viernes, 28 de noviembre de 2014
CAPITULO 22
Repentinamente la soledad que los rodeaba se hizo muy evidente para ella, para su pierna semidesnuda y para aquella maldita mano en sus caderas. Esa que parecía no querer y no poder despegarse de ese sitio. Estaban ellos dos, solos. Estaban ellos dos, juntos. Estaban ellos dos, tocándose, mirándose, estudiándose… midiéndose. Como si de alguna forma pudieran decidir cuando todo era suficiente, como si por propia voluntad lograran apartarse el uno del otro, diciéndose sin vacilación alguna “aquí nada paso, sigamos buscando la tuerca”
Pero no podían, porque en algún momento todo ese control se les había escapado. ¿Eran compañeros de trabajo? ¿Se conocían? ¿Importaba? Por supuesto que no, cuando el deseo pugna en las venas, el resto solo queda como una bonita decoración.
—Paula…—No digas nada, pensó en decirle. No me arruines mi momento Clooney, pero sin importar cuanto se dijeran, allí el destino había hablado antes que todos.
Anteponiendo su mandato a dos personas que hasta el momento, se creían superiores a los designios de sus cuerpos. Como si algo allí pudiera ser puesto a raya, como si la tensión existente entre ellos tan solo estuviese siendo puesta a prueba. «Basta Paula» Pero su subconsciente no le pedía que rompiera esa conexión, era la primera vez que pensaba «Ya basta de mentirte a ti misma»
Y fue como si sus manos actuaran solas, en un momento sus palmas vacilantes encontraron la superficie de un tonificado pecho masculino. Sintiéndose capaz de memorizar con su tacto cada línea de su cuerpo, lo investigo con timidez, mientras las fuertes palpitaciones de su desbocado corazón le advertían del límite que estaba cruzando. ¿Eran sus latidos? ¿Eran los de ella? Ambos parecían simple espectadores en esos momentos, sus mentes quejicas y censuradoras habían decidido dar un paso al costado.
Ella lo acarició tortuosamente y él cerró los ojos una fracción de segundo, permitiéndole aquel pequeño atrevimiento.
Paula entreabrió los labios en un gesto de muda invitación. Y Pedro incapaz de quedarse expectante, colocó una de sus manos en su nuca para atraerla lentamente hacia su boca.
En una primera pericia tan solo rozo sus labios, como si temiera que ella le volviera el rostro en el último instante.
Pero no lo hizo. Paula se limitó a relamerse delicadamente con la lengua, aquel espacio que su paso fugaz había dejado deseoso de más. Ella lo miro fijamente y en sus ojos destelló una sola pregunta “¿Eso es todo?” Pedro no puedo evitar sonreír con malicia. Negó y sin poner coto a su necesidad, ahora conocedor de la de ella también, la presiono contra el automóvil esperando acortar así, una brecha que ya no podía medirse entre sus cuerpos. Paula soltó un quedo gemido de sorpresa que él termino de engullirse con su boca, ella le jugó rudo al no permitirle el ingreso pero él se mantuvo impasible, degustando la suavidad y dulzura tan particular de sus labios. La beso con tranquilidad, como si el tiempo se hubiese detenido solo para otorgarle aquel placer. La beso profundamente, reclamando de algún modo que ella perdiera los estribos a su lado. La besó…y aun así Paula, se aferró a la decisión de hacerle el trabajo difícil.
Se apartó para sonreírle con ironía y ella le respondió con un bufido molesto, al parecer no muy feliz por su falta de tenacidad. Amarrándolo por la nuca lo atrajo de nueva cuenta hacia sí, dejando implícito que allí ella ponía las reglas.
Y en esa ocasión fue la que tomó las riendas, no necesitó pedir permiso se hundió en sus tibios y húmedos recovecos, tal cual fuesen los suyos propios. Se sentía capaz de alcanzar su esencia a través de aquel simple contacto, Pedro se volvió más agresivo frente a su descarada invasión. Fue entonces cuando ambos se encontraron succionando y mordiendo, perdiéndose y encontrándose. Reconociéndose como aliados y como enemigos de una misma guerra.
Ella sintió sus manos ascender por sus caderas, marcando caminos casi invisibles por su espalda. Parecía estar buscando un lugar por donde anclarla, una forma de vencerla a su fuerza y finalmente se decidió por su trasero.
Pedro respingo incapaz de mantener un gemido satisfecho, le agradaba su tosquedad e incluso su rudeza. Le agradaba que se sintiera dueño y señor de cada parte que marcaba a fuego con sus manos. Porque ella se sentía del mismo modo, podía reclamar como suyos aquellos labios tan esquivos, tan difíciles de complacer. Por un instante sintió que de ese modo, solo de ese modo lograban conectar correctamente. Y ese estúpido pensamiento la hizo perder el hilillo de concentración, repentinamente fue como si su mente se alejara de su cuerpo y le mostrara la escena que estaban representando.
Ella y Pedro, fundidos en un abrazo en que no se reconocía donde empezaba uno y donde acababa el otro. Ellos batallando con sus lenguas en un juego de desmesurada locura, como si fuesen un par de adolescentes hormonales, incapaces de detener aquel descarado intercambio. Ahogo un chillido al verse así, tan libre, tan entregada, tan… ¡Dios!
Tan como su madre.
Lo apartó.
— ¿Qué?—inquirió un muy confundido Pedro.
Paula lo observo con la camisa desabotonada, el cabello revuelto y los ojos…santísima puta, estaba perdida. Mirarlo a los ojos fue el peor de los errores.
—No Pedro…—Él quiso avanzar el pequeño espacio que ella había logrado separarlo, pero Paula lo detuvo con una mano en lo alto—No puedo, no…esto está mal.
— ¿De qué hablas?
No tenía idea, no podía pensar con él tan cerca. No podía pensar teniéndolo a cinco metros de distancia, mucho menos en esa situación. Tan solo revivir los sucesos anteriores la enfermaba, por el simple hecho de que ya había cometido esta estupidez. «¿Otra vez?» Se atacaba ella misma en pensamientos ¿Otra vez equivocarse con Pedro? ¿Qué demonios pretendía él de ella?
—Yo ni siquiera te gusto—murmuró con la vista puesta en la nada. Una vaca quizás, no podía distinguir tan bien a distancia, no sin sus lentes al menos.
—Paula…no sé qué te ocurre, no parecías estar muy en desacuerdo antes…—Ella alzo el mentón y lo fulmino con la mirada obligándolo a tragarse el resto, porque esas palabras le sonaban de alguna parte. Por supuesto que sí, de aquella ocasión en la que despertó en su cama.
— ¿Y a ti qué te ocurre?—Le replicó subiendo el tono— ¿Acaso la humillación de antes ya perdió vigencia? ¿Necesitas refrescar mi dosis semanal de estupidez?—Pedro abrió la boca, pero nada salió de allí—No digas nada, no voy a…a… ¡No sabes cuan usada e idiota me sentí aquella vez! ¿Crees que porque ahora nos llevamos mejor voy a caer en eso? ¡Estaba ebria! Al menos esa es mi excusa ¿Pero cuál es la tuya?
—Estas diciendo cualquier cosa.
— ¿Ah sí?
—Sí—Pedro la tomó por los hombros—Paula, esta es la primera vez que nos acercamos de este modo ¡No me eches reproches por algo que no hice! —Ella repitió esa frase en su mente una y mil veces, por un instante no daba crédito de lo que oía.
— ¿Qué significa?—Él como toda respuesta, le ofreció un encogimiento de hombros para nada explicativo. Ella puso los ojos en blanco— ¿Qué significa? ¿Pedro…paso algo entre tú y yo? —La sonrisa ladina de aquella comadreja mentirosa, tuvo que ser respuesta suficiente.
Paula pensó que la boca se le desencajaría de su lugar habitual, es más tanteó el terreno solo para asegurarse que no se le hubiese caído hasta el suelo.
— ¿¡Me estas jodiendo!?— ¿Lo preguntaba? ¿Lo afirmaba? Era difícil saberlo, pero ante la duda Pedro prefirió alzar las palmas como un niño inocente— ¡Pedro Alfonso! ¡Dime ya que ocurrió aquella noche!
—Nada—Nada… Una sola palabra… ¿Acaso eso era un coro de ángeles? ¿Oía ángeles? Debían ser ángeles o estaba sufriendo una aneurisma, sea lo que fuese Paula sintió como si el peso del mundo se bajara un instante de sus hombros para darle un respiro.
Nada había ocurrido, ella no se había acostado con él, ella aún conservaba algo de dignidad estando ebria. Pero él… ¡Oh él! Iba a morir, Paula estaba decidida a castrarlo antes de que bajara el sol.
— ¡Eres insufrible! ¿Sabes por lo que pase todo este tiempo? ¿¡Lo sabes!?
—Tranquilízate ¿Qué diferencia hace? Podemos solucionar ese detalle ahora mismo…—Con un ademan de su mirada le apunto el asiento trasero y ella estaba que hervía con un pequeño chispazo. ¿En serio? ¿Le estaba ofreciendo un revolcón?
— ¡Hipócrita, cerdo, asqueroso, vil ser humano! ¡Me mentiste! Te mofaste de mi todo este tiempo y ahora quieres ¡Ja! ¿Ahora quieres acostarte conmigo? ¡Púdrete!—Él no parecía verdaderamente afectado por sus insultos, tan solo esperó a que ella se descargara para plantar las manos a cada lado de su cabeza y enjaularla en ese precario espacio—Apártate Alfonso— ¿Dónde estaba su enfado? ¿Dónde estaba la nota decidida en su voz?
—Repítelo y que esta vez, suene convincente—Oh y para colmo el muy hijo de su mala madre, lo sabía. Sabía que ella no estaba mentalmente apta para rechazarlo, porque sí, estaba molesta. ¿Pero porque realmente? ¿Por su mentira? ¿O por no haberse acostado con ese “bombón”? —Vamos Paula, no puedes negar que disfrutaste el beso…
—No…
—Sí.
—No, no, no…—Quizás si lo repetía en voz alta terminaría por entenderlo.
Lo miro a los ojos casi buscando una explicación, pues no comprendía. Él le había dicho rata de biblioteca, la había acusado de tener cuerpo de niño y se había burlado de su trasero. Bueno, quizás en eso se había retractado, pero no en lo otro. Paula aun lo recordaba, sus palabras habían hecho eco en su mente, le habían despertado viejos recuerdos. No podía simplemente conectar lo que ocurrió entonces, con lo que ocurría en ese momento
—Yo…no te gusto—Pedro frunció el ceño al oírla repetir lo mismo, por un instante pareció vacilar en su resolución.
— ¿Y que importan los gustos? —Paula alzo las cejas incrédula.
— ¿Qué importan?—Le respondió con reproche— ¿Acaso puedes acostarte con alguien solo porque tienes la oportunidad?
—No te estoy ofreciendo un anillo Paula, tan solo te digo que hagamos lo que nuestros cuerpos nos piden. Yo no tengo miedo en admitir que deseo tenerte en mi cama… ¿Por qué le das tantas vueltas al asunto? Está claro que tú también guardas el mismo secreto.
— ¡Es distinto! Yo no funciono de ese modo, no tenemos ni una mísera conexión… ¿Cómo…?
—Conexión—repitió burlón— ¿Tienes que disecar cada cosa hasta encontrarle sentido? —Paula retrocedió algo dolida por ese comentario—No quiero un romance Paula, no busco un casamiento. Solo responder a una necesidad, la misma que tú tienes ¿Qué hay de malo en eso?
— ¡Oh por supuesto! ¡Respondamos a la necesidad del caballero! ¡Ni siquiera te agrado!—Le gritó ya con las venas retumbando en sus sienes.
— ¡No, no me agradas! ¡Me desagrada que seas tan quisquillosa, tan melodramática y tan quejica todo el tiempo! ¡Pero mi cuerpo reacciona solo!
— ¡Y es tan duro para el señor!—consiguió responder en un mismo tono altivo a pesar que cada frase, eran como derechazos en el vientre—Pobrecillo Pedro, sufriendo porque su cuerpo lo traiciona pidiéndole un ratón de biblioteca. ¡No por favor, tómame! Sacia tu insana petición, para que puedas estar en paz con tu mente.
—Estas tergiversando mis palabras…—masculló con la mandíbula fuertemente presionada.
— ¡Vete al infierno! ¿Eso es suficientemente claro para ti?
—Demonios Paula, búscale la vuelta para que todo quede patas arriba. ¡Justo como a ti te gustan las cosas! ¡Yo puedo ser un hipócrita, pero tú eres una histérica que no sabe dónde mierda quiere dejar el culo!
Fue todo, ella no escucho más después de eso. Sus oídos estaban pitando, tal como las teteras anunciando el agua para el té. Le picaba la palma de la mano, de alguna forma reclamándole callar a ese idiota de una manera que le hiciera tragarse las palabras. Pero no, no lo golpeo ¿Con que objeto? Se dijo internamente.
Se limitó a girar sobre sus talones, mientras lo dejaba allí de pie junto al automóvil averiado, mirándola sin verla realmente. Tomó su maleta y se dispuso a hacerla rodar lejos de ese lugar. No le importaba si debiera caminar los kilómetros que faltaran, no le importaba oír su voz llamándola por su nombre. Ni siquiera le importaron las lágrimas— putas, estúpidas, inadecuadas, completamente fuera de lugar— que se acumulaban en sus ojos. Las ignoro, las guardo para alguien que valiera la pena. No estaba molesta, no estaba nada, solo estaba. Yéndose por un lateral de la carretera, con la falda arruinada, los labios aun sensibles por las caricias de los de él y sintiéndose más estúpida que la vez que salió corriendo de su cama. Antes le había robado el auto y ahora huía como un conejo asustadizo, porque muy en lo profundo pensaba que en parte…Pedro tenía razón.
Pero moriría y se enterraría a sí misma, antes de admitirlo en voz alta.
Tal vez caminó sin rumbo por una hora, esperaba estar acercándose a Bristol porque si no tendría serios problemas.
Descubrió que estaba bien encaminada, cuando un auto azul oscuro se detuvo a su lateral y le ofreció un aventón.
No, ella no era de esas que saltaban del sartén para caer al fuego. Conocía muy bien a la persona que la auxilio, como también conocía a la persona que llevaba en el asiento del copiloto.
Javier no hizo las preguntas que alguien esperaría escuchar, en una situación como esa. Se limitó a llevarlos al hotel en donde debían hospedarse. Si bien Pedro abrió la boca para responderle algunas palabras corteses a su agente, no parecía —al igual que ella— interesado en mostrarse muy elocuente. Cada una de sus frases fue medida y estudiada, como si pudiera echarlo más a perder.
Tan solo le faltaba decir que la creía una escritora mediocre, para que ella le metiera tal patada en la entrepierna, que le dolería hasta su tercera generación.
Se dirigieron a sus habitaciones como un par de desconocidos, hasta que en un solo segundo se atrevieron a cruzar una mirada, ella sacudió la cabeza con el desafío escrito en los ojos, él tan solo le dio la espalda.
Paula se convenció que volvían a ser enemigos, ni siquiera aliados, solo antiguos enemigos.
CAPITULO 21
Mente y Cuerpo
—Amm…—Paula inspeccionó los alrededores, como si de allí pudiese obtener una respuesta— ¿Cómo te ayudo?
Finalmente opto por evadirse, haciendo de cuenta que no lo veía de reojo, mientras él se desabotonaba la camisa para evitar mancharla. No se la quitó, pero ¿Qué diferencia hacia? Llevándola abierta solo impulsaba a cualquier mujer que pasara por allí, a investigar su cuerpo deslizándosela por los hombros, para luego maravillarse descubriendo los contornos que ocultaban las mangas.
Suspiro y se obligó a poner atención, Pedro le había dicho algo, pero su mente no lo había procesado. A decir verdad, dejó de procesar tras la liberación del primer botón.
—Se supone que hay una tuerca de seguridad—Decía él, acuclillándose junto al neumático defectuoso. «¡Oh bendito neumático! En tu inocencia, no sabes lo que has hecho» —Búscala en el maletero…—Paula no reacciono— ¿Paula?—Dio un respingo, cuando él decidió increparla con su mirada.
—Sí, voy—Sus pies obedecieron sus órdenes, afortunadamente, y se dirigió a la parte trasera del auto en busca de la tuerca de seguridad.
Tuvo que descorrer los bolsos para poder revisar cada esquina, intentando por todos los medios ignorar los movimientos que efectuaba el auto, cada vez que Pedro ejercía fuerza con la llave de cruz. Adelante y hacia atrás, era como una irónica broma del destino. Y la maldita tuerca no estaba. ¡Ah! Bingo.
—Ten…—Él estiro una mano, sin ponerle mucha atención y Paula se contentó de ello. Al menos uno de los dos estaba manteniendo la compostura.
—Te dije tuerca—Ella parpadeo momentáneamente confundida.
—Eso te di—Pedro soltó un suspiro irritado.
—Esto no es una tuerca, es un destornillador—Frunció el ceño, sí bueno era nula en lo que a herramientas se refiere, pero sabía cómo lucía un destornillador y ese no era uno.
—Si ya—Le respondió mordazmente, él enarco una ceja incorporándose de su posición junto al neumático. Paula se sintió por un segundo en desventaja, Pedro le sacaba mucha altura y cuando se proponía lucir intimidante, lo lograba sin mucho esfuerzo.
—Es un destornillador—Repitió, y tomando el pequeño tubo negro presiono la parte posterior haciendo que una punta metálica se liberara desde uno de los extremos. Justo como una navaja de campaña. Ella abrió la boca para replicar, pero se la tuvo que guardar en el bolsillo, efectivamente la punta metálica tenía la forma de un destornillador.
—Oh bueno ¿Cómo iba a saber que a tu destornillador le gusta camuflarse? —Se lo arrebato de las manos y volvió a tirarlo en el interior del maletero. En ese instante le llego el murmullo de la risa de Pedro y sin quererlo realmente, sonrió también.
Buscó por todas partes, estaba casi segura que nada de lo que tenía apartado a un lado era una tuerca. Al menos que la tuerca de Pedro, también tuviese complejo de camaleón.
—Paula ¿Y la tuerca?
—No la encuentro.
— ¿Buscaste bajo los bolsos?—Ella puso los ojos en blanco, la creía estúpida ¿o qué?
—Busque bajo los malditos bolsos, no hay nada.
—Imposible—Paula se apartó del maletero para ir hasta su lado, lo observo con los brazos cruzados al pecho en claro gesto de molestia.
—No, no es imposible. No hay nada, tú no metiste la condenada tuerca en el maletero.
—Paula…—Dijo él, pero repentinamente calló y mesándose el cabello con una mano sucia volvió a incorporarse—Déjalo…yo la buscó—Paso a su lado, haciendo alarde de su férreo control. Ella soltó un bufido entre dientes, no era tonta, la tuerca no estaba.
—Pues perderás tú tiempo.
—Yo me preocupo de mi tiempo, tu del tuyo. Metete adentro, terminare más pronto…—Obviamente iba a añadir algo más, pero tal vez su ceño profundamente fruncido lo disuadió.
—No soy boba, se buscar y la tuerca no está. Maldición, nos vamos a quedar aquí y no llegaremos…y luego Julieta se las agarrara conmigo…
—De acuerdo, cálmate ¿Quieres? —Frente a su recriminación, tuvo que hacer un alto. Realmente estaba actuando a la defensiva, cuando él no estaba haciendo nada malo o censurable. Se estaba encargando de la situación y a ella solo la atacaban los reproches ¿Por qué? No es como si Pedro, hubiese planeado que el neumático perdiera el aire.
Se mordió el labio con fuerza, procurando que el dolor le llegara al cerebro y comenzara la irrigación sanguínea. ¿Qué le pasaba? Ellos estaban bien ¿Por qué quería pelearle? ¿Por qué?
—Si no encuentras la tuerca ¿Qué haremos?
—No lo sé—Su respuesta le llego algo amortiguada, cuando espió la razón, se encontró a Pedro metido casi de cuerpo completo en el maletero del auto.
—No quiero quedarme en medio de la nada, no hay baños, ni comida y…—Sacó el teléfono del interior de su chaqueta—Y no hay señal… ¡Pedro no hay señal!—Exclamó como si decirlo dos veces fuese de alguna ayuda.
—Paula…—Volvió decir él, logrando que ella se exasperara. Su tono evidenciaba cierto cansancio, algo enmascarado tras un velo de condescendencia. Parecía un padre, dándole una explicación de etiqueta a una chiquilla revoltosa.
— ¡No me hables así! —Pidió frustrada—No me gusta que me hables así.
—Perfecto.
— ¡Ash! Lo estás haciendo de nuevo—Pedro emergió del maletero y la miró con una ceja enarcada.
— ¿Qué hago?
—Me hablas como si fuese una niña.
— ¿Sera porque te estas comportando como una?—La increpo perdiendo la tranquilidad de momentos antes— ¡Demonios Paula! ¿Es que no sé qué rayos ocurre contigo?
— ¿Qué no sabes? ¡Por culpa de tu maldito auto estamos varados!
— ¿¡Ahora es mi culpa!? —exclamó haciéndola sobresaltar—No es algo que me haga gracia, pero escuchar tus quejas no hace las cosas más llevaderas. Si no estás dispuesta a ayudar, metete dentro y cierra la boca.
— ¡No me mandes a callar! Ya decía yo que esto era demasiado bueno, tú sumiso ¡Ja! Es como pedir sumisión a Hitler—Él le obsequio una muy irritada miradita, y sin decir nada volvió su atención al interior del maletero— ¿Qué pretendes encontrar allí? ¡Es obvio que no hay nada! Tu tuerca no está, acéptalo amigo—Entonces el maletero se cerró de un bandazo, ella brinco en su lugar y cuando se encontró con sus ojos, no supo decir que emoción relucía en ellos.
—Es todo ¿¡Qué demonios ocurre!? —Le gritó apabullándola con su presencia, Paula retrocedió hasta que su trasero golpeo la superficie brillosa del auto— ¿Acaso te propusiste sacarme de mis casillas el día de hoy? ¿Estás aburrida o qué? No solo llegaste tarde, no solo roncaste la mitad del camino, sino que también me vas a molestar por cada estupidez que cruce tu mente.
— ¡No son estupideces, tú insistes con la puta tuerca! Y no quieres aceptar que nos vamos a quedar aquí…sin posibilidades de ser salvados, por si no te diste cuenta solo hay vacas y pasto—Apunto los alrededores enfatizando sus palabras. Pedro sacudió la cabeza y presiono los ojos en líneas al mirarla—Ni creas que me intimidas ¿Tú estás molesto? ¡Yo llevo esta falda torturando mi abdomen desde hace tres horas!
—Haberlo dicho antes—Y antes de que pudiese reaccionar, Pedro avanzó logrando que ella se aplastara contra el auto. Estiro una mano y Paula se encogió en sí misma. No reparó en las cosas, mientras él movía su mano por sus caderas en una insinuante pero tímida caricia que se deslizo hasta sus muslos y continuó el viaje hasta sus rodillas.
Contuvo el aliento, no se movió, no dijo nada…solo sintió el instante en que él rasgaba el lateral de su falda, abriendo un corte perfecto en toda la longitud de su pierna izquierda.
Era como si lo hubiese realizado un profesional, no pudo más que asombrarse de ello. Automáticamente el aire acaricio su muslo y sintió como disminuía la presión de la falda en su cuerpo. Bajó la vista para inspeccionar los resultados y boqueó sin poder conectar un pensamiento claro, al encontrar la mano de Pedro reposando en la parte que aun unía toda la pieza.
—Rompiste mi falda—susurró sin ningún sentido.
Porque esperaba de alguna forma que las palabras, la ayudaran a pensar con claridad. No en su cercanía, no en el calor de su mano sobre su cuerpo, no en sus atormentadores ojos azules brillando con descaro por la hazaña realizada. No, no debía pensar en ello y aun así su respiración se aceleró presa de una emoción embriagadora.
«¡Mal!» Le grito alguna parte de su subconsciente… aun consiente. Pero otra voz más clara y firme, se manifestó con un eufórico «¡Hurra!» Que prácticamente expresaba todo lo que se venía guardando desde hace tiempo.
jueves, 27 de noviembre de 2014
CAPITULO 20
Media hora después se encontraban camino a Bristol, había sido algo difícil dejar atrás el ajetreo de Londres, pero eso no preocupo a su compañera de viaje en lo más mínimo. Al momento en que posicionó su trasero en el asiento de cuero y colocó la frente en la ventanilla, comenzó a roncar como si se le fuese la vida en ello. Pedro puso algo de música relajante para tapar el concierto personal de Paula y se dispuso a conducir en silencio, su bella durmiente no dio señales de vida hasta un cuarto de hora más tarde, cuando al parecer la naturaleza la reclamó.
—Detente.
Él se volvió hacia su derecha, sorprendido de oír su voz después de tanto tiempo de monotonía.
— ¿Qué? —Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
— ¡Detente!—repitió, Pedro observó los alrededores, no había más que campo y alguna que otra vaca adornando los páramos.
— ¿Aquí?—inquirió extrañado.
—Por el amor a Dios Pedro, detente o tendrás un nuevo decorado en tu tapicería—No necesito oír más, aparcó el auto en la calzada y destrabó las puertas en un santiamén.
Paula brincó del interior a la carrera y él la siguió con la mirada, hasta que su silueta se confundió con los árboles que decoraban los laterales.
En un instante, vio a una vaca escapar en dirección contraria y se escucharon los gritos de Paula diciendo « ¡Fuera! Largo de aquí o te hago barbacoa» A lo que la vaca respondió con un ofendido ¡Mu!
Cinco minutos después, ella regresaba caminando con la misma dignidad que la reina mostraba al recorrer el palacio, arreglándose la falda metódicamente y alisando las invisibles arrugas de su blusa. Mientras a sus espaldas las vacas volvían a sus antiguas posiciones, observando fijamente a la mujer que había alterado su paz amenazándolas con echarlas a la parrilla.
— ¿Todo en orden?—Preguntó cuándo ella hubo cerrado la puerta del auto. Paula lo miro y asintió con una sonrisa.
—Perfectamente—respondió cruzando las manos sobre su regazo, mostrándose lista para continuar con el viaje.
Pedro sacudió la cabeza ahogando las ganas de reír, esa mujer era increíble.
Paula lo miró de soslayo mientras le daba arranque al automóvil, una música como de pianos y violines inundo el ambiente. No recordaba haberla oído antes, seguramente él había puesto el Cd mientras ella dormía. En verdad la música invitaba a más de uno a pegar las pestañas, pero Pedro parecía muy enfocado en la carretera, con el rostro fresco y completamente despierto. Comparado con ella, él parecía salido del salón de belleza…peor, si alguien los detenía en ese instante él estaría listo para salir en la portada de una revista. Y ella… ella estaría lista para ser desechada en el próximo vertedero.
Lo malo es que Pedro ni se esforzaba en lucir bien, estaba vestido con ropas que en cualquier hombre lucirían insulsas, pero no en él. Las camisas que usaba Pedro, parecían hechas a medida, incluso Paula aventuraba que las mandaba a confeccionar y todo ese royo de los hombres ricos.
Porque Pedro tenía dinero, no que ella fuese pobre, pero él tenía más dinero que ella. Lo había descubierto de una forma muy chistosa, cuando una tarde después de todo un día de trabajo, ambos salieron a comprar comida. Ella quería algo rápido, como un McDonald o una salchicha en algún puesto callejero. Pero él no, Pedro quería comer en verdad y la arrastró a un restaurant que expedía finura por cada esquina perfectamente amueblada. Paula se había sentido una intrusa, casi como una mendiga en busca de unas migajas. En tanto que su compañero, saludaba al cantinero y al gerente como si tuvieran años de trato de por medio. Ella le había preguntado si acostumbraba ese sitio y él todo sarcasmo, le respondió que ese sitio era suyo. Por supuesto que no le creyó, hasta que le trajeron la carta, una carpetita de cuero en la que se encontraban grabadas dos letras. PA.
— ¿Pedro Alfonso?—inquirió jugando con él. Porque no podía ser cierto ¿Qué? ¿Era escritor y camarero a medio tiempo?
—Pablo Alfonso—La corrigió y fue como si con esa simple frase despertara al gigante dormido, un hombre de contextura robusta y barba blanca se volvió automáticamente para mirarlos. Fueron dos segundos, los
que tardo en atravesar las cortas distancias que los separaban para luego plantarse a su lado y sonreírle afablemente.
— ¿Me llamabas?—Preguntó a Pedro, aunque no apartaba sus destellantes ojos azules de ella.
—Paula, Pablo…—hizo una pausa, observando ceñudo al hombre mayor. Este pareció notar su firme mirada, pues tras otro segundo de escrutarla sin reparos, le devolvió la atención—Papá ella es Paula— ¿Papá? ¿Ese era su papá? ¡Momento! ¿Pedro tenia familia?
Bueno claro, no había nacido de un repollo…pero, ese hombre de barba chistosa y sonrisa amigable no podía ser su pariente. No encajaba en la imagen que ella se había hecho, porque sí, se había hecho una imagen de los padres de él.
—Oh ¿Con que tú eres la famosa Paula?—El hombre le tomó una mano y le plantó un beso en el dorso, ella rió por ese teatral gesto y él le devolvió la sonrisa—Es un placer conocerte, he oído mucho de ti.
— ¿Ah sí?—No se lo creía ¿Por qué Pedro le hablaría de ella a su padre?
—Por supuesto—Y cobrando más confianza se inclinó para hablarle al oído—Aquí entrenos, eres más bonita de lo que mi hijo presumió.
Paula echó una rápida miradita en dirección a Pedro, éste enarcó una ceja como preguntando que tanto se secreteaban y ella solo se sonrojó sin quererlo realmente.
—Es difícil hacerlo decir la verdad—Comentó en un susurro, logrando que Pablo se incorporara soltando una risa medio ronca pero muy contagiosa.
—Ponte a trabajar hombre—Lo reprendió Pedro aun con el ceño fruncido.
—Tranquilo muchacho, solo vine a conocer a tu amiga…a ti no te molesta ¿verdad Paula?—Ambos fijaron la vista en ella, Pedro pidiéndole que no le diera razón, Pablo instigándola a seguir con el juego.
—No, por mí no hay problema.
Y eso fue estimulo suficiente, para que el hombre tomara un lugar en su mesa y compartiera la cena con ellos. Pablo se dedicó a contarle un poco de todo, como había iniciado en el negocio de la gastronomía, también que tenía restaurantes en los hoteles más caros de Londres e incluso que recientemente, se había extendido a Paris por la buena calidad y variedad en su cartilla de vinos. Le dijo que Pedro era un excelente catador y que cuando era más joven, se dedicaba a pasearlo por Italia para que escogiera de las mejores cosechas.
A todo esto él solo respondió con un encogimiento de hombros y pasó de decir algo cuando Pablo, le preguntó cómo iba el libro.
Paula no entendía porque, después de todo el libro iba de maravilla, a decir verdad no podía ir mejor. Ella aun no caía en cuenta de cómo las cosas fueron encajando en su lugar por si solas. No es que ahora fuesen los mejores amigos, tampoco había que exagerar. Pero ya no se peleaban por cualquier tontería, tras la noche del helado ambos parecieron pactar algo sin necesidad de dejarlo explícito en palabras. Iban a trabajar juntos, y entre los dos sacarían lo mejor de esa historia. Teóricamente era la despedida de James y Charlotte, ambos personajes merecían que ellos se dejaran de chiquilinadas y se pusieran serios.
Estaba claro que ninguno iba a desistir y como el viejo, y tan conocido refrán dice: cuando no puedes con ellos, úneteles. Y así lo habían hecho, se habían unido.
No, no en los términos que están pensando, pervertidos.
Su unión era estrictamente profesional, sí bromeaban y a veces jugaban de mano pero algo era diferente entre ellos.
Quizás solo eran imaginaciones de Paula, aunque lo dudaba. Después de todo, Pedro ya no se le acercaba tanto como antes, ahora guardaba una respetuosa distancia. Como si de alguna forma, temiera romper el fino hilo de confianza que ambos habían tejido. Pues claro, ella también temía que de momento a otro, uno enseñara las garras y ¡puf! fin de la sociedad. Por eso se iba con pasos de ceda, pensaba bastante bien las cosas que le decía, más cuando eran referidas a su modo de escribir.
Pedro, como cualquier hombre nacido bajo la estrella de Sirio (por supuesto que ella creía en la astrología), era un tanto melindroso. No le gustaban las críticas, no le gustaba que le dijeran que hacia algo mal, no le gustaba equivocarse y ¡oh Dios! Cuando tenía que darle la razón a alguien, parecía que lo enfrentaban a un regimiento entero con una gomera como única arma de defensa. Y sí, no se puede pedir que fuese perfecto. Tenía cerebro, buen físico y unos ojos que mataban, pero ¡venga! Seamos realistas, un defectito debía tener. Y este era ni más ni menos, que su fantástico (sarcasmo) carácter.
Pero ya se había acostumbrado a él, cinco semanas de trabajo juntos la habían hecho tolerable a Pedro y a la lactosa. Demostrando así que los milagros podían ocurrir.
— ¿En qué piensas?—Su voz la catapultó lejos de sus recuerdos, lo miró un segundo y apartó el rostro rápidamente, al notar que él también la miraba.
—No, en nada—Aunque pasara cinco años o cinco milenios a su lado, aun continuaría sonrojándose cada vez que él fijara la vista en sus ojos. Pues, era un ser humano después de todo y Pedro era Pedro.
A pesar que en esos momentos estuviesen en los términos más amistosos del mundo, a pesar de que él le dijera que mañana mismo se casaría con alguna mujer, a pesar que él le confesara que era homosexual (cosa que dudaba mucho), ella seguiría viéndolo con ojos soñadores. Porque, número uno era su escritor favorito, numero dos estaba de muerte, número tres… ¿Acaso necesitan un punto tres? El uno y el dos son justificaciones más que suficientes.
Suspiró casi con pesar, de tanto en tanto la atacaban esas infantiles fantasías del príncipe azul con su lindo corcel. Pero no podía evitarlo del todo, las fantasías son gratis. Es como la tontería de esperar encontrarse a George Clooney en el elevador, Paula sabía que las posibilidades eran remotas, cuando no imposibles. Pero aun así las esperanzas prevalecían y siempre que tenía la chance se tomaba cualquier elevador, ya saben por si acaso.
Si bien las posibilidades de que algo ocurriesen con Pedro, eran tan improbables como que ocurriera lo de Clooney, ella seguía pensando que tal vez…algún día…Bueno sí ¡Que va! Honestamente esa idea ya la había achacado, a lo más profundo de su pervertido subconsciente. El hombre era su compañero de trabajo, un tanto atrevido cuando lo deseaba, pero compañero de trabajo al fin. Además ¿Quién no ha tenido alguna vez una idea poco apropiada para hacer con el hombre guapo de lo oficina? Como atraparlo en la sala del café, o acorralarlo junto a la maquina copiadora y obsequiarle una copia autografiada de tu trasero. Pero eso era lo gracioso del asunto, todo quedaba en eso, proyectos, teorías y planeaciones que nunca se concretaban. Era divertido echarse una que otra fantasía con Pedro, porque al final de cuentas nada pasaría en realidad. Él no la veía de ese modo, no estaba segura como la veía pero de ese modo no.
Habían hablado de tantas cosas en las pasadas semanas, que Pedro tal vez la conocía mejor que su propia madre.
Bueno el “tal vez” esta demás, él la conocía mejor que su madre y punto, incluso el carnicero la conocía mejor que su progenitora. Su madre ni siquiera recordaba su fecha de cumpleaños, eso debería decirlo todo acerca de la relación entre ambas.
Aun no podía recordar cómo habían empezado a hablar de ese asunto y por más que repitiera la conversación una y otra vez en su cabeza, no podía hacerse una idea de porque le contó todo aquello a su compañero escritor. No esperaba su compasión o su apoyo emocional, tan solo confió como pocas veces lo hacía y para ser honesta consigo misma, la respuesta de Pedro la había puesto triste y feliz al mismo tiempo. Y todo por una inocente que pregunta que nada tenía que ver, al menos a primera vista: ¿En quién te inspiraste para hacer a Charlotte?
En un principio ella le había echado una evasiva, como “es una mezcla de muchas personas” Pero él continuó examinándola como típico médico forense, metiendo la mano en los lugares más incómodos y sin esperar quejas por su parte.
— ¿Para qué quieres saber?—Le había recriminado, en un intento de apaciguar su trabajo detectivesco.
—Tenemos que saber todo de los personajes, eso hace más sencillo manejarlos…si sé su procedencia…—No terminó la frase, pero ella se dio una idea bastante clara de para donde quería ir.
—Es…—vaciló, siempre vacilaba cuando le tocaba hablar de sí misma. Porque Charlotte no era ella, claro está, pero era una parte de su vida. La parte más molesta, la parte que más detestaba, la parte que muchas veces deseó borrar de un pincelazo—Está inspirada en mi madre.
La frase quedó suspendida en el aire, cualquiera que hubiese leído uno de sus libros sabría que Charlotte no era precisamente una mujer virtuosa. Lo que hacía de sus historias algo tan controversial, era la personalidad y modo de vida poco ortodoxas de la protagonista. Muchos odiaban a Charlotte porque en sí, hacia todo lo que las buenas personas no deberían hacer. Era detestable y en su fuero interno, Paula también la odiaba de algún modo.
—Ya veo—susurró él después de un incómodo minuto de silencio. Ella le sonrió sin ánimos de mostrarse afectada.
—Puedes preguntarme—Lo apremió, sabiendo que Pedro sentía curiosidad. Lo veía en sus ojos, aquella chispa danzante de descubrir algo más de su monótona existencia.
Paula se cuidaba mucho al momento de dar a conocer información sobre su persona, Julieta le había aconsejado que era mejor no cargar con historias de vida complicadas.
Por alguna razón pensaban que le daría una mala imagen, por eso ella no usaba su apellido legal y utilizaba el que nunca había podido heredar de su padre. No es que su madre fuese una asesina en serie o ladrona de alto renombre, solo era…especial.
Pedro se había quedado en silencio, revisando los papeles que tenía en la mano como si fuesen de gran importancia.
Ella tomó los que debía leer y se dispuso a fingir que aquello no había ocurrido, que no habían hablado de nada, que él no sabía que su madre era una puta sin paga.
Porque ¿Para que engañarse? Básicamente eso era Charlotte, una mujer molesta con la vida, molesta con el destino. Alguien que al encontrarse sola en el mundo, optó por la salida fácil. Optó por irrespetarse e irrespetar a los demás, tal como lo había hecho su madre tras la muerte de su padre.
—Siempre me pregunté ¿Por qué carga las cenizas de su esposo de un lado a otro?—Prorrumpió él repentinamente, Paula lo miró y soltó una breve carcajada.
—Eso es un simbolismo…como un recordatorio—Pedro enarcó una ceja no muy seguro de comprenderla.
— ¿Recordatorio de qué? —Paula se dejó caer a su lado en el sofá y cruzó las piernas como los indios.
—De que los hombres, siempre terminan en un polvo—Él se limitó a sacudir la cabeza en respuesta y ella escondió un suspiro de alivio, al menos no lo había atosigado con preguntas. Al menos parecía no juzgarla por lo que le había contado, al mirarlo de soslayo supo que a Pedro no le importaba como fuese su madre y eso le infundio coraje.
»Mi papá murió cuando yo era un bebé, creo que nunca lo superó—Bajó la mirada a su regazo y las palabras brotaron de su boca, sin ninguna clase de filtros. Era como si necesitara que él supiera, por qué y cuándo fue la primera vez que pensó en Charlotte—Yo tenía como cuatro años la primera vez que vi a una de sus… “citas”—Así los llamaba ella, citas, amigos de mamá o Papá Noel—No es que vendiera su cuerpo, ni nada por el estilo…simplemente parecía querer llenar algún vacío con la presencia de otros hombres. Supongo que era su forma de sobrellevar la perdida—Se encogió de hombros, ella habría preferido que llorara, que comiera kilos de helado o que al menos la tomara de la mano de vez en cuando y le recordara que estaba para ella—No me gustaba cuando se iba por días, no me gustaba estar sola y cuando se lo dije, me comenzó a recompensar.
— ¿Cómo?—Paula se sobresaltó, por un instante hasta se había olvidado de su presencia.
—Bueno me regaló un hermanito—A decir verdad seis—Por cada ruptura, ella se quedaba con un suvenir
Finalmente lo miró, esperaba que le dijera algo, pero él se limitó a asentir y volver su atención a las hojas. Ella suspiró quedamente, por extraño que sonase se sentía más liberada.
Ahora que rememoraba aquella charla, se sonrojaba pensando las posibles maquinaciones de Pedro mientras le permitía ese desahogo. Ella nunca se quejó directamente con su madre, nunca le dijo lo que las personas la llamaban en la calle, ni tampoco le exigió que actuara como corresponde para sus hermanitos.Paula se limitó a humillarla en la ficción, quizás nadie supiese la razón de ser de Charlotte pero ella sí, ella y sus hermanos sabían muy bien a quien representaba esa mujer.
—La ruta esta despejada.
— ¿Vas a dejarme conducir? —Él se levantó los lentes de sol que ella no tenía idea en qué momento se había colocado, y le hizo un gesto que cortaba de raíz la posibilidad de que tomara el timón— ¿Por qué eres tan egoísta? Es solo un carro ¿sabes?
—No, no es solo un carro…es el mío.
—Sigue siendo un artefacto—Pedro masculló algo que ella no logró entender, aunque apostaría sus bragas a que no era un salmo.
— ¿Acaso tú compartirías tu cepillo de dientes?
—No, qué asco.
—Exacto—Paula frunció el ceño ¿De dónde se parecía un cepillo de dientes a un auto?
—No hay punto de comparación.
—Para mí sí.
—Pedro, yo tengo un nombre para definir lo tuyo—Él volvió a subirse los lentes, mostrándole sus encantadores ojos azules. Sí, encantadores. A las cosas hay que llamarlas por su nombre—T.O.C o lo que en la jerga común se conoce como, trastorno obsesivo compulsivo.
—Yo no estoy obsesionado—Se defendió, aunque su tono fue levemente un murmullo—Solo quiero a mi auto.
—Ah haberlo dicho antes, entonces la definición correcta de tu afección es objetofilia…o lo que en la jerga común…
—Se conoce como amor a un objeto—Completó él con un deje burlón—No necesito que me eches definiciones de diccionario, te recuerdo que me han premiado por mi estupenda sintaxis más veces de las que tu pusiste en práctica tu psicología barata—Ella abrió la boca para responder, pero él alzó un dedo para detenerla—Ni se te ocurra decirme vanidoso.
—No iba a decirte vanidoso…—Se mordió el labio ofendida—Te iba a decir narcisista.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
—No entiendo que tiene de malo tener algo de amor propio, yo solo reconozco lo que todos ven—Paula puso los ojos en blanco, sabía que él no hablaba enserio, a decir verdad Pedro pocas veces se ponía realmente serio—El narcisista no ve a nadie por encima de sí mismo, pero admite que hay muchos por debajo…—Y con una desdeñoso ademan la señaló como si ella fuese de ese montón.
—Eres un estúpido—Pedro sonrió al verla reír y rápidamente fijó la vista en la carretera— ¿Cuánto falta? —Él consultó su reloj.
—Como dos horas…
—Uf…al descender van a tener que hacerme un trasplante de trasero—Paula se abanicó con la mano, a pesar que se estaba bien fresco en el auto. Su repentino aumento de temperatura no tenía nada que ver con el calor, no, el de ella estaba pura y exclusivamente relacionado con el hombre a su derecha—Dos horas de tortura...
— ¿Qué?— ¿Cómo? ¿Qué? Diablos, lo dijo en voz alta.
—No nada…—maldito sonrojo «no me mires, por favor no me mires» Paula le echó una rápida miradita, por supuesto él tenía los ojos sobre su persona—Es que…—Si ¿Qué? No sabía cómo seguir después de eso—Me…—«¡Condenado, deja de mirarme!» — ¿No deberías ver la carretera?
—Dejamos la civilización atrás, hace una hora… ¿Contra qué puedo chocar? Ya le dejaste bien claro a las vacas que no se metan en nuestro camino—Y con comentarios como ese, ella no acabaría bien ese viaje. Sin civilización, sin vacas que atestiguaran nada…las cosas que podría hacer en ese auto.
Teniendo en cuenta que podían meter un pequeño spa en el maletero, ya deben imaginarse como es el asiento trasero. «Paula, esto se te está yendo de las manos» A decir verdad, esto se le había ido hace mucho tiempo de las manos, pero teniendo la sociedad de por medio se modulaba. ¿En qué demonios pensaba al aceptar ir con él en ese viaje? Podría haber llegado más tarde con Julieta, no había necesidad de que ellos se aislaran en una carretera durante cuatro horas, no había necesidad de estar confinada a ese carro de estupendo clima. No había necesidad y aun así, allí estaba.
Se había levantado temprano, se había depilado las piernas (no sabía porque), se había cepillado el cabello con todos los productos alisadores que encontró en su tocador y se había metido en su coche. Se estaba intoxicando con su aroma, incluso había dormido para evitar tener que hablarle mucho. Pero ¿Por qué se ponía tan nerviosa? Habían estado solos antes, habían pasado noches enteras escribiendo. Pero eso era. Cuando estaban juntos siempre tenían algo que hacer, siempre existía la distracción. ¿Qué distracción encontraba en la carretera? ¿Contar vacas?
Los silencios entre escritores que trabajan son comprensibles, pero los silencios entre dos seres humanos sentados uno junto al otro, son…molestos, extraños y la sacan de quicio. Y aún faltaban dos horas, el único consuelo que tenía era que ese auto nuevo no se averiaría a mitad del camino ¿verdad?
—Mierda.
— ¿Qué?—inquirió viéndolo con sorpresa, mientras por alguna razón desconocida iban bajando la velocidad.
—Creo que es el neumático—«No me dejes caer en la tentación» —Ven ayúdame—«Líbrame del mal» —No se ve un alma—«Amen, amen… ¡Amen!»
—Voy…—Y abrió la puerta resignada, después de todo Dios actúa de maneras misteriosas, pero que no se pueden y no se deben cuestionar—Vas a ensuciarte la camisa—Le apuntó al verlo remangarse las mangas blancas, dejando al descubierto esos antebrazos fuertes y bronceados.
— ¿Me la quito?—El condenado lo preguntaba con toda la inocencia del mundo. «Quítatela» pensó Paula «No me hago responsable de lo que te ocurra luego» Aunque debía recordarse que ese era su compañero de trabajo y que las fantasías debía guardárselas para sus viajes en elevador, para su posible encuentro con Clooney. Debía recordárselo, pero… al demonio no lo recordaba.
CAPITULO 19
Así lo hacen los adultos.
Paula estiró una mano para detener la alarma de su despertador, el sonido poco melodioso de la voz del locutor de radio, se coló hasta en lo más profundo de su cerebro.
No era la clase de mujeres muy dada a despertar temprano, por eso procuraba que sus días comenzaran a las diez de la mañana. Cada cita la programaba para esa hora en adelante, cada compra, cada reunión, cada maldita visita al médico, cada maldita visita a su madre.
Pero no esa vez, esa vez era distinto pues ella no había planeado nada. Por eso se encontraba refunfuñando por cada esquina de su departamento, por eso maldecía a su reflejo en el espejo, por eso se duchó con agua helada, porque sabía que debía seguir los designios de alguien más. Y allí estaba, despierta a las siete de la mañana, guardando un calcetín en el bolso y revolviendo su café con una lapicera, por eso…o mejor dicho por él.
Salió a las corridas con la blusa a medio abotonar y un zapato en la mano, no se molestó en arreglarse en demasía, nadie podía exigirle mucho a esas horas. Pero maldición, iba tarde. ¿Cómo podía ir tarde si se había despertado dos horas antes? ¿Cómo? ¿¡Cómo!? Bien, era ridículo cuestionarse sobre eso. Ella no se despertaba fácilmente, cuando término de revolver su café notó que ya eran las ocho treinta, y debía llegar a las nueve. ¿Con qué desperdició tanto tiempo? No lo sabía.
Al alcanzar el ascensor del estudio de Pedro, tenía los pulmones en la garganta y la falda se le apretaba incómodamente en el abdomen. Aquellos pastelillos de chocolate de la noche anterior eran los culpables, esa falda siempre le había ido como un guante y ahora, ahora se sentía como una morcilla apretada por uno de los extremos.
En cualquier momento los hilos cederían bajo la presión de sus carnes constreñidas y sus calzones de cintura alta saldrían a dar los buenos días. No debió ponerse eso, debió usar pantalones. Pero las faldas son más serias decía su madre, las faldas son más femeninas, sí claro como si ella supiese algo de la seriedad. Paula tenía una mejor definición: las faldas son unas putas prendas que te limitan en cada paso y son las responsables, de que las mujeres fuesen el sexo débil. Después de todo ¿Quién podría tirar una patada decente con faldas? Es más ella podría haber subido las escaleras corriendo, pero no, no usando ese tubo ajustado a sus caderas.
Las rueditas de su valija de viaje, se atoraron con un lateral de la alfombra, sacándola entonces de sus cavilaciones sobre faldas y el feminismo.
—Mierda, mierda, mierda—repitió cabreada, mientras jalaba de la manija con ambas manos, montando una encarnizada lucha con la alfombra—Puta suerte.
Y tras soltar esas hermosas palabras, la valija cedió ¿Quién dijo que la violencia no sirve para nada? Paula se estiró la blusa con una mano, mientras que con la otra intentaba golpear la puerta. No fue necesario, ésta se abrió al segundo que ella logró controlar su respiración.
—Llegas tarde.
—Lo siento—Pedro no la escuchó, se limitó a meterse en el apartamento para luego emerger con su bolso negro colgado al hombro.
—Paula, teníamos que salir a las nueve ¿Sabes cómo estará el trafico ahora?
—Perdón.
—Pedir perdón no acelera las cosas, mueve los pies—Ella presionó la mandíbula, no tenía sentido sentirse ofendida.
Después de todo era su culpa, había aguardado hasta esa mañana para terminar de hacer el equipaje. Tendría que haberlo hecho la noche anterior, pero se dijo que tenía tiempo, que el tiempo era el que siempre sobraba. Se equivocó.
—Tan solo son…—Miró el reloj—Mierda—murmuró al notar la hora.
—Exactamente.
Pedro le quitó la maleta al ver que ella jadeaba para avanzar, puso los ojos en blanco. ¡Tenía rueditas! ¿Cómo diantres la cansaba tirar algo con rueditas? La respuesta la obtuvo rápidamente, la mujer cargaba con toda su casa allí dentro.
— ¿No has encontrado nada más que meter aquí?
—Traje lo imprescindible—respondió tranquilamente.
— ¿Si? ¿También trajiste a tu conserje?
—Nunca se sabe cuándo pueda serme necesario—Se encogió de hombros sonriendo, para luego adelantarlo y abrirle la puerta.
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