sábado, 6 de diciembre de 2014
CAPITULO 39
Él quiere, ella quiere.
La llamada de Javier le había marcado un nuevo objetivo, aun todo el cabreo y la confusión seguían estando allí, pero Pedro estaba dispuesto a patear todos esos asuntos a un lado por el bien de su propia sanidad mental. El plan era simple, Paula sólo bajaría la guardia si jugaba su carta de niño bueno. No había que ser un genio, ella sentía atracción hacia su persona quizás casi tanto como él. Y aunque en un principio se le había resistido, sabía que ahora ella no tenía la misma resolución que antes. Javier estaba en lo cierto, si Pedro realmente se lo proponía podía obtener cualquier respuesta de ella. Sólo tendría que tener tacto y hacerle creer que el terreno que pisaba estaba firme, entonces como un cazador que acecha a su presa, él la tendría de pie sobre un trampa camuflada y ella ni lo notaria.
Guiado por el espectacular aroma de la comida de su padre, se decantó por ir a echar un vistazo rápido en la cocina.
Podría pensar y actuar mejor con el estómago lleno. Pero al cruzar la puerta de vaivén, se encontró con una escena inesperada. Al parecer Paula había terminado de jugar con la bañera, pues se encontraba sentada sobre la isla de la cocina, viendo a su padre cortar algo cerca de la estufa. Ella tenía el cabello húmedo y así casi parecía negro, se le rizaba en la parte inferior creando bucles que se esparcían por su espalda. Ya no llevaba el vestido, en cambio lucía una blusa verde agua y unos jeans desgastados que muy posiblemente pertenecían a su hermana. Él bajó la vista hasta sus pies, notando que llevaba las perneras dobladas como tres veces sobre sí. Definitivamente esa ropa era de Luciana.
—Prueba esto—Le dijo su padre, ignorando por completo su presencia en la puerta.
Paula se inclinó para tomar lo que le ofrecía y luego se lo llevó a la boca con un gesto de anticipación casi infantil. Ella se quedó en silencio, mientras saboreaba lo que fuera que la hizo hasta lamerse la punta de los dedos. No le sorprendía, Pablo tenía un talento envidiable para la comida.
— ¿Qué te parece?—Preguntó viéndola de soslayo.
—Está delicioso—respondió Paula con una sonrisa que pocas veces le regalaba a él. Curioso detalle.
—Te dije que el sabor del vino es casi imperceptible.
—Tenía razón—Pedro reposó su peso en el vano de la puerta, observando a distancia.
Pablo continuó moviéndose de aquí para allá, cortando algo, salando otra cosa, probando la temperatura de la estufa y manteniendo la conversación con Paula. Un hombre multifunción. Atributo que siempre le había agradado de su padre.
—Esta receta es la favorita de Pedro—Él se puso alerta al oír su nombre, sabía que el olor se le hacía familiar “Muslos de pollo al vino con peras”. Bien, definitivamente su padre se llevaba un premio al mejor anfitrión.
—Jamás pensé en mezclar peras y vino, pero el resultado me agrada—Pablo soltó una leve carcajada y él tuvo que reprimirla para no delatarse. El comentario de Paula era el típico de una persona que jamás puso un pie en una cocina. Al menos no para cocinar— ¿Siempre estuvo interesado en la gastronomía?
—Siempre—respondió orgulloso de su trabajo. Era bueno, no había razón para negar ese hecho—Sabes, tengo tres hermanas y mi madre intentó enseñarles a todas ellas a cocinar. Hasta el día de hoy ninguna sabe hervir agua, pero el don de la cocina terminó por manifestarse en estas dos manos, gracioso ¿no?—Ella rió en acuerdo.
—Bastante, pero no es una sorpresa. —Bajó la vista a su regazo, ligeramente avergonzada—Yo no puedo ni hacer huevo duro.
—Eso se puede solucionar. —Repuso Pablo con convicción—Tal vez no termines siendo chef profesional, pero con algunas clases lo del huevo duro será tu fuerte—Ambos soltaron carcajadas y Pedro sacudió la cabeza reconociendo el humor de su padre.
—Sin duda esto de la cocina ayuda a ganar puntos.
—Oh claro, las personas caen rendidas a tus pies cuando saben que puedes alimentarlos—La expresión de Pablo se tornó algo ausente, Pedro no estaba seguro de poder adivinar la dirección de sus pensamientos. —Creo que lo que conquistó a mi esposa, fue mi suflé y no mi bonito rostro. Algo deprimente si lo piensas con detenimiento.
—Estoy segura que fue un poco de ambas—Él le obsequió una sonrisa aceptando el cumplido. — ¿Cómo se llamaba?
—Pedro se puso tenso ante el rumbo que tomaba la conversación.
—Ana.
—Bonito nombre—Pablo asintió ausentemente y repentinamente pareció encontrar su ánimo extraviado.
—Era la peor en la cocina, lo juro, nunca podía encontrar nada y siempre terminaba por abandonar la lucha y sucumbir a los alimentos pre cocidos. —Al terminar su divague la mirada de su padre pareció viajar lejos de allí, Pedro apartó la vista con renuencia.
— ¿Hace cuánto que…?—Ella no terminó la pregunta, pero era obvio qué quería saber.
—Dieciséis años—Se volvió para sonreírle con amabilidad—Es sorprendente como pasa el tiempo de rápido.
—Lo siento mucho. —Él sacudió la cabeza restándole importancia, pero Pedro podía notar como encorvaba los hombros y perdía algo de brillo al pensar en su madre.
Pablo no le hablaba de ella, en parte porque Pedro nunca le había preguntado nada. Sabía cómo había muerto y recordaba perfectamente la vez que lo llevaron hasta su habitación privada en el hospital, para que ella le dirigiera sus últimas palabras. Curiosamente no podía recordar que le había dicho. Tenía diez años en aquel momento, cualquiera pensaría que la escena debería estar fresca en su memoria. Pero no lo hacía. Ana era un nombre sin sentido para él. Desde su muerte lo único que podía precisar sobre su madre era una sutil fragancia, estaba convencido de que ella olía a eso. Melocotones. Luego no había nada más, ni risas, ni instantes, ni raspones, ni besos, ni regaños, ni abrazos. Nada.
— ¿Alguna vez pensó en volver a casarse?—Preguntó Paula, notando que quizás la conversación sobre Ana estaba deprimiendo a Pablo.
—Él no te aceptaría—respondió una voz detrás de ellos—Eres demasiado pequeña—Añadió Pedro, entrando en la cocina con su actitud arrogante y su sonrisa de superioridad. Ella brincó de la isla e intencionadamente se dirigió hasta la estufa donde se encontraba su futuro maestro de cocina.
—Veo que tu apetito encontró el camino—Comentó Pablo mirando sobre el hombro a su hijo. Pedro hizo un gesto que no respondía nada y se robó una manzana del centro de mesa para ponerse a jugar con ella.
— ¿Le has puesto canela?—inquirió acercándose sigilosamente hacia la siniestra de su padre.
—Le he puesto canela—replicó él con una voz tranquila y comprensiva.Paula sonrió sin poder evitarlo, le agradaba Pablo parecía el tipo de padre que todo el mundo querría.
— ¿Cuánto? Recuerda que me gusta…
—Sí lo sé, dos partes de canela y una de harina—Estaba claro para ella que ese ritual se repetía siempre que cocinaba eso. —De trigo y tamizada dos veces—Agregó justo cuando Pedro se proponía hacer otra pregunta.
—Bien—Le dijo con indiferencia, como si quisiera hacerle creer que no había adivinado su duda.
—Qué tal si te quedas revolviendo esto, mientras yo voy a la despensa por un vino para acompañar la comida—Paula asintió encantada con la idea, en tanto que tomaba la cuchara de madera y movía la cebolla picada y los muslos de pollo para que se cocieran correctamente. La perspectiva de sentirse útil en ese lugar, comenzaba a mostrar su lado amable.
Ella se volteó un segundo para notar a Pedro de pie en el centro de la cocina, mirando la puerta por la que había salido Pablo. No podía precisar que veía en su rostro, parecía que por un instante una nota de dolor atravesó sus ojos azules. Pero era algo nuevo, no era la clase de dolor que ella había visto en otras ocasiones, él parecía triste. Verdaderamente triste. La teoría de que Pedro llevaba más tiempo en la cocina de lo que ellos creían, la golpeó sin previo aviso.
Volvió a escrutarlo con detenimiento y no le cupo duda, él sí había estado escuchando su conversación con Pablo. ¿Se sentiría mal por eso? ¿O su dolor provenía de otra parte?
— ¿Estas bien?—Le preguntó obligándolo a mirarla. Al instante su expresión se recompuso, como si repentinamente hubiese notado que no se había quedado solo esos segundos.
—Perfectamente—No había fuerza en esa aseveración, Pablo enarcó ambas cejas en duda y él sonrió pasando por alto su gesto. —Terminaras por marear esa comida—Se acercó y desde su espalda tomó la cuchara,envolviendo su mano en el proceso. Luego simplemente dio vueltas el pollo y tras cargar una pequeña cantidad de salsa, se inclinó por su lateral para llevársela a los labios.
En ningún momento la tocó más allá del contacto de sus manos, pero el calor de su cuerpo prácticamente reclamaba todo el aire puro a su alrededor. Ella no tenía que tocarlo para ser consciente de su presencia, de su colonia y de su mirada fija en el perfil de su rostro. Sacudió la cabeza escapando de sus ojos, él solo quería fastidiarla o ponerla nerviosa, pero ella también tenía cartas en esa mano.
Estaba harta de esa actitud avasalladora, Paula no era una niña que se dejaba manejar por el muchachito guapo. Debía atacar también y esperar bajarle esos aires de superioridad.
— ¿Cómo era tu madre?—Pedro no se movió, la mano que sostenía la suya aflojó su amarre notoriamente y Paula supo que lo tenía atrapado. Aun no existía ser humano vivo sin punto débil y por supuesto que él no sería la excepción.
¿Estaba siendo maliciosa al ponerlo incomodo? Tal vez, pero no se podía decir que él era un completo santo.
—Le falta sal—Evasiva número uno.
Pedro la soltó y se dirigió hacia donde ella suponían guardaban la sal. Pablo lo siguió con la mirada, dándole a entender que aun esperaba una respuesta. Él la ignoró.
—Pablo parecía amarla mucho—Pasó junto a ella para echarle la sal a la salsa, luego le dio la espalda con metódica indiferencia. —Nunca me hablaste de ella, parecía una gran mujer.
Finalmente Pedro la enfrentó, sus ojos azules lucían molestos, con una nota de incredulidad que rayaba en lo irónico. Como si le preguntara sin palabras ¿Por qué? Eso era lo que ella veía, la duda, la ira y el dolor todos mezclados en una misma mirada. Su plan tambaleó notoriamente ante eso, no quería lastimarlo, pero él tampoco le daba opciones al tenerla de prisionera en su casa ¿verdad?
¿Acaso Pedro no la lastimaba con sus acusaciones? ¿Acaso ella no tenia derecho a buscar defenderse de alguna forma?
Tal vez irse por ese lado no era lo más apropiado, pero debía poner un alto a todo ese absurdo. La gente normal no secuestraba a sus colegas, la gente normal ciertamente no se planteaba amenazar a alguien y cinco minutos después arrinconarlo en la cocina. Pedro necesitaba unas clases de gente normal y con urgencia.
— ¿Qué quieres Paula? —Inquirió con tirantes en su voz — ¿Vamos a jugar a los psicólogos? ¿Cómo es esto?—Se detuvo a pocos centímetros de ella, su máscara de condescendencia había tomado sus rasgos una vez más. — ¿Tú preguntas? ¿Yo pregunto?—Avanzó un paso más—Porque si mal no recuerdo, aquí a la que le haría falta alguna charla sobre madres es a ti.
—Pedro, solo…
—No—La silencio alzando una mano— ¿Quieres jugar? Juguemos—Una nota burlona decoraba su timbre—Veamos, pregunta número uno ¿Cuántos amantes tuvo tu madre?—No la dejo abrir la boca, añadiendo: —La mía solo estuvo con mi padre, murió cuando yo tenía diez años. Creo que en eso gana la tuya—Paula frunció el ceño, lista para abofetearlo pero una fuerza sobrehumana la detuvo. Algo le advertía que aquello era de esperarse.
Cuando Pedro escuchaba algo que no lo hacia feliz, saltaba justo a la yugular de su interlocutor.
—Eso no es gracioso—replicó con voz dura.
— ¿No? A mí me parece muy educativo en verdad. —Ella apartó la vista renuente a seguir con esa conversación absurda, estaba claro que Pedro seguiría siendo él hasta el final. ¿En qué pensaba al creer que podía castigarlo de algún modo? Pedro la tomó por la barbilla, claramente él aun tenía más que decir—Segunda pregunta…
—Basta, Pedro.
— ¿Con cuántos hermanos compartes padre? Yo con mi única hermana ¿Tú?—hizo un gesto como si pensara la respuesta—Con ninguno ¿verdad? Hm eso no habla bien de ti, Paula, eso no habla bien de tus raíces.
Eso lo sintió como un golpe a su autoestima, una cosa era que hablara de su madre otra diferente era que la pusiera a su misma altura. Ella mas que nadie sabia de donde venia y que él usara eso para lastimarla, dolía mas que cualquier insulto o golpe que hubiera recibido antes.
—Suficiente. —Le espetó en un susurró contenido.
—Tercera pregunta.
— ¡Basta!—Él puso ambas manos a sus laterales, acorralándola contra la encimera, su expresión una cruda advertencia.
—La próxima vez que quieras jugar conmigo, escoge mejor el tópico,Paula. Está claro que en este tema, tu llevas las de perder—Se dio la vuelta para salir de la cocina, ella tomó una profunda inhalación antes de encontrar su voz.
—Eres un imbécil—Pedro se volvió para fulminarla con la mirada, pero eso no la amilano—Tal vez mi mamá sea una puta, pero es la única que tengo y no te permito que hablas así de ella. —Él se encogió de hombros como toda respuesta. —Sabes qué Pedro, muérete.
— ¡Que dura!—Paula sacudió la cabeza y dejando la cuchara a un lado se dirigió a la puerta de vaivén. — ¡Paula!—La llamó, como si tuviera algún derecho a que le devolviera la atención.
—No me toques—Se liberó de él tan rápido como la había rozado. —Ni se te ocurra tocarme.
—Paula…—Pedro la siguió por el pasillo, volviéndola a tomar del antebrazo—Detente ¿Quieres?—Ella lo miró pestañando con fuerza, no le iba a dejar ver lo que sus palabras le causaban—Lo siento. Paula…
—Te odio.
—No, no me odias—Le alzó el rostro para que lo mirara, ella le golpeó la mano— ¿Estas llorando?
— ¿Esto?—dijo tocándose una lagrima—No, esto es resultado de una mala cirugía. —Mintió tratando de sonreír, aunque lejos de eso quedo su mueca. Muy lejos.
—Venga, niña no era mi intención.
—No soy niña y si era tu intención—Él negó con vehemencia, volviendo a aferrar su barbilla. ¡Que hombre más insistente!
—No quería hacerte llorar, es que…—Paula enarcó las cejas aguardando, dado que no tenia muchas mas opciones. —Me tomaste con la guardia baja. —Ella apartó la mirada, mordiéndose el labio para no admitir que su intención fue exactamente esa. Atacarlo o tal vez enseñarle algo de sumisión. Obviamente el plan no había sido pensando en mucha profundidad, mas considerando que había relajado el cerebro mas de la cuenta en esa bañera.
—No hay mucho que te pueda decir de ella Paula, se murió, no sé… no hay nada más allí.
—Aun así dijiste esas cosas…—Pedro maldijo entre dientes.
—Sí, perdón. Yo…—Sonrió sin ánimos—Es lo que hago…yo hago eso, es más fácil.
—No entiendo—Él asintió revolviéndose el cabello con una mano, un gesto entre nervioso y confuso que lo hizo lucir demasiado encantador, o tal vez era un efecto de la luz. Sí, seguro era la luz. Volvió a mirarla. No, no era la luz.
Maldición.
—Atacar a una persona es fácil—Ahora sí entendía, y por desgracia tenia razón. Siempre era más simple que ser honesto y abierto. ¿Además que hay de divertido en ser eso? Más allá de todo, ella admitía para sí que Pedro le gustaba incluso en sus momentos de mayor estupidez. Bueno, quizás no tanto. Pero tenía sus ventajas eso de que fuesen tan brutalmente honestos, al punto de ser malvados. Al menos dejaba en claro que la vida rosa, con ponis y caminatas bajo el atardecer no eran específicamente lo suyo. Pedro era real, autentico. Con mas falla que virtudes, pero aun así el tipo que le gustaba. —Ser mordaz, grosero…
— ¿Una patada en el culo?
—Eso también—Una leve sonrisa tiro de sus labios—Pero eso no significa que quiera decirlo en verdad, es que así me resulta más sencillo. —Le tomó una mano y se la quedo viendo, como si estuviese pensando sus siguientes palabras con todo detenimiento—Tú no eres como ella—Entonces enfrentó sus ojos—No tienes nada que ver con ella, Paula.
—Eso yo lo sé—Se liberó de su amarre y por extraño que fuese, no logro que su timbre no sonara acusador al volver a hablar. — ¿Tú lo sabes?
— ¿Por qué presiento que ya no estamos hablando de nuestras madres?—Preguntó, dejando caer la frente contra la suya y soltando un quedo suspiro a milímetros de su boca. —No confío fácilmente en las personas, Paula. Dime que no tuviste nada que ver…—Ella no respondió—Por favor, dime que no tuviste nada que ver.
—Tú lo sabes.
—No lo sé, maldita sea. —Pedro cerró los ojos tratando de controlar su temperamento y a continuación deslizó los labios por su mejilla, besando el rastro salado que había dejado aquella lagrima. —No sé nada, esta mañana mi única preocupación era llevarte un desayuno decente a la cama. Y planear una forma de retenerte allí hasta la cena.
—La miró sin apartarse de su lado—En algún momento todo se fue al demonio y me encontré escabulléndome por el jardín de mi vecina, quien resulta ser una fanática ¿Quién lo diría?—Rozó con su pulgar su cuello, mientras aspiraba el perfume de su cabello en cortas inhalaciones—Todo lo que quería era tenerte a mi lado un día completo, sin peleas, discusiones, libros, criticas, presentaciones, hermanos…nadie. Sólo los dos—Sus labios derraparon de su mejilla a la pequeña cicatriz en su barbilla, un juego de Tarzán en la infancia que no termino bien para ella. —Y lo eche a perder, porque podría haber tenido eso en cualquier otra parte y cualquier otro día. Pero lo arruine, porque eso me sale bastante bien…creo que Charlotte dice que “es mejor arruinarlo antes de que duela” ¿no?
Paula asintió casi sin fuerza, recordando una de las tantas frases de su personaje. Le sorprendía que Pedro siquiera supiera esa clase de cosas, pero él siempre salía con algo nuevo que lograba borrar cualquier idea que ella pudiera hacerse.
—Dímelo—Pidió una vez más—Serás libre de marcharte entonces.
— ¿Lo dices en serio?—inquirió incrédula.
—Completamente—Él se dirigió a su oído, tomándose un segundo para exhalar y mandarle una oleada de escalofríos por todo el cuerpo—Si no tuviste nada que ver, podrás marcharte y si lo hiciste, podrás irte de todas formas—Paula plantó las manos en sus hombros—sus tonificados, anchos y tan deliciosos hombros— y lo apartó.
—No tuve nada que ver—Pedro sonrió entonces.
—Lo sabía—Él se inclinó para besarla, pero ella giró el rostro haciendo que sus labios colisionaran con su mejilla.
—Entiendo.
—Dudo que lo hagas.
—Te ofendí—Lo miró tratando de que la incredulidad no se reflejara en su rostro.
—Pedro tú me ofendes cada cinco segundos, eso sería lo de menos. Lo que me fastidia es que dudaras de mí, después de todo…puede que no seas mi mejor amigo, pero te respeto. Yo sí te respeto, eso es algo que tú no sabes hacer.
—Lo intento.
—Pues tengo que decirte que fracasas constantemente—Paula se hizo a un lado tratando de salirse de esa posición tan incómoda, él no se movió ni una onza.
—Lo intentare mejor, Paula…—En ese instante su teléfono decidió interrumpirlos, Pedro frunció el ceño mirándole el bolsillo y ella lo sacó de allí a regañadientes. Había estado ignorando las llamadas durante toda la mañana, pero debía responder tarde o temprano.
— ¿Diga?
— ¿Dónde estás, Paula?
—Leo, estoy bien…—Él parecía bastante molesto al soltarles con gritos sus siguientes palabras.
—Me importa una mierda como estas, te dije ¿Dónde? ¿¡Dónde!?—Ella se apartó el aparato antes de que le reventara un tímpano. —Se suponía que estaría ayer aquí, ahora estas en las noticias y en las revistas.
—Lo sé, te lo explicare luego.
—Nada de luego, dime donde estas te iré a buscar—Ella se helo al pensar en la alternativa de decirle a Leo que fuera a recogerla en la casa de Pedro. Con lo paranoico que se ponía respecto a su virtud, ella temía que le pidiera chocar espadas al amanecer.
—Eso no es necesario, yo iré en cuanto pueda. —Miró de soslayo a Pedro, preguntándose si su propuesta de que podría marcharse a voluntad aun seguía vigente.
—No, tú no entiendes. Necesito que hablemos, es importante…—Paula sacudió la cabeza, los hombres en su vida solo la hacían querer conseguirse un perro, al menos eso sería fidelidad y tranquilidad asegurada.
—No puedo ahora, estoy bien y eso es todo lo que necesitas saber—Leo suspiro del otro lado. —No te preocupes por nada, yo tengo todo bajo control.
—En serio Paula, esto es importante.
—Ya me lo dirás cuando regrese, adiós—Y justo cuando su hermano comenzaba a hablar nuevamente, ella colgó la llamada. Pedro la miró con un gesto curioso, pero ella despacho el asunto con leve ademan. —Ahora ¿Dónde estábamos?—Él le sonrió, de ese modo que solo Pedro podía lograr. Arrogante y dulce a la vez. Una completa trampa mortal.
— ¿Vas a irte?—El vacilante tono de su voz, la hizo sentir como el Grinch que se robaba la navidad. Como si al negarse le rompiera toda ilusión.
Maldición él era bueno cuando se lo proponía.
—Pedro…—Alzó un dedo pidiéndole la palabra.
—Me portó bien, si te quedas, seré el mejor amigo, anfitrión, amante…si eso quieres. Hasta te dejare dormir en mi cama y yo dormiré en el suelo…bueno, no en el suelo. En realidad intentaría persuadirte de que me dejes dormir contigo, pero si no quieres lo entiendo.
—Pedro…
—Y puedes usar la bañera, aunque también tenemos un jacuzzi—Ella se detuvo a pensarse mejor su respuesta. ¿Un jacuzzi?—Podemos usarlo ahora…
—Pedro…—Él la tomó por los hombros, anclándola contra la pared.
—Di que sí—murmuró acercándose lentamente—Solo di que sí—Le plantó un pequeño beso en los labios, luego la miro— ¿Si?—Paula no respondió.
Él volvió a inclinarse y esta vez su beso se demoró un poco más sobre su boca, hasta que con un profundo suspiro ella entreabrió los labios en una cálida invitación. Pedro llevó sus manos a su espalda, hasta alcanzar los bucles húmedos de su cabello y envolverlos entre sus dedos. Le gustaba mucho aquella melena, a riesgo de sonar fetichista, él podría pasar el día entero solo acariciando su cabello.
Paula le cruzó los brazos al cuello derrotada, arqueándose para alcanzarlo con mayor comodidad. Él hundió su lengua en cada recoveco, probando los distintos sonidos que podía robarle con cada roce, con cada caricia y ella rió musicalmente uniéndose a su juego. La mano libre de Pedro se posó en su cadera y lentamente busco los botones de su jean, dejándose guiar por el calor que emanaba su cuerpo tan femenino, tan suave, delicado y adictivo. Paula jadeó, cuando su mano se introdujo entre sus piernas y alguna parte de su recato intentó detenerlo, tomándolo por la muñeca. Pero Pedro no tenía intenciones de portarse bien, volvió a meterse dentro de sus bragas tragándose el gemido gutural que escapo de sus húmedos labios.
—Aguarda…me quedo…—musitó pegando la cabeza contra su hombro. Él no tenía idea de que le hablaba, pero el carraspeo a sus espaldas lo hizo volver automáticamente en sí.
Paula le quitó la mano de su interior y lo empujó tanto como su racionalidad se lo permitió.
—El almuerzo ya está listo—Le indicó su padre desde su espalda, asegurándose de no mirar a la dama y ponerla más incómoda de lo que estaba.
—Sí, gracias…—respondió Pedro mirándolo por sobre el hombro.
Pablo se retiró entonces y él finalmente la miró. Ella estaba completamente roja, pero sus ojos brillaban llenos de humor. Le plantó un escurridizo beso en los labios, antes de romper en una carcajada. Pedro la observó sin poder creerse su reacción, pero al verla tan feliz y relajada, no pudo más que reírse a su lado. Envolvió con un brazo su cintura y tiró de ella hasta dejarla pegada a su lateral, sabía que a su padre le importaría nada lo que ellos estuvieran haciendo. Aunque eso no le quitaba lo gracioso y lo vergonzoso a la situación.
— ¿Estas bien?—Le preguntó cuándo hubo cesado su risa.
—Oh sí, tu padre acaba de verme con tus manos dentro de mis pantalones ¿Qué podría ir mal?
—Creo que él sabe cómo funcionan las cosas, no te preocupes. —Paula sacudió la cabeza con poco interés.
—Lo sé. No me preocupo. —Sin decir mas y aun sonriendo, ambos se dirigieron al comedor, en ningún momento rompieron ese medio abrazo al que parecían haberse acostumbrado tan fácilmente. Por un segundo, hasta quizás olvidando la razón que los llevo a discutir en primer lugar.
Era extraño que cuando se acercaban más de la cuenta, ninguno de los dos recordaba el plan inicial.
¿Ella quería hacerlo pagar? ¿Él quería hacerla caer en una trampa?
¿Quién sabe? El almuerzo ya estaba servido y en lo que a Pedro respectaba, el postre y la cena caminaba a su lado en ese mismo momento.
viernes, 5 de diciembre de 2014
CAPITULO 38
— ¿Y bien?—Pedro se dejó caer en el sillón de cuero de su padre y sin importarle mucho el cuidado de sus muebles, subió los pies sobre el escritorio de roble.
El estudio se encontraba en penumbras y dudaba mucho que Pablo fuese a fastidiarlo en ese momento. Mas sabiendo que no estaba de humor para oír quejas.
—He puesto a Martin a investigar—Eso no lo sorprendió mucho, sabía que Javier no iba estarse con vueltas tratando de encontrar amablemente al responsable. —Tendrá que rebuscar entre los mensajes, email y llamadas telefónicas que realizó la revista el día de ayer. Quien sea que les vendió las fotos tuvo que ponerse en contacto en algún momento y te aseguro que Martin sabrá localizarlo.
—Bien—murmuró satisfecho.
Sabía que su amigo encontraría al responsable, tenía plena confianza en sus capacidades de infiltrarse en cualquier cuenta o software, lo único que lamentaba era haberle pedido que le quitara el bloqueo al correo de Paula. Internamente dudaba que ella fuese tan estúpida, como para usar su correo electrónico y ponerse en contacto con la revista, pero podía ser posible y si ese había sido el caso, él podría haberlo evitado. Pero no lo hizo, porque cuando ella supo que la estaba bloqueando se había cabreado y Pedro había querido un nuevo comienzo, limpio. Quería que confiara en él y ahora debía vivir con las consecuencias de su estúpido deseo. Eso claro, si es que ella había sido la responsable.
Pero es que ¿había otra opción? Las personas que conocían su identidad en la conferencia eran todos conocidos de Paula. Y si volvía la mente al pasado, recordaba claramente que ella lo había besado. Aun estando enfadada por lo de Julieta, ella lo había besado.
¿Podía ser que solo estaba siendo paranoico? ¿O cabía la posibilidad de que ella se las hubiese jugado, como método de venganza? Ambas opciones tenían su peso y ambas opciones lo traían de las pestañas. Parte de él quería creer que ella no le haría algo así, mas sabiendo cuanto odiaba la comercialización de una imagen en pos de mayor fama. Él se valía de su talento, no caía en las tretas estúpidas de promocionarse a sí mismo para ganar adeptos.
— ¿Cómo esta Paula?—Javier lo obligó a enfocarse en lo que realmente importaba.
No Paula y su estado de ánimo, no Paula y la posibilidad de que fuese una embustera. Tenía que pensar en su carrera y aparentemente en su imagen a partir de ese momento. La gente ya sabía quién era, adiós al anonimato.
La gente sabía que tenía algo con su colega, adiós a la privacidad o a intentar descubrir que era ese “algo”. La gente ahora quería saber más de él y tenía un bonito grupo de reporteros en su culo, listos para llevar a cabo la tarea de investigación. Era atención que no necesitaba y que no quería.
—Disfrutando de las comodidades de la casa—respondió taciturno.
— ¿Descubrió la bañera del segundo piso?—Pedro soltó un leve gruñido de asentimiento.
Todo mundo parecía tener una debilidad por esa bañera, su padre la había mandado a hacer con unas medidas exorbitantemente exageradas. Y siempre que alguien lo visitaba, lo primero que él hacía era persuadir a esa persona de tomar una ducha, por supuesto sabiendo la reacción que tendría al toparse con su monumental bañera. El hombre estaba más orgulloso de su bañera que de él y su hermana juntos.
—Voy a retenerla aquí, hasta que sepamos quien fue—El silencio del otro lado de la línea, le dio a entender que Javier no compartía del todo su plan.
— ¿Piensas que ella lo hizo?—inquirió con un visible tono de duda.
—Si no fue ella, fue alguien que ella conoce.
—Maldición Pedro, no creo que sea así. Paula no parece esa clase de personas y…
—Dime algo—Lo interrumpió— ¿Qué tanto se beneficia ella de esto?—Javier soltó un suspiro de derrota.
—Bastante—respondió a regañadientes.
— ¿Qué tanto me beneficio yo de esto?
—No mucho, pero…
—No, escúchame. Si tan solo lo vieras objetivamente, ella está obteniendo la atención necesaria para que todos volteen sus ojos hacia nosotros. ¿Por qué? Es un truco publicitario, es obvio.
—No tienes que explicarme esto amigo, yo soy tu agente. Pero por un segundo piensa que tal vez ella no sabía nada del asunto.
—Tal vez. Pero también tal vez ella ayudo a orquestarlo todo y ahora tengo este curioso detalle adornando mi jardín delantero.
—La prensa también está en su casa.
—Sí—exclamó irónico—No dudo que quisiera dar su versión de los hechos, es necesaria la prensa allí también.
—Pedro, sé que todo en tu cabeza cierra con una lógica exacta. Pero tienes que darle el beneficio de la duda, estoy seguro que esta mañana no estabas siquiera pensando en el libro o en su trabajo. Estoy casi seguro que solo estabas al pendiente de ella. —Cierto, pero luego aparecieron los reporteros y las cosas no pudieron terminar peor.
¿Estaba justificándose? ¿Por qué se justificaba a sí mismo? No se iba a engañar diciéndose que no le gustara Paula, incluso en ese momento tenía ganas de subir hasta esa bañera y hacerle tantas cosas que no eran adecuadas para el horario. Pero también estaba lo otro, la posibilidad de que ella lo hubiese apuñalado por la espalda. Porque era posible ¿cierto?
—No sé qué pensar—Suspiró, bajando los pies al suelo.
—Lo sé, pero analízalo un poco. Si Paula tuvo algo que ver ¿no piensas que tal vez en este momento se arrepienta? Digo, cuando entré en tu casa esta mañana, yo no vi a una mujer maquinando una forma de traicionarte. Vi a una mujer a la que realmente pareces gustarle…—Pedro se quedó mirando un punto pequeño en la alfombra, las palabras de Javier aún estaban haciendo eco en su mente.
—No digas idioteces—Lo acalló, finalmente encontrando su voz. ¿Qué demonios le pasaba?—Estas confundiendo atracción con gusto, apenas si le agrado.
Y le había costado mucho más trabajo de lo usual agradarle. De acuerdo su relación no había iniciado de la forma más convencional y Pedro cuando era obligado a algo, normalmente se mostraba reacio. Pero mientras el tiempo fue pasando, descubrió que en realidad ella sí le gustaba. Como persona, como amiga, como ser humano con el cual deseaba hablar y conocer. Tenía la leve impresión que a ella le tomó más trabajo verlo bajo una nueva luz. Y a decir verdad parecía que por cada paso que daban lejos de las sombras, retrocedían diez por mero capricho. Pero en algún punto arbitrario entre sus idas y venidas, ellos realmente habían encontrado un equilibrio.
Tras las bromas y el sarcasmo, se llevaban indirectamente bien. No eran los mejores amigos, pero tampoco eran solo camaradas. ¿Qué demonios eran entonces?
—Bien, cabeza hueca. Yo soy el que confunde las cosas, pero por el bien de la casa de tu padre, abstente de andar señalando acusadoramente hasta que tengamos algo en concreto.
— ¿Y qué hago?
—Sé que algo vendrá a ti—Una nota de humor decoraba su timbre—No parecías necesitar mi ayuda antes y creo que muy en lo profundo, sabes cómo manejar a Paula.
— ¿Qué estás diciendo?—preguntó repentinamente interesado.
—Digo que se atrapan más moscas con miel que con vinagre—Pedro puso los ojos en blanco, tratando de pasar por alto ese comentario tan trivial. —Si ella sabe algo, tal vez te lo confíe—rió sin poder evitarlo.
— ¿Estas de juego? Si ella sabe algo te aseguro que la llevare a juicio por complicidad.
—A eso es a lo que me refiero—dijo él cansinamente—Con esa actitud no obtendrás nada, gánate su confianza. Bajo la superficie de mujer inteligente, profesional y mordaz, ella sigue siendo mujer. Tú sabes cómo hacerlo…
—Javier ¿Es mi impresión o acabas de decime que me porte mal?
—Yo solo digo que mientras Martin hace su investigación, tú podrías intentar encontrar respuestas por tu parte.
—Entiendo—Espetó, realmente comprendiendo hacia donde apuntaba su agente y no pudo negar que le gustaba la iniciativa de ese hombre. —Bien, llámame cuando sepas algo.
—Claro.
—Adiós.
—Paula.
— ¿Si?
—Compórtate.
—No prometo nada
CAPITULO 37
Y si la vida te da…
Su madre solía decirle que si la vida le daba limones, hiciera limonada. Pero ¿Si la vida te da rocas? ¿Acaso las exprimes y vez que sale o se las avientas al primer idiota cerca?
— ¿En serio, Paula?
—En serio, Pedro—Confirmó sin mover un musculo.
Él había dado la vuelta para abrirle la puerta, pero ella no tenía planes próximos de bajarse o seguirlo al interior de la casa. O sea ¡Vamos! Incluso ella tenía algo de respeto por su persona. Si cedía en esa cuestión ¿Qué vendría después? ¿Dejarse encadenar en el sótano? ¡No! Él la creía culpable, lo lógico sería negarle la palabra y mostrarse tan ofendida como se estaba sintiendo.
—Baja del auto.
—Lo hare cuando te hayas marchado—Él presionó la mandíbula, claramente perdiendo la paciencia.
—Baja.
—No.
—Ya.
—No—Pero esa última palabra casi termina por atorársele en la boca, cuando Pedro la tomó de un brazo y la jaló con la delicadeza de un gorila en celo. — ¡Hey!
—Te lo pedí bien—Ella se removió tratando de liberarse, no lo logró. La fuerza de ese hombre era algo con lo que no había contado, Pedro si quería podía cargarla con un brazo y conducir al mismo tiempo. Maldito imbécil.
— ¡Suéltame!
No recibió ninguna respuesta, por lo que a regañadientes lo siguió por el sendero de piedras hasta llegar a la entrada de una casa solariega que, literalmente, quitaba el aire. Era esos tipos chalets con techos de tejas rojas y paredes de maderas, la clase de casas en donde uno puede tirarse en cualquier esquina al amparo de las sombras y simplemente divagar. No le sorprendió en lo absoluto que Pedro fuese escritor. Creciendo en ese ambiente eres un escritor, bohemio, filósofo o ebrio afortunado. No había muchas más opciones. Aun así era la típica casa de un niño rico. Al mirar ese lugar, las primeras palabras que llegaban a su mente eran: lujoso y costoso.
— ¿Quieres soltarme? Puedo caminar sola.
—Apuesto que sí—respondió burlón, sin ni siquiera volverse.
—Estas siendo un idiota—Le advirtió en tanto que la puerta se abría ante ellos. Él le lanzó una mirada acalladora, algo que a Pablo no se le paso por alto, por supuesto.
— ¿Pasa algo?
—Nada—La soltó apenas cruzaron el umbral, casi tumbando al hombre de barba que los había recibido con una sonrisa.
—Hola Paula—La saludó seguramente notando la irritable actitud de su hijo y decidiendo ignorarlo. ¿Quién podría culparlo?
—Señor Alfonso ¿Me permitiría usar su teléfono?—Él le hizo un ademan invitándola a entrar, mientras ella veía como Pedro se perdía por uno de los pasillos hasta que finalmente salió de su campo visual.
—Aquí está el teléfono, pequeña. Y por favor llámame Pablo—Paula sonrió sin poder evitarlo, después de todo se podía obtener algo de cordialidad de un Alfonso.
Definitivamente Pedro no había heredado su mal humor de su padre, aunque difícilmente podría pensar que toda su animosidad viniera por parte de su madre. El hecho de que no supiese absolutamente nada de ella, como ¿Dónde estaba? ¿Cómo se llamaba? O si siquiera estaba viva, la hacía creer que quizás la mujer era culpable de algo.
Aunque ¿Cómo afirmarlo? Pedro jamás le había hablado de ella. Reforzando la teoría de que quizás, sí había nacido de un repollo. Se llevó el auricular al rostro y marcó el número que más rápido acudió a su cerebro, el de Flor por supuesto. El tono no sonó más de dos veces cuando una mano se apoderó del teléfono y le colgó la llamada a la fuerza.
— ¡Oye!—exclamó más que enrabiada por esa actitud tan infantil— ¿Qué demonios te crees?
— ¿Qué haces?
—Hago una llamada, tu padre me lo permitió.
—Pues yo no—Le respondió con esa sonrisita de superioridad que ya comenzaba a encender su ira.
Paula estaba dispuesta a comprender su enfado, estaba dispuesta a dejarlo que se enfriara un poco para luego poder hablar como seres civilizados. Pero Pedro, realmente se estaba esforzando por echar a pique su fuerza de voluntad. Era como si internamente, él quisiera fastidiarla por la simple razón de encontrarlo divertido o sugestivo ¿Quién sabe? Mas tratándose de la mente retorcida de ese hombre.
—Me voy a mi casa, me dejes o no hacer la llamada.
—Es una caminata de hora y media—Él tenía razón, Pablo vivía fuera de la ciudad en su bonito chalet alejado de la ajetreada y escandalosa Londres. Si bien el paseo hasta allí se veía estupendamente bien, caminarlo no era ni remotamente tan atractivo como parecía. Y menos con ese vestido arrugado que llevaba o sus muy poco prácticos tacones.
—Entonces pídeme un taxi—Pedro apoyó una mano en la pared a sus espaldas, inclinándose sutilmente hacia ella.
Paula se apretó un poco contra la mesa, casi sentándose sobre el teléfono.
—No.
—Pedro, pídeme un taxi—Insistió sin encontrarle sentido a esa charla, él bajó incluso más.
—No—Le susurró casi rozando su boca al hablar.
Paula inconscientemente se humedeció los labios y él siguió el movimiento con la mirada destellando deseo. Hacía falta un leve empujón por parte de cualquiera de los dos y ellos se encontrarían como la noche anterior, descubriendo el sabor en la boca del otro. Pero Paula estaba molesta, no podía dejarse enmudecer por el magnetismo de su cuerpo.
Aunque a nada estuvo de permitirse una recaída. Ahora era famosa, las recaídas estaban de moda.
Se apartó.
—El taxi—Le recordó, como si aquella conversación hubiese tenido parte ocho días atrás. ¿Por qué ocho y no diez?
Bueno ella pertenecía al club que se preocupaba por la mantención de las curvas pronunciadas. De allí que religiosamente injería su dotación diaria de pastelillos con cobertura rosa.
—No te vas a ir a ninguna parte—Él bajó su brazo y dio un paso atrás.
— ¿Qué?—inquirió deteniéndose a analizar aquello— ¿Qué demonios estas diciendo?
—Estoy diciendo que de aquí no te vas—Le respondió, mostrándose exasperado. ¿Él estaba exasperado? ¿Cómo debería estar ella?
—Aguarda un segundo ¡Tú no puedes detenerme aquí!
—Puedo ¿Acaso no lo ves? Si te pones difícil, no tengo problemas en amarrarte. — ¡Oh por Dios! La teoría de que la encadenarían en el sótano, llenó su mente como un caudal de río desbordado.
— ¡Eso es secuestro!— ¿Acaso él no se daba cuenta de lo que decía?
—Más bien es retención en contra de tu voluntad—Paula abrió la boca, por un instante incapaz de decir algo que no llevara la frase “hijo de puta” como precursor.
— ¿¡En que mierda se diferencia!?
—En que suena más bonito como yo lo digo—Ah ok, si no la estuviese secuestrando incluso tal vez reiría por esa justificación.
—Pedro ¡Estas demente! Me voy a mi casa—Con toda la dignidad que podía tener en su vestido arrugado, emprendió el camino hacia la puerta principal.
No llegó a dar ni tres pasos, cuando sintió su mano cernirse alrededor de su muñeca para luego volverla de un solo tirón.
Él posicionó su boca junto a su oído y la respiración de Paula se disparó automáticamente, reaccionando a su cercanía como si fuesen viejas conocidas.
—Si intentas salir por esa puerta…—susurró con una verdadera nota de amenaza en su voz—No respondo por mis actos. —Ella se apartó lo suficiente para verlo a los ojos. La mirada que le ofreció le dejo todo claro, él realmente no bromeaba. La iba a mantener allí le gustara o no.
—Pedro…—La silenció posando un dedo sobre su boca.
—Hasta que sepa quien fue, tú no te vas de aquí—Paula pasó saliva y sacudió la cabeza.
—Yo no lo hice—Le dijo tratando de reflejar la verdad en su voz.
Pedro la miró por un segundo, hasta que sus ojos azules como el hielo parecieron perder la dureza de momentos antes. Vaciló un instante bajando la vista a su boca y nuevamente la enfrentó. La nota de furia volvía a enmascarar sus rasgos, tragándose cualquier otra emoción de empatía.
—Espero que no—Y tras decir aquello se dio la vuelta, para luego tomar unas escaleras que ascendían por el lateral izquierdo de la casa.
Ella se mantuvo de pie en el recibidor sin saber cómo reaccionar. Finalmente Pablo fue en su rescate, mostrándose completamente hospitalario. Paula iba a admitir que para ser un secuestro, el lugar estaba de muerte. Quizás y se dejaba secuestrar con más frecuencia.
Si bien intentó esconder la confusión que se desataba en su interior, una vez que se excusó para tomar una ducha y ponerse más cómoda —todo en aras de hacer que su anfitrión no se sintiera mal—no pudo engañarse por mucho tiempo más. No tenía idea cual sería su próximo movimiento.
Por un lado quería entender o buscar una maldita explicación, por el otro pensaba en Pedro y se quería golpear a si misma por andar de bobalicona con él. Sí era guapo, pero ella tenía más control que eso. No podía andar babeando cada superficie, cuando él decidía ponerse más cerca de lo que admitía la decencia. Y eso era tan frustrante.Pedro estaba molesto con ella y jugaba con la atracción que sentía por él, solo para hacerla sentir mal.
Paula ya había descubierto su truco. Y lo odiaba por eso. Y diablos, también le gustaba tanto. ¡Malditas hormonas! No se puede vivir de este modo.
Descorrió las cortinas con furia, encontrándose con una piscina de tamaño olímpico del otro lado. Parte de su frustración, se aliviano frente a esa visión. Toda su vida había soñado con tener una bañera que hiciera masajes, y finalmente llegó a ella producto de un secuestro. Esto tenía su lado bueno después de todo. Quizás hasta podría hacer un clavado en esa cosa y no tocar su fondo.
—Oh pues, tendré que descubrirlo—Se dijo así misma mientras dejaba correr el agua y se permitía apreciar el vaho humedeciendo las paredes y llenando todo el aire con su espesa cualidad de luces y sombras. Faltaban las burbujas y ella comenzaría a fingir el síndrome de Estocolmo.
Notó que una brisa se colaba por una pequeña ventana, echando a perder su ambiente climatizado. Fue hasta ella y se impulsó sobre las puntas de sus pies para cerrarla, entonces escuchó un sonido a sus espaldas.
—Tu trasero no pasaría por ahí, así que ni lo intentes—Ella dio un respingo y se volvió completamente estupefacta.
¿Qué había dicho de su trasero?
— ¿Qué demonios haces aquí?
—Te echo un ojo—Vaya ¿Estaba lloviendo honestidad y no le habían avisado?
—Te puedes ir, pienso darme una ducha—Pedro observó la bañera y luego a ella.
—Al menos que el concepto de ducha haya cambiado últimamente, pienso que el tuyo necesita una redefinición.
—Oh bien, la vi y no pude resistirme. Demándame—Él sonrió. Fue rápido, involuntario y totalmente encantador.
—Tal vez lo haga—Y con eso echó los resquicios de esa cautivadora sonrisa al retrete.
—Bien, mientras analizas los pros y contras sobre esa decisión…—Avanzó para tomarlo de un brazo y empujarlo hacia la puerta—Yo voy a disfrutar de esa bañera. Si no te molesta, algunos de nosotros tenemos mejores cosas que hacer que andar de ogros por la casa.
—No te pongas demasiado cómoda—Ella se detuvo en seco.
— ¿Qué quieres decir?— ¿Qué podían significar esas enigmáticas palabras? ¿Había descubierto quien había vendido la foto? ¿Ya estaría exonerada? ¿Podría tomar su baño antes de que la corriera?
Las dudas quedaron flotando junto al vapor del agua caliente, Pedro terminó de llevarse a sí mismo hacia la salida y con un certero golpe de puerta, la dejó sola para que tomara su baño. Paula quiso salir para seguir increpándolo, pero en vez de eso se dio la vuelta, se quitó su vestido y se hundió en el agua con la temperatura justa.
Al carajo los hombres, ella tenía esa cosa masajeándole en partes que ningún hombre sabría apreciar. ¿Quién necesitaba a Pedro teniendo esa bañera?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)