sábado, 22 de noviembre de 2014

CAPITULO 8




Confusiones de una noche calurosa




—Acaban de confirmar la recepción del email—informó soltando un amplio suspiro de liberación.


Del otro lado de la sala, más precisamente desde la cocina, recibió una simple pero contundente mirada de desprecio.


Paula no hizo caso de él y se puso de pie, para salir de allí cuanto antes. Pedro jugaba con un botellín de cerveza a medio beber, pasándolo de una mano a la otra como si le fuese imposible mantenerse quieto. La siguió en cada paso que daba por el departamento, sin quitarle de encima aquellos odiosos, pero indiscutiblemente sexys, ojos azules.


— ¿Qué?— Le pregunto ya cansada de su actitud. Él se limitó a negar con la cabeza y dando un brinco, descendió de la isla para acercarse lentamente a ella.


— ¿Por qué vistes de ese modo?— Confundida por el súbito cambio de tema, Paula frunció el ceño sin confiarse por completo de ese hombre.


Al sentir sus ojos detallando su aspecto, fue demasiado consciente del fuego que irradiaba aquella mirada. Como si de alguna forma, pudiese ver a través de sus precarias prendas.


—Voy a una fiesta—respondió vacilante.


— ¿A una fiesta de dos?— Ella enarco una ceja, no muy segura de comprender la pregunta.


—No, una de disfraces—Pedro asintió suavemente, mientras una curiosa sonrisa surcaba sus labios. Fue entonces cuando sus neuronas se activaron y frente a la descarada suposición, no pudo más que enrojecer como una virgen insultada.


—Ya veo— decía él, en tanto que Paula comenzaba a transitar una nueva crisis nerviosa.


— ¿Qué ves? ¡Tú no ves nada!— Se dio la vuelta completamente cabreada—Degenerado, libidinoso—murmuro para sí huyendo hacia la puerta.


Al llegar al elevador, se sintió demasiado expuesta como para afrontar al mundo. Puso los ojos en blanco antes de alzar el mentón y meterse una vez más al departamento de la escoria, el apodo que había decidió colocarle luego de que él confesara que pensaba en ella como en una viuda negra. No podía haber sido más despistada, se había dejado la capa en la mesa del computador.


Y precisamente en ese instante Pedro, encontraba dicha locación perfecta para reposar su cadera, atrapando convenientemente su capa en el proceso.


—Eso fue rápido—comentó él socarronamente, observándola ir en su dirección.


—Te puedes…—Pidió rodeándolo sutilmente, pero al parecer él tomo su avance como un posible ataque, pues rápidamente le cogió la mano al vuelo— ¡Bruto!—exclamo Paula soltándose de su fuerte amarre.


— ¿Qué quieres ahora?


—Mi capa.


— ¿Para qué? ¿Sin ella descubrirán tu identidad secreta? —Paula lo fulmino con la mirada, antes de intentar una vez más flanquear su ofensiva.


—Solo muévete.


—No me apetece— Ella bufó, claramente él solo quería irritarla.


—Eres tan maduro Pedro—Él sonrió como si aquello hubiese sido un cumplido para su mente desquiciada—Muévete.


— ¿O qué? ¿Vas a morderme otra vez?


— ¡Muévete!— Exclamó perdiendo la calma por completo.


No estaba dispuesta a salir fuera vistiendo de ese modo, al menos la capa le proporcionaba algo de discreción pero sin ella, alguien la levantaría de la calle pensando cualquier burrada.


— ¿Quién organiza la fiesta?


— ¿Y a ti qué te importa?— Le respondió colérica, sin reparar en el timbre sosegado de su interlocutor.


—Simple curiosidad—repuso Pedro, dejando pasar su infantil reacción—No pareces la clase de persona que se la vive en fiestas.


Ella tan solo lo observo con incredulidad por largo rato.


— ¿Y es que acaso existe un método de reconocimiento? ¿Guardas entre tus ropas un detector de fiesteros?—Él sonrió al ver que una vez más había logrado exasperarla.


—Guardo algunas cosas, pero no es precisamente—Con un ademan comenzó a arremangarse la camisa y antes de que Paula pudiese volver el rostro, la imagen de un abdomen marcado por el ejercicio invadió su sentido más inmediato. 


¡Madre mía! Parecía una escultura de Botticelli, aunque…tal vez Botticelli solo era pintor. Bien, pero de haber podido inmortalizar el cuerpo de este hombre en piedra, sin duda se habría hecho escultor para el cometido.


La injusticia de la vida una vez más sacaba a relucir su horrible rostro. No solo guapo, inteligente y locuaz ¿Si no que también cuerpo de guerrero romano?


— ¿Tienes qué ser siempre tan despreciable?—Lo increpo cubriéndose los ojos con las manos. Aunque a decir verdad, no pudo evitar del todo que algunos dedos se separaran por unos centímetros aquí y allá.


— ¿Qué? ¿Tú puedes enseñarme tu trasero y yo no puedo levantarme la camisa?—Paula brinco en su lugar, frente a esa acusación.


— ¡Yo no te enseño el trasero!


—Sé que te dije que era flácido la otra vez, pero no tenías que armar todo este circo para quitarme de mi error—Camino unos pasos hasta que no hubo mucho margen entre sus cuerpos—Admito que me equivoque, tu trasero no es flácido—Se inclinó ligeramente de lado, como si con ese gesto pudiese verla de atrás, aunque claro estando de frente eso era imposible ¿verdad? —En realidad…


— ¿Qué?—pregunto dudosa de querer saber lo que pensaba realmente.


¿Qué podría decir de su trasero? ¿Qué era bonito? ¿Qué no estaba escuálido? ¿Qué finalmente todo el ejercicio al que lo había sometido rindió sus frutos?


Atrapada en su propia inquisición mental, no fue consciente del momento en que Pedro avanzo un nuevo paso, escrutándola desde su prominente altura como si tan solo observara a una hormiga. Paula alzo la mirada y se encontró con esos ojos, ¡Dios que ojos! « ¡Basta Paula!»


—En realidad no puedo hacer un juicio completo, hasta no…—Y sin siquiera tener la decencia de acabar su frase, le poso una mano completamente abierta en el trasero.


Ella respingo, pero estúpida, estúpida, estúpida, no se movió de su lugar. Pedro la apretó ligeramente con sus esbeltos y largos dedos, y ella casi se hace agua en ese mismísimo instante. La calidez de su mano, traspasaba por completo la fina tela de su faldita y parte de ella pensaba, que debían deshacerse de esa barrera inútil. ¿Cómo se sentiría la piel de él contra la de ella? « ¡Ya! ¡Paula, contrólate!» Es cierto ¿Qué estaba haciendo? Ella detestaba a ese hombre, no podía permitirle ese garrafal atrevimiento.



Paula tomo una bocanada de aire y proyectando todos sus pensamientos en un sentido más claro, le dio un fuerte empujón con el que pretendía liberarse de su amarre. Pero Pedro era doblemente más fuerte que ella. La tomo por la cintura y la atrajo una vez más, colocando sus labios a escasos milímetros de los suyos propios.


—No me dejaste terminar—Acusó él, denotando un tono de ofensa en su timbre.


—Suéltame Pedro—susurro con nada de convicción. 


Mientras en un intento de poner distancia, plantaba sus manos inertes sobre el escultural pecho de la escoria.


— ¿Por qué?


— ¿Por qué?—repitió sin siquiera saber la respuesta.


Quizás porque le aterraba sobremanera tenerlo tan cerca, quizás porque si él se acercaba solo un milímetro más ella terminaría cometiendo una locura. Quizás porque si pasaba otro segundo, él ya no podría decidir nada y ella lo jalaría a la alfombra para hacerle lo que le venga en gana.


Sí, estaba dejando volar su imaginación y hasta parecía una mujer desesperada, pero diablos, no era de madera. Por ahí había oído decir que la carne es débil y la de ella es carne de segunda, no podían ponerla en estas situaciones y esperar cordura por su parte.


— ¿Con quién iras a la fiesta?—Paula ni siquiera sabía que rayos le preguntaba. Sacudió la cabeza incapaz de abrir la boca, los ligeros roces de la respiración de Pedro no la dejaban pensar claramente— ¿Con tu novio?—inquirió murmurando cada palabra. Al igual que lo hacen en las líneas hot, no que ella hubiese llamado alguna vez, solo había oído el rumor.


—Nop…—respondió más bien ahogada.


Pedro sonrió casi fugazmente y en ese instante. ¡Oh Dios! Iba a pasar, él iba a besarla. Se inclinó y aquellos milímetros prontamente se diluyeron en el tiempo, Paula aguanto la respiración mientras alguna parte racional de su cerebro, le pedía a gritos que acabara con el absurdo. Pero ella se justificaba pensando que una probadita, no le caería mal a nadie.


—Oops! ... I did it again. I played with your heart…—Ambos pegaron un estruendoso brinco al oír el llamado de Britney.


— ¿Qué es eso?—inquirió Pedro alejándose de ella con premeditada indiferencia. Paula rebusco entre sus pechos, pues no tenía otro lugar en donde ponerlo, y extrajo su escandaloso celular del interior.


—Es mi amiga—informo, aunque sabía que a él eso le daba lo mismo.


Paula le dio la espalda, para responder el llamado mientras lo oía alejarse a paso sopesado hacia la cocina.


— ¿Diga?


— ¡Paula! ¿Dónde estás? ¡Esto está que revienta! Ya te tengo apartado dos chulos, que quieren ser mordidos esta noche—Y ella que ya había estado repartiendo mordidas, al parecer la velada se iba de buena a estupenda.


—Ya voy en camino—Le respondió a Flor, en tanto que recogía su capa algo arrugada por el cuerpo que la había presionado minutos antes. A la capa, no a ella.


—Bien no te demores y ten cuidado—Paula asintió en respuesta, a pesar que la otra no podía verla.


—Sí no te preocupes, me tomare un taxi—Hubo una pequeña pausa, cuando su amiga pareció sentir la nota abrumada en su timbre.


— ¿Qué ocurre linda? ¿Estás bien?


—Si—dijo parodiando una risilla.


Pero no estaba nada bien, aun se sentida agitada y no podía refrenar aquella necesidad que nacía de su pecho, instándola a volverse sobre su hombro y buscar la mirada azul de un hombre en particular. ¿Estaría decepcionado como ella? ¿Habría seguido adelante? ¿Se habría echado para atrás? ¿Por qué ella no podía quitarse la sensación de sus manos aferrándose a su cintura?


—No te oyes bien.


—No pasa nada, luego hablamos…—Finalmente la necesidad término ganando la partida y Paula se volvió ligeramente, para encontrarlo a él observando ausentemente por la ventana—En verdad no pasa nada—Reafirmo con un deje de frustración.


¿En que había estado pensando? ¿Ella y Pedro? ¡Si ya! Justo después de tomar el té con los enanos de Blanca Nieves y jugar escondidillas con Caperucita roja.


—Bien pequeña, digamos que por ahora te creo—Y tras decir aquello Flor colgó.







Paula suspiro y Pedro observo como se ponía la capa a través del reflejo de la ventana. Ella lo miro una sola vez, antes de pegarse la vuelta y retirarse en completo silencio. 


Pedro no movió un musculo, en algún momento toda la broma de ponerla nerviosa se le había ido ligeramente de las manos. Tan solo le había divertido la idea de jugar un tanto con ella, pero por un segundo realmente casi y comete una estupidez. Esta debía de ser razón suficiente para alejarse por completo de aquella mujercita. A pesar que se viera como se viera esa noche, a pesar que iría a meterse en una fiesta llena de hombres que podrían apreciarla en ese diminuto atuendo. ¿A él qué le importaba? O para el caso ¿Por qué lo fastidiaba tanto?


No supo encontrar respuesta a esas preguntas, como tampoco supo responder el porqué de que en ese instante se encontraba corriendo escaleras abajo, para detenerla de alguna forma. Y allí estaba ella, estirando la mano a la calle para detener un taxi. En ese momento un carro sin pasajeros finalmente decidió hacerle caso y Paula brinco al interior, sin notar que él estaba detrás de ella.


— ¿Qué?—inquirió la muchacha al ver que Pedro la empujaba un poco para entrar— ¿Qué demonios Pedro?


—No quiero esperar otro taxi—Le respondió sin siquiera girarse a verla.


Paula sacudió la cabeza, incapaz de seguir el razonamiento de aquel individuo.


— ¿Y a dónde vas?—Le pregunto, resignada al hecho de que deberían compartir el transporte.


—No sé ¿Tú dónde vas?


—Que infantil eres, voy a una fiesta—dijo cruzándose de brazos, para luego volverse completamente hacia la ventana y otorgarle una panorámica de su espalda.


—Entonces yo también—En ese instante el cuerpo de Paula se tensó al punto de casi partirse en dos, lo miro con los ojos a un estímulo de escaparse de sus orbitas.


— ¿Cómo… qué…?—Balbuceo incoherente, él se limitó a sonreírle de lado.


—Estoy aburrido ¿No te molesta verdad? —Ella abrió la boca pero ningún sonido escapo de sus labios, estaba paralizada.


¿Llegar con él a la fiesta de Cata? ¿Cómo iba a esconderlo de las predadoras del Club de lectura? ¡No! Esa no era la pregunta adecuada, ella no debía ponerse posesiva con Pedro. Ellos no eran nada, solo enemigos. Tenía que recordar eso, tenía que hacer que sus hormonas dejaran de entrometerse con su racionalidad. Lo mejor era descubrir que Pedro era un hombre totalmente fuera de su liga, entonces su mente dejaría de jugarle esas malas pasadas.


—No, para nada…—espeto clavando una vez más la vista en el paisaje nocturno.





No iba a importarle, no iba a pensar en él. Ella solo estaba siendo amable, al permitirle acompañarla a una fiesta. Es más esto podría considerase un método maduro e inteligente, para de una vez detenerse en sus continuos ataques de niños y trabajar como adultos realmente. Julieta estaría tan orgullosa de ella, finalmente Paula estaba plantando la bandera blanca. Podían pasar una velada entretenida, pactarían un acuerdo y trabajarían como los escritores serios que eran. Ambos lograrían poner felices a sus lectores y eso sería todo, no más Pedro, no más Alfonso, no más sentimientos tan contradictorios en su mente.


Sí, ella podría hacer eso. Por supuesto, después de ahogar sus frustraciones en una, dos o seis cervezas.

CAPITULO 7




Discordia.



La noche estaba tan calurosa como todas las anteriores, por lo que Pedro había optado por admirar su belleza desde la terraza de su estudio. No le apetecía regresar a su casa, no aun al menos. Con el amparo de la enorme luna y las destellantes estrellas, no sentía ninguna urgencia por abandonar dicho entorno. Parecía como si las fuerzas cósmicas del universo, hubiesen decidido colocar todo en un perfecto orden. ¡Era un hombre libre!


Observo su reloj de pulsera, para confirmar aquel pensamiento. Sólo cinco minutos lo apartaban de su cometido, sólo cinco minutos que harían de Paula Chaves la mujer menos fiable en la historia de la literatura.


Sí, Pedro incluso podía paladear el instante en que toda aquella pantomima se viniera abajo. Era vigorizante, ya no tendría que fingir cordialidad o asistir a esas engorrosas reuniones con la viuda negra. La victoria sabia dulce y por extraño que sonase, endemoniadamente adictiva.


Podría atribuir ese triunfo, a una disposición cósmica del universo, pero Dios y él sabían, que nada tenía que ver el universo en todo el asunto. Si en ese instante estaba tan complacido, ello se debía pura y exclusivamente a su propio esfuerzo. Pero él se permitía cierta humildad y por decoro, le sedería todo el crédito a un extraña, pero afortunada sucesión de eventos azarosos. Quizás había manipulado algunas palancas, pero él no se lo diría a nadie y todo quedaría como la simple disposición del curioso destino.
Estupendamente curioso, cuando el buen y fiable destino decide realmente ponerse a trabajar ¿verdad?


« ¡Tock! ¡Tock! ¡Tock!» Los estridentes golpes, lo sacaron abruptamente de su letargo. ¿Quién podría ser a esas horas?


Se puso de pie tranquilamente y reposo el botellín de cerveza vacío en el suelo. Un raro instinto de auto conservación lo amonesto, reclamándole no atender ese insistente llamado. Pero era tarde para analizar sus opciones, Pedro había abierto la puerta y en ese instante, el más puro de los desconciertos lo golpeo de lleno.


Había una mujer allí, pero no cualquier mujer, sino una que vestía de la manera más inusual que él hubiese tenido el gusto de admirar. Era una mezcla de prostituta costosa y mística criatura de la noche. Y… ¡Demonios! Por un perturbador minuto, no pudo más que verla boquiabierto.


¿Sería posible que el destino estuviese jugando una vez más a su favor?


—Apártate Alfonso, necesito ver tu computador—Adiós a la fantasía milenaria, Pedro reconocía demasiado bien esa voz. Pero ¿Qué rayos le había sucedido? ¿Y qué demonios pasaba por su mente, cuando la creyó una respuesta divina?


— ¿Qué cosa?—inquirió recuperando el don del habla y reposando lánguidamente su esbelto cuerpo, en el marco de la puerta.


—Que necesito ver tu computador—repitió ella, claramente alterada por su actitud desinteresada.


Pedro se cruzó de brazos y echo un vistazo más profundo al atuendo de la muchacha, por fin pudo determinar lo que era. Un vampiro, pero uno de esos al que cualquier hombre le cedería el cuello gustoso. Paula tenía los ojos puestos en el piso, pero al notar que él se demoraba en responder alzo la cabeza y Pedro casi sufre un colapso mental. Ella no le gustaba, pero cualquier idiota que no se detuviera a admirarla en ese momento, estaría ciego o efectivamente idiota.


— ¿Y bien?— Le insistió, curvando los labios resaltados por ese carmín rojo sangre. La vista de Pedro fue hasta ese punto y por primera vez noto, lo rellenos y acogedores que se veían, tan dispuesto para un beso como nunca antes.


—Me temo que no te comprendo—murmuró por lo bajo. 


Pues a decir verdad ni siquiera la estaba escuchando.


—Estoy retrasada ¿Puedes hacerte a un lado?


Él se encogió de hombros y dio un paso al costado, liberando un minúsculo espacio entre el marco de la puerta y su cuerpo. Paula se apretó deliberadamente contra la madera, para no rozarlo, aun así él pudo captar la suave fragancia que expedía el cabello de la muchacha. La observo contoneándose por su estudio con esa diminuta falda, que no dejaba nada a la imaginación. Era una pena que la estúpida capa le cubriera el trasero, pues habría dado lo que sea por confirmar su antigua suposición de que fuese flácido.


—Exactamente ¿Qué buscas?—Le preguntó, en tanto que se dirigía a la precaria cocina del lugar.


En realidad solo era una mesada larga que dividía las partes del apartamento, con una pared intermedia. No había habitaciones en ese lugar, por lo que se trataba de un enorme salón en donde estaban su computador, una máquina para correr, algunas pesas diseminadas sin un orden y por supuesto que tres sofás, para llevar a cabo distintas reuniones. El estudio era su lugar de trabajo, allí encontraba todo lo necesario para inspirarse a escribir. Y en ese instante, su peor pesadilla estaba revisándolo todo con completa atención.


—…porque dice que no llegaron. Pero yo los envié…—Decía ella, en tanto que le echaba mano a sus documentos descargados.


Pedro reacciono un poco lento, pues estaba en medio de una nube de confusión. Ella se había presentado allí, para hablar sobre la historia que debían escribir. Pero vestida de ese modo, casi y lo hizo olvidar que Paula, no debía ni acercarse a sus escritos.


— ¡Wou! ¡Aguarda un momento!—La tomó por la cintura, alzándola con un brazo para apartarla de su teclado. Paula soltó un chillido de sorpresa, pero él no hizo caso y se interpuso entre ella y su computador.


— ¿¡Qué demonios ocurre contigo!? Necesito ver…—Pedro negó efusivamente, mientras ella lo tironeaba de los brazos para apartarlo—Te comportas como un niño… ¡Quítate Pedro!


—No—espetó taciturno, luchando con la poca fuerza que ejercía su interlocutora. Paula lo soltó abruptamente, para mirarlo con los ojos en rendijas.


— ¿Acaso siquiera lo descargaste? —No aguardó respuesta, pues repentinamente encontró la chispa que encendía su genio— ¡No puedo creerlo! Eres…eres despreciable…simplemente insoportable…yo…


— ¡A mí no me llego nada tuyo! ¡Así que limítate en tus groserías niña!—Exclamo por encima de su gorgoteo de mujer traicionada. Ella lo fulmino con la mirada, pero educadamente cerro la boca como si estuviese analizando sus palabras.


— ¿De qué estas hablando? Yo envié todo el martes, tal y como tú lo pediste.


—Pues nada llego.


— ¡Mentira!—prorrumpió Paula, sin siquiera oírlo. Pedro procuro parecer desconcertado y completamente inocente, al respecto de los emails.


—Si en todos estos años, no aprendiste a utilizar tu correo…eso no es mi culpa, incumpliste con el plazo que te di por consiguiente tú y yo no tenemos nada de qué hablar.


— ¡Sí, ya quisieras!—Lo empujó a un lado, tomándolo por sorpresa y rápidamente se coló en la casilla de correos. 


Como él había dicho no había ninguno con su remitente y por un segundo Paula pareció aturdida. Lo miro por sobre el hombro, pero Pedro se limitó a mostrar las palmas en modo de sumisión—Esto es imposible ¡Yo los envié!—gritaba conforme buscaba en todas las bandejas de su correo— ¡Los envié!


—Pues no llegaron—Volvió a repetir, ya como si esto se tratara de un mantra. Ella siguió gimoteando y cuando Pedro logro vislumbrar lo que hacía, se alarmo— ¿Qué estás haciendo?


—El mail que les envié, quedo guardado en mi bandeja de enviados…solo tengo que descargarlo a tu computador y listo—Se volvió el tiempo suficiente para sonreírle con tranquilidad. Él abrió los ojos como platos, no podía permitir eso.


—No, no, no, no… ¡Tú llegaste tarde! Ese email, debió llegar el martes…no podemos enviarlo, yo no lo corregí.


—Pues que pena—respondió ella sin ningún ápice de pesar—Deberás confiar en mi criterio.


— ¡Y un cuerno!—exclamó cabreado, al ver como su estupendo plan amenazaba con desmoronarse frente a sus ojos.


Con movimientos propios de un cazador hambriento, aparto a Paula del computador y antes de que ella pudiese reaccionar, desconecto el mouse para robarlo de las manos de la joven.


— ¿¡Que te pasa!?—grito ella al verse despojada de su única arma, para terminar aquel dichoso trabajo. Paula miro el teclado y luego las manos de Pedro, que sostenían el mouse en lo alto— ¡Devuélvelo!


— ¡No!—La muchacha presiono aquellos profundos ojos chocolates, como si con ellos pudiese atravesarlo de lado a lado.


—Te metiste con la chica equivocada—Advirtió conforme se separaba de la mesa en la que descansaba el computador y comenzaba a acecharlo tal como haría, una típica ave de rapiña—Regrésamelo…—apunto extendiendo una mano casi con docilidad. Pedro sonrió de medio lado y dio un paso atrás, para enseñarle el mouse en toda su gloria.


—Si lo quieres…—Pero no pudo terminar su frase, cuando Paula brinco de su posición para colisionar de frente con el fuerte cuerpo de Pedro. Él soltó una carcajada, mientras la muchacha se colgaba de su brazo intentando inútilmente alcanzar su mano.


— ¡Tengo seis hermanos menores, realmente escogiste mal a tu contrincante! —Y mientras decía aquello, pegó un nuevo brinco enlazando sus piernas alrededor de la cintura de Pedro. Él se volteó a tiempo para no dejar a su merced el pequeño objeto de disputa y Paula se trepo a su espalda, como un bebé coala a su primer árbol.


— ¡Suéltame!—decía él llevándola de un lado a otro por el apartamento. Ella le clavo las uñas en los hombros y trepo un poco más, casi rozando su mano extendida al aire— ¡Paula!


— ¡Dámelo!


— ¡No!


— ¡Dámelo! ¡Voy a enviar ese email!


— ¡Sobre mi cadáver!


— ¡Perfecto!—Acepto ella, sosteniéndose aun con mayor ahínco.


Y al ver que Pedro no cedía, Paula opto por implementar acciones más extremas. Noto su blancuzco y largo cuello, extendiéndose en toda su longitud bajo una de sus manos y sin esperar orden, se inclinó para morderlo en ese punto exacto. Pedro soltó una maldición, llevando una de sus manos hacia su espalda para jalarla en un vano intento de quitársela de encima. Por un instante todo fue silencio.


— ¡Me mordiste!—La acuso repentinamente y ella se apartó cuando él giro el rostro en su dirección.Pedro parecía verdaderamente confundido por aquello.


—Soy un vampiro—respondió con inocencia, para luego regalarle una sutil sonrisilla.


— ¡Bájate!—Le advirtió él, pero ella dirigió toda su atención al mouse.


—Dámelo—Pedro le mantuvo la mirada por un largo segundo y entonces una varonil y muy provocativa sonrisa, salió a relucir en su arrogante rostro.


—Nunca.


Con esa simple palabra, todo pareció cobrar vida una vez más. Él siguió luchando por quitarse a Paula de encima, mientras ella se mantenía fuertemente aferrada a su espalda.


—¡¡Ahhh!!— El grito de sufrimiento de la muchacha, hizo que todo el juego se detuviera una vez más. Pedro observo como ella descruzaba lentamente las piernas y tanteaba el piso con rostro de dolor.


— ¿Qué ocurre?—pregunto alarmado por el súbito cambio en el semblante de la chica.


—Yo… ¡ahh!...creo que…—Volvió a soltar un gemido de dolor y él rápidamente la tomo por la cintura para prestarle su cuerpo de apoyo.


— ¿Qué te duele?


—Creo que me desgarre—Le comunico con el rostro contraído en un lastimero puchero. Él le miro las piernas, como si con ese simple acto pudiese confirmar sus palabras.


—Ven, recuéstate en el sofá…—Ella intento seguir su orden, pero al primer paso casi se desmorona en el piso. Pedro la levanto nuevamente, pero en esa ocasión cruzo uno de sus brazos por debajo de sus piernas para alzarla en vilo. La deposito en el sofá, viendo como la chica presionaba los ojos para no romper en llanto—Tal vez podemos ponerle algo de hielo…quizás no sea un desgarro…


—Me duele mucho…—Le dijo en un suave pero caluroso susurro.


Pedro prácticamente se le echa encima para abrazarla, por un mísero segundo solo quiso reconfortarla. Se veía tan pequeña y desdichada, que se sintió culpable por haberle robado el mouse y haber iniciado toda esa estúpida guerra.


—Voy por el hielo…—Fue lo único que pudo argumentar, mientras se ponía de pie para cumplir dicho plan. Y entonces todo paso como en cámara lenta, Pedro se volteó en dirección de la cocina, al mismo tiempo que Paula se incorporaba de un brinco y le arrebataba el mouse que en su momento de preocupación, había dejado desprotegido.


Él la vio correr con completa libertad hasta el computador, sin la menor molestia por su “supuesto” desgarro. La vio conectar el mouse a velocidad de la luz y siguió viéndola, mientras se volteaba para obsequiarle una enorme sonrisa de victoria.


¡No podía ser cierto! Él la había cargado en brazos, se había preocupado por ella. Esa condenada arpía, era mucho más lista de lo que se había esperado. En ese instante lo había atrapado por completo y el condenado email de la discordia, era efectivamente enviado a los editores. No supo cómo se contuvo de saltarle al cuello y sacudirla sin piedad. Pues en ese momento su rabia, estaba alcanzando proporciones catastróficas.



Paula 1—Pedro 0.

viernes, 21 de noviembre de 2014

CAPITULO 6




Fer y sus compañeros, se retiraron una vez que ella les agradeció inmensamente la ayuda. Sabía que Pedro estaba en punto de ebullición, pero todo había valido la pena, no se borraría jamás de su mente la expresión que él llevaba al ingresar en el departamento. Paula tuvo que contenerse para no romper en una carcajada, pero bien… él se lo había buscado. Quiso jugar con fuego cuando claramente, no estaba listo para soportar la llama, de nada podían culparla.


—Bien, ahora que ustedes dos ya están bien…yo voy a seguir con mi trabajo—Ella se giró para ver como Javier juntaba su saco, para retirarse. Oh no, no podía quedarse sola con aquel hombre. No cuando lucia como un maniaco a punto de cometer un crimen.


—Pensándolo bien, creo que yo también voy a regresar a mi casa…


—No, tú no te vas—La silenció Pedro, levantándose del sofá en el que llevaba los últimos diez minutos sentado. Ella retrocedió por instinto y él le sonrió socarronamente, notando que había logrado ponerla nerviosa.


—Has tenido un día lleno de agitaciones, lo mejor es que descanses—Miro a Javier en busca de apoyo, éste algo confundido asintió.


—Sí Pedro, con todo esto de la policía y tu desaparición…


— ¡Yo no desaparecí, con un demonio!—Ambos se sobresaltaron por su repentino despertar de emociones. 


Javier fue el primero en reaccionar, afortunadamente, pensó Paula dejando ir un suspiro.


—Lo sé, lo siento…no me refería a eso. Simplemente que ya es tarde, ambos deberían regresar a sus casas y mañana comenzar todo de nuevo. Como si este incidente jamás hubiese ocurrido.


Ella le dirigió una esperanzadora mirada a Pedro, pero por supuesto él no estaba listo para dejarla ir.


—De acuerdo Javier, tienes razón—Sorprendida por su súbito cambio, no pudo más que observarlo anonadada. Él la miro de reojo y ella supo leer en sus ojos azules, que no estaba dejando para nada el combate. Paula se estremeció.


—Bien muchacho—Javier le palmeo el hombro amigablemente— Compórtate.


La saludo con un leve movimiento de su cabeza y entonces se fue. Paula no logro decirle a sus pies que iniciaran la carrera y estúpidamente, permaneció un segundo demás en su sitio.


—Sabes todo esta cuestión de las desapariciones, me dio algunas ideas—Con un respingo se volteó, para ver al hombre de sus pesadillas demasiado cerca de su persona. Pedro sonrió sin un ápice de humor—Me pregunto…—Alzo una mano para tomar una mecha de su cabello y con innecesaria fuerza apartarla de sus ojos, Paula retrocedió frente a la amenaza que auguraba su mirar— ¿Cuánto tardaran en comenzar a buscarte?


— ¡Pedro!—Con un mano puso distancias entre ellos—Tú comenzaste…


—Oh no, mi querida…—Sacudió la cabeza y por un segundo ella se sintió siendo atravesada por su mirada de hielo—No tienes idea…cuando en realidad comience, lo notaras. Ten por seguro que lo notaras.


—Me estas amenazando.


— ¿Acaso te queda alguna duda? ¿No soy claro para ti?—Se inclinó reduciéndola completamente con su exuberante altura—Sí, te estoy amenazando. Por el bien de tu carrera, deja de fastidiarme…sal de mi camino. Nunca permitiré que una sanguijuela como tú, se cuelgue de mi éxito.


— ¿Quién demonios te crees?


—Cierra la boca…


—No me mandes a callar y ni piensen que quiero algo de ti. Jamás…—Paula intento sonar contundente—Jamás vas a oírme renunciar. Tú…—Le clavo un dedo en el pecho—Amigo…serás el que se baje de esta carrera.


—No te daré la satisfacción—Ella sonrió con sorna.


— ¿Esa es tu frase para las conquistas?—Pedro abrió los ojos con sorpresa, para luego presionarlos en finas líneas.


—Nunca lo sabrías, tú pequeña rata de biblioteca. Apuesto que esto, es lo más cerca que nunca estuviste de un hombre.


— ¡Vete al infierno!


—Gustoso, si allí no tengo que ver tu trasero flácido y tu cuerpo de niño de diez años—A Paula se le atoro el aire en los pulmones y antes de soltarte una bofetada a ese rostro de modelo, cogió su bolso para salir corriendo fuera del departamento como una estúpida colegiala.


Los ojos comenzaron a picarle y de un segundo a otro rompió en un patético llanto, al alcanzar el elevador parecía estar a punto de ahogarse con su propia humillación. Ella sabía que no era la más atractiva, sabía que su cuerpo era pequeño y no muy femenino. Había tenido que lidiar con esa clase de acosos desde la escuela secundaria, cuando todas sus compañeras comenzaron a desarrollarse a paso vertiginoso. Mientras ella se mantenía casi igual, con sus diminutos pechos copa B y su trasero esquelético. Al menos así la había descripto su primer y único novio, antes de romper con ella. Había sido una estúpida en buscar provocar a ese idiota, por supuesto que Pedro tenía armas mucho más fuertes con las cuales atacarla. Nunca debió abrir la boca, nunca debió forzarse a romper la imagen perfecta que tenia de él. Pero ya todo estaba echado a perder y aunque quisiera negarlo, sabía que no iba a retractarse.


Podía ser pequeña, fea, común o como él dijo “una rata de biblioteca” pero tenía orgullo. Eso le sobraba y no se iba a dar por vencida, si Pedro pensaba que atacando su autoestima iba a lograr bajarla de la carrera. Pues Paula le iba a demostrar su error, se necesitaba más que una cara bonita para intimidarla. Después de todo llevaba su vida enfrentando a idiotas como él, que Pedro fuese un escritor exitoso no cambiaba nada. Seguía siendo un idiota y uno que merecía un castigo.






Lunes.


Paula tenía su espumoso y humeante café entre sus finos dedos, mientras distraídamente respondía un correo electrónico, que venía retrasando desde hacía una semana. 


Su hermana menor rara vez le enviaba algo, por eso había sido toda una sorpresa encontrarse con un sobrecito anunciando su pronta visita. La razón de seguir retrasando la respuesta se debía, simple y llanamente a su madre. No se imaginaba porque razón Lily, su hermana, quería visitarla. Después de todo, su relación no era la más perfecta y sabía que esa decisión solo pondría de los pelos a su madre. Decisiones, decisiones.


Paseo con la punta del cursor, por la palabra eliminar. 


Siempre podía decirle que no había recibido nada. O evadir la respuesta, aludiendo estar demasiado atareada. Aunque su trabajo no podría estar más tranquilo en esas fechas.


Afortunadamente el estruendoso sonido de su teléfono, la ayudo a escapar de esa complicada decisión.


—Hola—dijo automáticamente, casi enviándole un agradecimiento mudo a la persona que la llamaba.


—El sábado en la noche, tenemos fecha límite—Por supuesto solo un ser humano involucionado como “él”, sería tan obtuso como para siquiera intentar iniciar la conversación con la más elemental cortesía—Envíame tú parte, le hare los arreglos necesarios…—Una pequeña pausa, como si estuviese revisando algo—Tienes dos días, así me darás tiempo de enviarte mi parte y las correcciones.
Paula se guardó un bufido, decía todo aquello como si fuese improbable que él fuese a cometer algún error digno de que ella lo corrigiese.


— ¿Y cuándo te envío mis correcciones de tú escrito?—Claro que lo menciono, ella no le daría el gusto de que pensara que lo creía perfecto. Pedro se quedó en un momentáneo silencio.


—El viernes—Fue todo lo que dijo antes de colgar. Paula sonrió, al menos no habían discutido en esa corta conversación.


Regreso hasta su computador y rápidamente, cerró la ventanita de su correo electrónico. No podía responder en ese momento, pues el trabajo la llamaba. Era tiempo de escribir y tan solo tenía dos días. Aunque ella ya tenía bastante avanzado su parte, no desperdiciaría un segundo y utilizaría su plazo para revisar a fondo cada detalle. No permitiría que Pedro le encontrara fallas, sería perfecto y entonces le demostraría, que podía estar a su nivel.








Martes.


—Hola Pedro.


—Matias, necesito que hagas algo por mí—Del otro lado de la línea, el joven soltó un suave suspiro—No te pongas a rezongar, es algo que tal vez te divierta.


—Bien, dispara—dijo el otro más animado.


— ¿Aun tienes esa fijación por los computadores?


—Mierda amigo, si vivo de eso—respondió con un deje burlón. Pedro sonrió.


—Correcto… ¿Qué tan difícil se te haría bloquear una cuenta de correo electrónico?


—Pan comido.


—Pero con algunas condiciones—señalo cauteloso.


Su plan era bastante simple, haría que los emails suyos entraran en la casilla de Paula pero los de ella jamás salieran. Entonces él aduciría tiernamente, que ella nunca le había enviado su parte del escrito y que tampoco había tenido la delicadeza de darle el visto bueno al suyo propio. 


Tanto Javier como Julieta, recibían los emails de ambos, para poder vigilar su progreso. Los de Pedro por supuesto que viajarían sin ningún problema, pero los de Paula jamás llegarían a destino. Resultado, la chica quedaba como una completa irresponsable sin ningún interés por el trabajo que ambos debían hacer. Y Javier ya no lo obligaría a desperdiciar su tiempo, con ese espécimen de mujer.


 ¡Perfecto!


— ¿Qué?—insto su antiguo amigo hacker. Desde que estaban en la escuela, Matias había mostrado un claro interés a infringir los controles tecnológicos, desde registros escolares hasta cajeros automáticos. No para robarlos, sino para demostrar que con su cerebro podía burlar al sistema. En esos momentos ya no se dedicaba a cosas ilícitas, pero de tanto en tanto siempre podía tentárselo con algún trabajo sencillo.


—Necesito que los emails que salgan de esta casilla, solo me lleguen a mí y los que entran desvíalos a cualquier parte, pero que los míos le lleguen ¿Comprendes?—No sabía si eso podía hacerse, pero si la oportunidad existía, sabía que Matias la conocería.


—Un camino de una vía, es una sencillez—prorrumpió su amigo, con voz arrogante. Siempre que se hablaba de computadores, el hombre resultaba ser un erudito— ¿A quién bloqueamos? ¿Una fanática? ¿Una acosadora? ¿Un esposo sobre protector?—Pedro rió con esa última suposición.


—No, nada de eso. Solo es una simple broma—Que con suerte le quitaría de encima a una pequeña alimaña llamada Paula.


— ¿Nombre?


—Paula Chaves.







Viernes.


A Paula no le sorprendió en lo más mínimo encontrar un email de Pedro, a primera hora de ese día. Al menos podía decirse que en lo que refería a compromisos, era confiable. 


No llegaba puntual, pero si cumplía con lo que decía.


Lo malo era que había leído ese maldito email, alrededor de cuatro veces y aun…no encontraba nada que corregirle. 


¿Tenía que ser tan perfecto en todo? La redacción estaba inmaculada, la descripción exquisita (como siempre), los diálogos graciosos pero sin llegar a ser sosos. Incluso había hecho un vistazo rápido desde el punto de vista de Charlotte y esto, había sido inigualable. Jamás había leído a su propio personaje, expresado a través de las palabras de nadie más que ella. Y por extraño que fuese, sintió en todo momento que ella misma era la que escribía. Pedro había logrado capturar su estilo al escribir, pero dándole ese toque académico y sofisticado que poseían sus escritos.


—Maldito bastardo—susurro, sacudiendo la cabeza con hipocresía. No podía negar que estaba un tanto celosa de su talento, tan natural.


Como Pedro, no estaba registrado como escritor bajo su nombre real. Era difícil encontrar información que fuese autentica, algunas fanáticas escribían tonterías que querían hacer sonar como reseñas bibliográficas. Pero la historia de vida de él era un completo misterio. Por lo que Paula, no tenía idea si tenía preparación académica, si habría estudiado en una gran Universidad o si su talento era algo innato. Nada, ella no sabía nada de él.


Se rindió tras pasar dos horas, releyendo las diez páginas que le había enviado. Simplemente tuvo que morderse la lengua y aceptar que en esa ocasión, no podría remarcarle errores. Lo bueno, al menos, fue que Pedro al parecer no tenía errores que remarcarle a ella tampoco. Pues no le había enviado sus “correcciones”, tan solo el email con su parte. Eso la había dejado mucho más tranquila, se había pasado mucho tiempo vigilando hasta la última coma. Y se contentó, sabiendo que su arduo trabajo no había sido en vano.




Sábado.



— ¿Paula?


Su puerta se abrió, sin darle tiempo a responder a la persona del otro lado. Fer ingreso a su departamento cargando algunas bolsas transparentes, las mismas que se utilizan para trasportar trajes o vestidos.


—Sí—dijo ausentemente, mientras se retiraba las gafas que utilizaba para escribir.


—Pues aquí tengo los disfraces, te digo que te encantara lo que escogí para ti—Fer hablaba tan rápido, que a ella normalmente le costaba seguir el hilo de sus peroratas.


— ¿Para mí?


—Para la fiesta de Cata, ya sabes la que nos dijo que estaba preparando— Asintió recordando la reunión del club de lectoras, donde ella había sido invitada de honor el mes anterior. A pesar de llevar los últimos tres años, siendo parte del grupo.


Cata, una de las mujeres que asistía. Les había comentado de la fiesta de disfraces que organizaría para su cumpleaños o para su graduación de algo, o ¿Quién sabe para qué? Ella quería festejar y quería disfrazarse, la razón no importaba mucho, siempre y cuando se llevara a cabo.


—Oh… ¿Ya escogió fecha?—pregunto sin muchos ánimos.
No era muy proclive a las fiestas y mucho menos a los disfraces, bien sabia el mundo que llevar su cara ya era un gran mérito. ¿Adornarla con una máscara? ¿Para qué?


—Bromeas… ¡Ya mando las invitaciones! Por supuesto que nos confirme a las dos… ¿Qué no viste el correo?


—No ¿Cuándo lo envió?—Pensó que quizás las había enviado la noche anterior y por eso, ella aun no las había visto.


—Las mandó el martes—Paula frunció el ceño confundida.


—No, imposible.


— ¡Que sí!—exclamo Flor, sacando de su bolsillo un arrugado papel—Ves aquí…lo imprimí para ver si conocías la dirección.


Paula tomo la hoja entre sus manos y leyó vagamente las palabras en tinta dorada. Sacudió la cabeza y fue hasta su computador, para revisar la bandeja de entrada, la de salida y la de correo no deseado. Nada.


—Tal vez olvido incluirme—murmuro intentando no evidenciar su alivio, sin invitación no se vería en la ridícula tarea de disfrazarse.


— ¡Claro que sí! Ya te dije que yo confirme por las dos y ella dijo que estaba feliz de que fuéramos.


—De acuerdo—Accedió con un suspiro— ¿Cuándo?


—Esta noche tontita, así que…—Sacudió las bolsas que traía en sus manos—Escoge ¿Sexy enfermera o vampiresa? 


—Paula puso los ojos en blancos, ambos disfracen parecían ser ideales para trabajos poco honorables.


— ¿Y el de prostituta lo llevaras tú?—Le preguntó en broma, Flor la miró con los ojos en rendija pero terminó por sonreír. Después de todo había conseguido arrastrarla a aquel lamentable evento ¿no?




Estaba parada enfrente de su espejo colocando la última gota de sangre en su labio, por supuesto era una vampiresa. Pues el carmín rojo y las lentillas celestes casi blancas, le sentaban a la perfección a su rostro pálido.


No necesito colocarse ningún maquillaje, como no salía mucho al sol su tez era normalmente blancuzca y las sombras negras alrededor de sus ojos, incluso la hicieron lucir de mirada misteriosa.


Su traje consistía en un corsé negro de una tela brillosa que se pegaba a su cuerpo, parecía cuero pero no era tan caluroso y claro que era más liviano. Se cerraba con una cremallera al frente, que quedaba perfectamente oculta entre las líneas de la pieza. En la parte inferior lucía una falda hasta medio muslo, también negra y desgraciadamente más corta de lo que ella hubiese querido.


 Las botas negras parecían cubrir más piel que aquella minúscula falda, pues le abrazaban la pierna hasta culminar en sus rodillas. Cualquiera pensaría que estaba a punto de salir a montar. Su traje se veía completado por una capa negra que afortunadamente, la cubría casi hasta la mitad de su pierna. Tenía unos colmillos falsos, pero prefirió guardarlos para más tarde. Para cuando tuviera que alimentarse.


— ¿Qué tal?—insto mirando a Flor, quien estaba de la risa vestida de enfermera sexy. Sus atuendos eran bastante similares, pero su amiga llevaba una chaquetilla en vez de un corsé y por supuesto que una cofia. Demás está decir que ella vestía de blanco, pues habrase visto una enfermera de negro.


—Oh Paula, los hombres harán fila para que les hinques el diente.


—Tonta—murmuro sonrojándose con la idea—Vámonos de una vez—Pero fueron esas palabras, las que terminaron por despertar al teléfono de su letargo. Paula puso los ojos en blanco y descolgó el aparato cansinamente.


— ¿Diga?


—Paula… ¡Oh que bien que te encuentro en casa!—Julieta parecía estar más alterada que de costumbre, quizás su compañía telefónica había subido las tarifas. Después de todo, la mujer se la vivía colgada de esos aparatitos.


—Pues estoy de salida—dijo a modo de llevarla al asunto, sin tantos preámbulos.


—Mira cariño, Pedro me telefoneo hace una hora—Alguien debería quitarle los medios de comunicación a ese idiota también, al parecer la fastidiaba incluso a la distancia.


—Aja.


— ¿Cómo es eso de que no le enviaste su parte? Digo…entiendo que no me la hayas enviado a mí, por lo corrido que estamos con las fechas. Pero Paula, esto es importante, él debía enviar todo ya unido para que le dieran el primer vistazo los editores. Esto no habla bien de ti…


—Aguarda—musito sin poder hilvanar un pensamiento— ¿A qué te refieres con que no lo envié? Si yo le mande todo, el martes—Del otro lado Julieta, soltó un amplio suspiro. No supo saber si de exasperación o de alivio.


Pedro dice que nada le llegó, que estuvo esperando hasta este momento pensando que necesitabas más tiempo y…—Su agente continúo hablando, pero Paula ya no escuchaba. 


Su vista viajo de su computador, a la invitación que había dejado Flor reposando en la mesa y una vez más a su computador.


Ella había recibido el email de Pedro y cuando le envió el visto bueno, no obtuvo respuesta. Tampoco su hermana le había confirmado su visita y eso a ella le había extrañado, pero termino por creer que la muchacha ya no estaba interesada. Pero entonces pensó una vez más en la invitación de Cata que se suponía tendría que haberle llegado el martes, el mismo día que ella le envió a Pedro su escrito. Algo no estaba bien allí.


— ¿Hasta cuándo tengo plazo?—interrumpió, sin preocuparse en ser grosera.


—Pues Pedro planeaba enviar todo a las nueve de la noche, al menos eso era lo que había arreglado pero…—Paula miro su reloj fugazmente, eran las 8:35.


—No te preocupes, me asegurare de que tenga mi parte—espeto firmemente, antes de colgar.


— ¿De qué hablas?—inquirió Flor con las cejas enarcadas.
—Tengo algo que hacer, te alcanzo en la fiesta—Y sin decir más cogió las hojas que había impreso la noche anterior y salió a la carrera de su departamento. ¿Acaso Pedro tenía algo que ver en todo esto? Ella no podía asegurarlo, pero algo en su interior le dijo que no podía confiarse de aquel individuo. Después de todo aun le debía lo de la desaparición.