revolcón? Estaban hablando de Pedro después de todo, no de Mahatma Gandhi.
—Lo sé, para él esto no significara nada y yo soy la idiota que le da demasiada importancia.
—Paula…—Comenzó su amiga, pero ella la detuvo con un ademan.
—No, es verdad. Es la estupidez femenina, hacemos de una gota de agua, una inundación y de un intercambio de fluidos, una relación…—Ella sabía muy bien de lo que hablaba, había expuesto ese mismo asunto en varias de sus historias.
Pero bien… en sus libros, sus heroínas eran mujeres que nunca se dejaban amedrentar por el sexo opuesto. Ellas llevaban las riendas, ellas decidían el camino de sus vidas y su juicio nunca se veía afectado, por las joyitas que colgaban de la cintura de un idiota. Una cosa era escribir sobre eso y otra muy diferente llevarlo a la práctica. Paula sabía que estaba exagerando, sabía que Pedro ni siquiera estaba pensando en ella o si lo estaba haciendo, solo seria de un modo superficial. Entonces ¿Por qué seguía dando tantas vueltas al asunto? Tenía que superarlo, para él no habría repercusiones y ella estaba decidida que en su caso fuese lo mismo. Sin lamentaciones, había tenido sexo. ¡Festéjalo! Se dijo internamente, logrando por un segundo alcanzar su nirvana.
— ¿Usaron protección verdad?—Y su globo de auto superación reventó, hasta volverse una mísera burbujita en el espacio.
Clavó su mirada en Flor y ésta la apremió a responder alzando sus cejas, expectante. Paula se congelo, no, eso sería poco. Paula murió unos diez segundos.
Repentinamente las lágrimas inundaron sus ojos y toda la paz que había logrado juntar se escapó pavorosa por la ventana, allí se suicidaba su orgullo.
—No lo sé…—Gimoteo abrazándose a su amiga, en busca de apoyo o de una respuesta celestial— ¡Flor! ¿Qué hago? ¡No sé qué paso! ¡Soy de lo peor!
—Shh…cielo ¡Calma!—Su amiga le acariciaba la cabeza sin romper su abrazo, pero Paula no escuchaba razones.
—Si…yo…yo… ¡No!...no puedo…—Se apartó para mirarla fijamente— ¡No voy a tener un hijo de ese hombre! —Le advirtió como si de ella dependiera que eso ocurriese o no—Seria una terrible madre, a la primera oportunidad me olvidaría el niño en el mercado…—Flor sonrió muy a su pesar.
—Tranquila niña, tranquila. Estas diciendo tonterías, tú serás una excelente madre…
— ¿Con el aval de quién? ¿La mía? —insto irónica.
—Paula…estas sacando conclusiones apresuradas, tal vez Pedro si recordó usar protección, lo único que debes hacer es preguntarle.
— ¡No! No voy a volver a hablarle—Se puso de pie abruptamente, sin darle tiempo a su amiga de reaccionar—Ya mismo llamare a Julieta, cancelare todo. No voy a acercarme a él nuevamente, será mi propia orden de restricción…
— ¡Por Dios Paula! ¿Perderás tu trabajo por una tontería como esta?
— ¿Tontería?—exclamó sin poder creérselo—No es una tontería, ese hombre es insufrible en estado normal, te imaginas como se pondrá ahora que sabe cómo soy…
—En la cama—Frunció el ceño, no había completado la frase adrede.
—Es todo, a la mierda el libro y los fanáticos, después de todo ¿Qué tanto cuesta desprenderse del sueño de toda tu vida? —Flor sacudió la cabeza y fue hasta su lado para quitarle el tubo del teléfono, de sus agarrotados dedos.
—Si te precipitas, cometerás un error. No es solo un trabajo para ti, no dejes que un hombre te quite todo lo que has logrado—Ella la miro con resignación.
—Entonces ¿Qué hago?
—Lo que vas a hacer es darte una larga ducha, quitarte esa ropa y enfundarte en tu pijama más bonito y suave. Luego te meterás a la cama y dormirás hasta que yo vuelva del trabajo…comeremos helado, miraremos Titanic y lloraremos con la muerte de Jack ¿Te parece un buen plan?
—Suena bien—susurro sorbiendo la nariz.
—Bueno, en marcha—Flor la encamino al baño y ella se dejó guiar como si estuviese en modo automático.
No seguiría preocupándose, su amiga tenía razón estaba especulando con cosas que simplemente podían no pasar.
Bueno, lo sabría con seguridad en nueve meses
martes, 25 de noviembre de 2014
CAPITULO 14
En tanto Pedro se duchaba ella se puso en la tarea de encontrarse algo de ropa, para su desgracia el hombre no parecía del tipo que llevaba prendas ajustadas. Todo le quedaba enorme, los pocos pantalones de gimnasia que encontró en su armario le quedaban como bolsas y sin importar cuanto doblaras las perneras, seguía arrastrándolos. Harta de la situación, se resignó a ponerse unos bóxers que en ella lucían como pantalones cortos. Al menos así cubría su trasero y no tenía que estar ventilándolo por la casa de ese hombre.
—Pedro—Llamó dando ligeros golpecitos a la puerta del baño, él no contesto.
Paula podía oír la cascada de la ducha en el interior, podía ser posible que en realidad no la escuchara o solo se estuviese haciendo el desentendido, para que ella abriera la puerta. Pero estaba decidida a salir de esa casa con la dignidad lo más intacta posible, si podían haberse acosta… ¡Dios! Ni pensar la palabra podía. Con el rostro ruborizado, volvió a llamar a la puerta. Tan solo quería salir de allí ¿Era mucho pedir?
— ¡Pedro!—Nada, él seguía ignorándola, pues ella había gritado lo suficientemente fuerte como para que los vecinos de la escoria la oyeran—¡¡Pedro!!
— ¿¡Qué!?—Entonces la puerta se abrió y Paula no se desmayó, por el simple hecho de que era lo bastante osada como para disfrutar la vista sin remordimientos. ¡Dios lo tenga en la gloria! Estaba así, como Adán en su vendito Edén pero sin la hoja de parra, por supuesto él no se tomaría el trabajo de detenerse en esas nimiedades.
— ¡Oh!—exclamó una vez que supo, debía reaccionar— ¿Por qué sales así? Eres…
—Bien que te detuviste a mirar—Paula se volteó en tanto él decía aquellas palabras, era un degenerado, no tenía pudor ni decencia. ¿Y ella? Y ella doblemente degenerada, por haber estado mirándolo con tanto apetito — ¿Qué quieres? Ya te dije que si te daba ganas solo entraras.
— ¡Mierda Pedro! ¡Cierra la boca! Pues no tendré reparos en matar a tus próximas generaciones.
—Histérica.
—Idiota.
—Niñita llorona.
— ¡Asqueroso puerco!—Frente a esa frase Pedro hizo silencio, por un segundo Paula se creyó vencedora en esa disputa, una pena que el instante fuese efímero.
— ¿Qué cosa?—Él estaba detrás de ella, desnudo, reposando sus manos sobre su cadera, desnudo, hablándole al oído, desnudo y demasiado cerca para que ella lo ignorase. ¿Ya he dicho desnudo?
—Pedro…
—Hmm…—Tan solo tenía que dar un paso atrás y las cosas se irían completamente de sus manos. ¿Dónde había quedado la chica tímida y recatada? ¿De aquí a cuando su mente le jugaba tantas malas pasadas?
—Suéltame.
— ¿No quieres acompañarme con el final de mi ducha?—La nota sugestiva estaba plantada, ella solo debía asentir. Tal vez él solo se burlaría de ella, diciéndole algo como “Ni muerto me ducho con una viuda negra” pero entonces también cabía la posibilidad de…«No, esto no podía pasar…Otra vez» ¡Ay! ¿Pero sería tan malo guardar un recuerdito de lo que sería estar con Pedro?
La Paula atrevida luchaba con la angelical, ambas presentaban tan buenos argumentos y hasta la fecha, ella ni siquiera sabía que poseía un lado tan libidinoso.
—Paula.
— ¡No!—Se deshizo de sus manos en un parpadeo, no podía hacerlo. No estando en su sano juicio. Pedro era atractivo, pero era solo eso un envoltorio de carne, bien esculpido debía admitir pero él no sentía nada por ella. Y al menos en su mundo, el sexo debía implicar un mínimo de compañerismo. Algo que entre ellos claramente no existía, no podía, así no funcionaban las cosas.
— ¿No?
—Quiero que me lleves a casa.
— ¿Qué te lleve?—Paula asintió aun de espaldas a él, pero no necesitaba verlo para sentir la nota ofuscada en su timbre—Lo siento cariño, si quieres irte deberás hacerlo por tus propios medios.
Ella no pudo más que volverse para verlo con el rostro estupefacto, Pedro sabía que no tenía como regresar. No podía montarse en un taxi con esas ropas y mucho menos caminar hasta su casa, la única opción que tenía era llamar a Flor pero eso también implicaba darle explicaciones a ella.
—Por favor—murmuro con los ojos fijos en esos duros y fríos orbes azules. Por un instante pensó que realmente le había molestado su negativa, pero ¿Es que acaso no comprendía su postura? Un error de ebrio era algo,
pero cometer la misma estupidez dos veces, sería igual que apretarse los dedos con la puerta por diversión.
—Estoy a mitad de mi ducha—Fue la respuesta que le soltó, antes de darse la vuelta y meterse una vez más al cuarto de baño.
A Paula se le atoro la réplica en la garganta, ese maldito hijo de p… Pero fue incapaz de dejar salir eso por su boca, se limitó a soltar un bufido y con el poco orgullo que le quedaba, salió de esa habitación como alma que lleva el diablo. Pero ¿Quién diría que la solución a su problema se encontraría reposando tiernamente en la alfombra?
Mientras la cascada de agua fría golpeaba su espalda, Pedro intentaba apartar de su mente todo pensamiento racional. Era difícil pero casi lo estaba logrando, ya no estaba pensando en su cuerpo ligero descansando sobre el suyo propio, ya no estaba viéndola contonearse por su habitación cubierta por una de sus camisas, ya casi y se había quitado el aroma a melocotón que expedía su piel. Solo una o dos horas más de agua fría y él estaría como nuevo.
En ese momento la puerta del baño se abrió y tras el vidrio templado de la mampara, reconoció su figura moverse por el lugar.
— ¿Cambiaste de opinión?—No pudo evitar que una sonrisa jugara en sus labios frente a la idea, incluso su cuerpo incremento la temperatura del agua helada que lo estaba rozando. Saber que solo había una puerta de cristal separándolos, activo cada uno de los sentidos que la ducha estaba intentando dormir— ¿Paula?—inquirió al notar que ella no respondía.
Entonces la puerta se cerró, pero Pedro dejo de ver la silueta de ella al otro lado.
— ¿Paula?—Con lentitud descorrió la portezuela de la mampara para encontrarse completamente solo. Frunciendo el ceño salió de la ducha dispuesto a preguntarle para qué había entrado, pero un diminuto papel pegado en el espejo lo detuvo en seco.
“Si lo quieres devuelta ven a buscarlo, gracias por el favor…Paula” Y justo debajo de su firma, dejaba una dirección que en un principio Pedro no comprendió.
El ruido en el exterior, fue todo lo que necesito para comprender la nota.
— ¡No…no, no, no!—Corrió a la ventana para verla salir a toda velocidad por los portones de su casa— ¡No mi Lexus!
—Exclamo dispuesto a ir detrás de ella con lo que llevaba puesto en ese instante, O sea nada.
Era oficial esa niña no volvería a respirar, si le hacía un mísero rayón a su auto él la degollaría y gustoso la echaría a los buitres.
CAPITULO 13
Así Juego Yo.
Uno nunca esperaría sentir la necesidad física de arrancarse la cabeza, pero allí estaba ella, demostrando que a veces incluso la mente está en desacuerdo con lo que dicta la lógica.
Había ciertas partes de su cerebro, que parecían estar despertando lentamente a la sobriedad, algunas otras seguramente no volverían a ver la luz del día. Paula estaba casi segura de haber matado, más de la mitad de sus neuronas con ese condenado alcohol etílico. Porque no podía ser otra cosa que eso, nadie se ponía tan ebrio con licores buenos. Maldito doctor, maldita Cata, maldito Pedro…malditos sean todos los que la pusieron en aquella situación.
Pero bien, de nada valía injuriarse por el pasado. Estaba en su cama, estaba sana y salva; y a partir de ese segundo estaba por comenzar a invernar, hasta sentir que todo en su mente volvía al cause común. Se prometió en ese instante no volver a tocar el alcohol, incluso si se cortaba prefería morir de tétanos antes de intentar desinfectarse con él. Dios la cabeza le daba vueltas y su estómago parecía contraído en una diminuta bola, sentía que con cualquier estimulo se activaría como la noche anterior y le sería imposible contener los vómitos. Asco, ella era un asco. ¿Cómo había caído tan bajo?
Se removió un tanto incomoda y soltó un quedo gemido al aire ¿Podía ser posible que incluso aquello le hiciera retumbar las sienes? Sí podía ser.
—Voy a morir —susurro aletargada, mientras hundía el rostro en la almohada y se dejaba embriagar por ese aroma tan particular.
Que extraño que su almohada oliera a hombre, teniendo en cuenta que su cama era como la superficie lunar, el último avistamiento masculino databa de mil novecientos sesenta.
No le dio mucha importancia y prosiguió con su labor de hundir el rostro, en la suave, tibia y musculosa superficie.
¡Aguarden! ¿Musculosa? Paula abrió los ojos abruptamente, para encontrarse con piel… ¡Piel! No, no solo con piel, sino con todo un hombre completo debajo de ella. Corrección, un hombre completamente desnudo.
—Ay Dios…—soltó en un suspiro, plantando las manos en el pecho de aquel hombre para incorporarse. Pero fue ese único movimiento el que finalmente termino por despertarlo y de ser posible Paula, paso de avergonzada y confundida a literalmente estupefacta.
—Buenas—Saludo él con una sonrisa de suficiencia en sus labios, ella no respondió, no respiro, no...
Solo se quedó allí, mirándolo sin dar crédito de que él estuviese ocupando su cama. Todo despeinado el condenado, con el torso — ¡Sí! El de Botticelli— expuesto en toda su gloria y esos ojos azules resplandeciendo de vivacidad, como si cargara una lámpara a un lado para crear ese efecto devastadoramente apuesto.
— ¿¡Qué demonios haces aquí!?—exclamo cuando sus adormecidas neuronas, terminaron de conectar los sucesos.
Pedro frunció el ceño y sin hacerle caso, la empujo a un lado para darse la vuelta y volver a conciliar el sueño. Paula observo su espalda, observo como los músculos se le tensaban por un instante, para luego dar paso al típico respirar acompasado propio del descanso. Ella puso los ojos en blanco y soltó un sonoro suspiro, antes de asestarle un golpe y luego otro y otro, hasta que él decidió devolverle la atención.
— ¡Quieres detenerte ya!—Le grito tomándola por las muñecas, hasta tumbarla en la cama y presionarla con el peso de su cuerpo de gorila.
—Suéltame—Pidió notando como su respiración se había ido a las nubes con ese simple cambio de posiciones, pero a decir verdad esa la dejaba a ella en marcada desventaja— ¡Pedro suéltame!
— ¿Y si no quiero?—Paula se mordió el labio con impotencia y él soltó una carcajada, liberándola al mismo tiempo—Miedosa.
—No tengo miedo.
—Claro que sí.
— ¿Qué haces en mi cama?—Él volvió a reír, pero de un modo que le erizo hasta los vellos de la nuca.
—Mira otra vez cariño—Con un ademan le apunto la habitación y ella como una estúpida, siguió el movimiento con sus ojos para nuevamente encontrarse perdida. Paula escrudiño todo con calma, sin reconocer los colores de ese cuarto, los muebles o siquiera la cama donde estaba sentada.
— ¿Qué…?—inquirió con la voz en un susurro— ¿Dónde…?
—En mi casa.
Las palabras de Pedro se colaron por sus oídos, deteniéndole el corazón al mismo tiempo. Su casa ¡Su casa! ¿Qué demonios hacia ella en su casa? Peor ¿Por qué estaba acostada con él? ¡No podía ser cierto! ¿¡Con Pedro!?
No sabía que la molestaba más, haberse acostado con él ebria o el no recordarlo en absoluto.
— ¿Tú y yo…?—preguntó con la garganta seca, repentinamente la sentía como si intentara pasar arena por entre sus cuerdas vocales.
—Oh si, toda la noche—Eso era todo, oficialmente estaba muerta.
Sí, su corazón ya no latía, sus pulmones habían colapsado cual víctima de accidente automovilístico y su cerebro… ¿Qué cerebro? Solo una estúpida descerebrada se acostaría ebria, con el hombre con el que se supone debe trabajar. Se sentía como una de esas secretarias busconas, las mismas que usaban su cuerpo para obtener un aumento. Solo que ella obtendría una patada en el trasero y un “gracias por los servicios prestados” Estúpida, era una palabra demasiado bonita para definirla.
—No puede ser…—murmuro resignada. Pero entonces la confusión dio paso a un sentimiento mucho, mucho más liberador. La ira— ¿¡Por qué!?—Increpo mirando a su compañero de cama— ¿Por qué hiciste eso? ¿Acaso…acaso eres idiota?
— ¿Idiota? ¿Y eso porque? Anoche no pensabas lo mismo, es mas no dejaste de decirme cuanto me adorabas y que esta era la única forma en que podrías pagarme...
— ¿Pagarte?—Lo interrumpió chillando.
—Sí, ya sabes. Te encontré vagando por las calles, sin calzado y bastante desorientada. Cuando llegamos aquí, no dejabas de lanzarte a mis brazos diciéndome lo guapo que era y que toda la noche habías esperado tenerme así de cerca.
— ¡Eso es mentira!
—Claro ¿Y tú lo recuerdas mejor que yo?—insto irónico, a sabiendas que llevaba la razón en ese punto.
Paula se cruzó de brazos con rabia, pues no lo recordaba.
No recordaba nada después de haber dejado la fiesta con el doctor e incluso esos recuerdos, estaban como metidos en una nebulosa.
¿Cuándo se había encontrado con Pedro? ¿Realmente había estado vagando por las calles? ¡Oh Dios! Esto era peor de lo que imaginaba, lo único que le faltaba era estar en deuda con la escoria.
—Incluso si eso fuese cierto ¿Por qué no te comportaste como un caballero? —La recriminación era bastante pobre, teniendo en cuenta que ella no se había comportado como una dama. Pero a decir verdad era más fácil echarle la culpa a Pedro, que admitir que en esa ocasión ella tenía todas las de perder—Ni siquiera te gusto…—musitó con las lágrimas oscilando peligrosamente en sus ojos. Llorar, eso era como la frutilla del postre ¡Estupendo!
—Vamos, no seas tan…—Pedro se detuvo a media frase y Paula noto el instante en que fijo la vista en sus ojos— ¿Por qué lloras? No es para tanto…no es como si te hubiese robado… la virginidad—La última parte casi y pareció dudarla, pero ella no reparo en el pequeño traspié de su interlocutor. Estaba demasiado ensimismada en su propia miseria.
—No se trata de eso, es sobre los principios ¡Tú no tienes códigos! —Le apunto con un dedo acusador—Ningún hombre que merezca ser llamado así, se aprovecharía de una mujer ebria ¡Ni el doctor quiso forzarme cuando me negué!
— ¿Te negaste?—Paula sintió la urgencia de arrojarle algo al rostro, ella intentaba transmitirle su confusión y él se burlaba como si todo se tratara de un simple chiste.
— ¿A ti que más te da? ¡Eres repugnante!
—Paula…
—No, no me toques.
—No decías lo mismo unas horas atrás—Ella lo fulmino con la mirada, ¿cómo se atrevía a seguir provocándola? —Ya deja el drama ¿quieres?
—Vete al infierno—masculló encontrando la fuerza para ponerse de pie y salir de aquella cama a la carrera.
Pero fueron cinco pasos los que dio, para caer en cuenta del atuendo que cubría su desnudez.
— ¿Dónde está mi ropa?—exclamó con los nervios a flor de piel.
—Tranquilízate, probablemente ahora debe estar en el segundo ciclo de lavado—Él se descubrió el resto del cuerpo que aun ocultaba las sabanas y ella dio un respingo volviéndose en la otra dirección—Dudo mucho que quieras usar eso, la decoraste a tu gusto con una buena cantidad de vomito…—Ella cerro los ojos y alzo el rostro al cielo, en una súplica silenciosa. Había caído bajo y Pedro no estaba teniendo reparos en brincar sobre su humillado honor.
Él pasó caminando por su lado y ella no pudo evitar del todo que el cuerpo se le pusiera alerta frente a su cercanía, incluso con los ojos cerrados sabía que él la estaba mirando.
— ¿Qué?
—Voy a darme una ducha, tal vez quieras acompañarme—Paula desplego un parpado y lo miro echando humo por la nariz—Bien…si cambias de parecer…—Le apuntó sutilmente una puerta y luego fue caminado hasta allá, cubierto por un minúsculo bóxer negro que se ajustaba a su trasero como un guante. La iglesia escribiría una plegaria, para ese monumento a la belleza masculina.
Paula permaneció de pie en el centro de la habitación, enfundada en una camisa blanca que le quedaba como cinco números más grande. Lo único que la contentaba, era que él había tenido el detalle de vestirla luego de…Mejor ni pensar en ello.
lunes, 24 de noviembre de 2014
CAPITULO 12
Pedro estaba cómodamente recostado en su cama, llevaba la última media hora observando el cielo raso. No sabía porque le costaba tanto concebir el sueño, después de todo estaba molido. Pero algo lo incomodaba y muy en lo profundo de su ser —en la parte más perdida y olvidada— sabia la respuesta. Pero antes de admitirlo se cortaría una mano y se la daría de comer a sus pececitos.
Repentinamente algo comenzó a emitir un zumbido, bastante molesto. Se volteó buscando su celular, pero al tenerlo en la mano descubrió que éste estaba completamente calmo. Enarco una ceja mirando la pantallita, solo para confirmar que su sentido del tacto no estaba averiado. Nada.
— ¿Qué demonios?—Pregunto a nadie en particular, mientras se ponía de pie en busca del maldito celular vibrante. Él solo tenía uno ¿Acaso había alguien más en su casa? No, imposible. Incluso un ladrón no cometería la estupidez, de meterse a robar con el teléfono prendido.
Después de buscar inútilmente por largo rato, el celular fantasma dejo de hacer ruido. Pedro se encogió de hombros, dispuesto a meterse en la cama y obligarse a dormir, cuando éste volvió a importunarlo.
—Pero la pu…—Agito cojines, almohadas e incluso desarmo toda la cama. Aun así no lo hallo.
Entonces su vista se encontró con la ropa que había dejado desperdigada por el suelo, cuando había llegado. Y fue como si una lámpara chispeara en su aturdido, cansado y muy exasperado cerebro.
—Paula—murmuro, tomando su pantalón de jean y extrayendo de su bolsillo trasero el diminuto celular rosa— ¿Diga?
— ¿Paula?—Sí claro, después de su operación de cambio de sexo.
—Eh…no—Del otro lado de la línea alguien soltó un pequeño suspiro.
— ¿Puedes poner a Paula al teléfono?—Pedro analizo un segundo el pedido de la mujer y pensó en soltarle una grosería, por estar molestando a las tres de la mañana. Pero luego recapitulo, eso no sería muy cortes, él ni siquiera estaba dormido.
—Paula no está aquí, me dio a tener su teléfono y supongo que olvido pedírmelo—Hubo un movimiento como si su interlocutora, estuviese tapando la bocina.
— ¿Eres Pedro?—Ah, ella lo conocía eso lo sorprendió un poco.
—Sí.
—Mira, esto…Paula se marchó de la fiesta y no puedo encontrarla. Si llama a su teléfono, podrías decirle que se ponga en contacto conmigo. Soy Flor—No pudo evitar molestarse por la información que le daba la tal Flor.
¿Dónde podría estar esa boba? Bueno, la respuesta era más que obvia. Estaba con ese tipejo que la acaparo toda la noche.
—Seguramente esta con ese tipo disfrazado de doctor—No debió decir eso, para él había sonado como un ex celoso.
Pero le fue imposible contener esa demanda que pugnaba desde lo profundo de su garganta, amenazando con hacerlo romper su máscara de calma. Quería soltar una maldición y ni siquiera sabía porque.
—En realidad…es que él regreso a la fiesta…y dijo que Paula se había marchado.
— ¿Sin sus botas?—Que pregunta tonta, por supuesto que sin sus botas pues él las tenía también.
—No sé, estoy bastante preocupada…por favor…
—Sí, sí, si…le diré que se ponga en contacto contigo—masculló más enrabiado que antes. Maldita mujer insensata ¿Cómo se le ocurría deambular sola y ebria por las calles?
—Gracias—Tanto Florencia como él colgaron al unísono.
Pedro aun sosteniendo su pantalón con su mano libre, tiro el celular de Paula sobre la cómoda y comenzó a vestirse apresuradamente.
No estaba seguro que haría, pero antes de poder analizar nada, se encontraba detrás del volante de su Lexus buscándola por las oscuras calles de Londres. Si la encontraba la mataría y luego…y luego, bien aún no había planeado nada, pero eso no lo detendría en darle un verdadero escarmiento.
Quién podría llegar a imaginar que su casa, se había movido del lugar en donde la había dejado esa misma mañana.
Pues Paula llevaba la última hora buscándola y aun no podía dar con ella ¿Es que estaba huyendo? ¿Las casas podían hacer eso?
Suspiro y de una forma muy poco femenina, se dejó caer al costado de la acera para limpiar sus cochinos pies. No sabía dónde estaban sus botas, pero en ese momento las echaba de menos. Al igual que su casa, las botas también la habían abandonado. ¡Qué suerte la suya! Mientras ese pensamiento cruzaba su mente, un auto dio vuelta la esquina iluminándola de lleno con esas malditas farolas blancas. Paula sintió que algo comenzaba a latir en alguna parte de su cabeza y supo que allí venían las náuseas.
Se puso de pie, solo para tener algo en que entretenerse y decidida, comenzó una vez más la búsqueda. No podía ser posible que no recordara donde vivía, pero es que ella podía jurar que no estaba tan lejos. Y en tanto que debatía la mejor forma de salir de ese predicamento, sintió como a su
lado el mismo auto que la había iluminado antes, bajaba la velocidad para acompasarse a su ritmo. Paula miro sobre su hombro, el automóvil completamente negro y con vidrios tintados, no dejaba ver quien lo conducía pero ella no estaba dispuesta averiguarlo.
Apretó el paso deliberadamente y su acompañante hizo lo propio, fue entonces cuando Paula sintió como su corazón comenzaba a bombear de manera frenética. No podían robarle, no traía nada más que su dignidad encima y eso no valía mucho. Además ¿De aquí a cuando los ladrones tenían mejores autos que sus víctimas? Ella podría poner una queja, ese tipo no estaba necesitado.
—Aléjate—murmuro como si de alguna forma, el conductor pudiese oír su suplica. ¿Qué quería de ella? ¿Pensaría que es una prostituta? «Mírame bien, ni botas traigo» Pensó en gritarle, pero procuro mantener la vista al frente, tal vez si no lo miraba terminaría por marcharse.
— ¡Paula!— ¡Oh Dios! Y sabia su nombre, iba a matarla alguien que la conocía. Después de todo las estadísticas son ciertas más del noventa por ciento de los homicidios son cometidos por personas cercanas a la víctima.
Las cosas que uno piensa cuando esta ebrio y al borde de la muerte, es sorprendente.
— ¡Paula!—insistió el conductor y ella se detuvo abruptamente. Reconocía esa voz, la haría incluso en las mismísimas puertas del infierno y con Lucifer picándole el culo con su tenedor. Bien, tridente…estar ebria no la justificaba a pensar como una ignorante.
Se volteó lentamente para ver como desde el interior del fascinante Lexus, unos penetrantes ojos azules la escrutaban con enfado y... ¿Sería eso alivio? No, seguramente era el efecto de luz de la luna.
— ¿Pedro?—insto con una enorme sonrisa. No estaba perdida, Pedro la llevaría a casa. Al fin alguien venía a rescatarla, al fin alguien se acordaba de su ebria persona.
—Sube de una maldita vez—Bien, no era exactamente un caballero en su hermoso corcel. Pero estaba dispuesta a ignorar esos detallitos, él estaba allí y por primera vez se alegraba de verlo.
Corrió para montarse al auto, pero toda la agitación no fue buena para su escasa resistencia estomacal. Allí estaban esas condenadas nauseas otra vez. Sin poder evitarlo se llevó ambas manos al vientre, en un intento estúpido de recuperar la compostura. Pero sentía que hasta la última célula de su cuerpo comenzó a subir por su tráquea, para llenarle la boca de ese gusto inconfundiblemente asqueroso.
— ¿Paula?—Pedro había descendido del auto y en ese momento se acercó a ella, para intentar incorporarla de la posición semi erguida en la que parecía haber quedado congelada. Le toco el hombro y ella alzo la cabeza, escrutándolo con los ojos llenos de lágrimas— ¿Estas bien?
Lo único que pudo hacer Paula para responderle, fue soltarle todo el alcohol que venía guardando en su estómago sobre la bonita camisa de lino. Pedro retrocedió pero demasiado tarde, ella no tuvo reparos en vomitarlo y vomitarse a sí misma en el proceso.
— ¡Eres una asquerosa!—exclamó, pero Paula no atendió a sus palabras. Estaba demasiado ocupada, tratando de no perder la conciencia allí mismo. Ya no le importaba que sería de ella por esa noche, había liberado gran parte de su frustración. « ¿Y mañana?» Bueno, mañana amanecería un nuevo y brillante día. Por esa noche, todo quedaría perdido en la bruma de la borrachera, si es que Pedro le permitía alguna vez olvidar lo que hizo por ella.
CAPITULO 11
—Dios eres hermosa—Ella gimió como toda respuesta, incapaz de esgrimir un comentario coherente. El doctor la apretó contra la pared, haciéndola muy consciente de su deseo.
No habían llegado muy lejos, él se le había echado encima ni bien habían alcanzado el primer rellano de las escaleras.
Y Paula no presento objeción, le gustaba la manera casi reverente con la que se dirigía hacia ella. Le gustaba sentir sus labios surcando distintos caminos por su cuello, su boca, sus mejillas y sus parpados. No existía un punto de su rostro, que él no hubiese reclamado con su boca. Era agradable la calidez y suavidad con la que la acariciaba, esa misma cadencia con las que sus dedos acunaban sus senos. Para luego derrapar por su espalda y terminar cerniéndose con firmeza a su trasero.
Paula pego un respingo, en algún punto recóndito de su mente algo se activó, pero la pasión amenazaba con llevarse hasta ese mínimo retazo de cordura. « ¿Qué estoy haciendo?» Se preguntó, liberando su boca de los hambrientos labios del doctor.
—Si preciosa, mejor vamos a mi casa—Él interpreto aquel pequeño interludio, como una muestra de lo que vendría.
Pero Paula no estaba dispuesta a llevar las cosas tan lejos, aún tenía algo de recato y estaba obligada a ponerlo en práctica.
—No, no puedo—susurro mientras veía que sus pies no atendían a sus palabras, pues aunque una parte de ella negaba la otra seguía caminando detrás del doctor.
— ¿Cómo qué no?—inquirió él, mostrándose verdaderamente indignado.
—Lo siento, no—Y con la resolución llegando finalmente a su obnubilado cerebro, se deshizo de su amarre para terminar de una vez con todo aquello.
Ella no era esa clase de mujer, no se iba a la cama con personas que no conocía. Sí podría estar ebria, pero no estúpida.
—Mierda—El doctor no parecía nada contento—Como quieras, ni se para que me metí contigo, claramente solo eres una histérica—Ella parpadeo un tanto confundida, pero no se atrevió a decir nada. Era mejor que él pensara lo que quisiera, siempre y cuando se olvidara de la idea de llevarla a la cama.
El joven de ojos verdes, soltó un resoplido entre dientes, antes de pegarse la vuelta y desaparecer escaleras abajo.
Paula frunció el ceño, pero tras analizarlo todo un segundo, rompió en una estruendosa carcajada. Flor no se terminaría de creer lo que había ocurrido. Hablando de Flor ¿Dónde podría estar ella?
Paula dio una vuelta completa sobre su eje, sin parecer muy coherente y mientras observaba la nada con mucha atención, decidió regresar a su casa. Ahora solo le faltaba encontrarla ¿Vivía al sur o al norte? Ah bien, siempre podía pedir referencia. Tan solo debía preguntar ¿Dónde vivía esa chica llamada Claire?
domingo, 23 de noviembre de 2014
CAPITULO 10
La pista estaba haciéndose más pequeña o aquel hombre, simplemente había desarrollado tantos brazos como Shivá.
Sea lo que fuese, Paula se sentía en una nube de luces estrambóticas, música que aturdía y los labios suaves de su atrevido doctor. Era demasiado bello, como para intentar poner un alto a toda esa muestra de acalorado cortejo. En algún momento de la noche, ella había ido en busca de Pedro y le había dado a sostener sus botas y su celular.
Después de eso no volvió a verlo y no le preocupaba tampoco, a decir verdad tenia mejores cosas entre manos.
—Hermosa ¿Quieres ir a un lugar más divertido?—Ella asintió con una enorme sonrisa en sus labios. Sólo para que no quepan dudas, la hermosa de esa frase, era ella.
—Sí doctor—musito con voz aletargada.
Cuando intento avanzar, sus pies se enredaron entre sí y estúpidamente fue a caer a los brazos de algún hombre que pasaba por allí. Paula alzo la vista y comenzó a desplegar una sonrisa, para disculparse por su tontería de ebria. Sí estaba ebria o quizás solo un poco entonada, después de todo ¿Cómo se reconoce el momento en que uno pasa de alegre a descaradamente atrevido? Pues ella estaba en medio de las dos definiciones, se sentía mucho más hozada, tanto que ni siquiera había tenido reparos en besarse con el doctor a la vista de todos los invitados.
—Perdón…
—Paula, yo ya me voy—Le murmuro el extraño al oído y fue cuando ella cayó en cuenta de que ese no era un extraño.
Era…huy estaba peor de lo pensaba ¿Cómo diantres se llamaba? — ¿Me oyes?—pregunto ese bombón de ojos azules. Ella asintió aunque lo único que podía hacer era concentrar su atención en esa mirada ¡Demonios! Sí sabía cómo se llamaba, solo necesitaba…necesitaba…
—Vamos preciosa—Ah sí, necesitaba a su doctor. Ella se liberó del chico lindo de ojos azules y se echó en los brazos de su antiguo compañero de baile/copas/besos apasionados.
—Si vamos.
—Paula—Pero alguien al parecer no estaba tan de acuerdo con el plan. Le dirigió una mirada de impaciencia, mientras él la detenía por el brazo derecho y el doctor la jalaba del izquierdo—Te llevare a tu casa.
—No te preocupes, yo me encargo—Paula le sonrió a su pareja, ignorando que el chico lindo lo atravesaba con una mirada que podría fundir metal.
—Sí, él se encarga…—corroboro hipando, mientras que con un movimiento de su muñeca se deshacía de su amarre.
El chico de ojos azules, pareció molesto por un instante y en tanto que ella se alejaba con el doctor, no le aparto la mirada de encima. Paula se encogió de hombros y se dejó llevar, lo bueno de estar ebrio es que uno nunca recuerda miradas, ni instantes. Pues de haber estado lucida, habría notado lo desilusionado que lucía Pedro en ese momento.
CAPITULO 9
Príncipe de ojos azules.
No podía quejarse, la fiesta era estupenda. Buena música, abundante bebida y un hombre que la traía fuertemente aferrada de la cintura. Parecía que nada podía echarle a perder esa velada, nada, exceptuando cierto castaño de ojos azules que no dejaba de tirarle miraditas de reproche.
Paula se apretó con más fuerza al cuello del doctor con el que bailaba, el tipo la había invitado ni bien había arribado al lugar y desde entonces no se separaba de su lado. Ella temía pensar que ocurriría cuando le tocara ir al baño, pero como eso no había pasado aun, lo dejaba de lado.
Pero por más que intentara dejar a su cuerpo disfrutar de aquella danza tan inusual, por más que quisiera solo oír y mirar los dulces ojos verdes de su doctor. No podía, no podía dejar de espiar sobre su hombro, hacia aquel punto que ocupaba Pedro. Envestido en su atuendo casual, una camisa blanca de lino y esos malditos y ajustados jeans, era el centro de atención. ¡Por supuesto! ¿Quién no voltearía a mirar al único hombre que no llevaba disfraz?
— ¿Dónde estás?—Le pregunto repentinamente el doctor, sacándola de su ensimismamiento.
Paula sonrió a tiempo que devolvía el rostro en su dirección, si debía responderle con la verdad, tendría que admitir que estaba viendo como Cata se aferraba al brazo de Pedro como una completa zorra. ¡Sí, zorra! ¿Por qué de todos los hombres allí presente, ella tuvo que echarle los tejos a Pedro? No era tan guapo, bueno venga pequeña mentira. Sí era guapo, pero había otros.
El doctor, cuyo nombre había olvidado preguntar, también era atractivo. Y parecía interesado en ella, entonces ¿Por qué le costaba tanto concentrarse? Necesitaba sacarse de la mente a Alfonso, nada pasaba con él. Es más, Pedro pensaba que ella tenía cuerpo de un niño de diez años, era obvio que allí no cabía ni la menor posibilidad.
— ¡Oye!— La llamo su compañero de baile, seguramente cansado de que ella estuviese brincando en la luna—Ven…
—Y sin esperar a que confirmara o negara, él la arrastro de la mano hasta la larga mesa que jugaba de barra de bebidas. Le entrego un vasito plástico de contenido dudoso.
Paula lo olfateo y él tan solo le sonrió, alentándola a dar el primer sorbo.
— ¿Qué es?—inquirió sin confiarse por completo. El alcohol y ella no eran buenos camaradas, la última vez que había bebido había sido para su graduación. No supo cómo ocurrieron los sucesos aquella noche, lo único que recordaba era haber despertado con un terrible dolor de cabeza y abrazada al perro de su hermanita.
Definitivamente, no había sido su mejor experiencia. Pero ahora era una adulta, no cometería la misma tontería, un trago no le hacía mal a nadie.
—Es la cura para tu pesar—dijo él en respuesta. Y ella tomo esa sugerencia como las palabras de un verdadero doctor, después de todo no podía ir en contra de lo que dictaba la medicina.
—A tu salud—brindo Paula, alzando el vasito en dirección a su acompañante y mientras se empinaba la bebida de un solo sorbo, por el borde del vaso logro captar la mirada iracunda de un escritor de segunda. Ella le enseño el dedo en un gesto muy infantil y él se limitó a volver el rostro, para responderle algo a su zorra…es decir, a Cata.
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