lunes, 1 de diciembre de 2014

CAPITULO 28




Realidad vs Ficción.


A las nueve en punto de la mañana golpearon su puerta para despertarla, no que fuese necesario tal cosa, ella llevaba despierta desde las cinco o quizás de antes. Había estado pensando y tal vez, también reprochándose un poco a sí misma. Cosa habitual en ella. No se arrepentía de la decisión que había tomado la noche anterior, buena…tal vez un poco sí. Pero a decir verdad no sabía que pensar al respecto. Últimamente todo lo referido a Pedro la confundía sobremanera, pero de algo estaba segura; las cosas no podían permanecer de ese modo. La idea de estar enfrentados en una guerra sin cuartel, le parecía estúpida algo completamente infantil. Ambos eran adultos (al menos en apariencia) y ella la noche anterior había actuado como una adolescente boba y hormonal. Una cuestión bastante tonta, teniendo en cuenta que él no le había propuesto dinamitar el Palacio de Buckingham y ella había huido como si eso efectivamente hubiese pasado. Pedro había sido honesto con respecto a lo que quería y a Paula no le molestaba eso en sí, le fastidiaba que cuando él se la acercaba ella perdía todo control racional sobre su persona.


 No pensaba como debía y actuaba atropelladamente, estúpidamente, uno llegaría a pensar que como alguien enamo…Bien, mejor ni transitar esos caminos. Era lo suficientemente perturbador que ese pensamiento hubiese tocado su mente, como para intentar analizarlo y eso la aterrorizaba, porque sabía que para él no era igual. Pero no por eso debía enfadarse, nadie tenía la culpa de que ambos vieran lo mismo de formas diferentes.



Le había tomado muchas horas de insomnio llegar a esa conclusión, y teniendo en sus manos la botella de Champagne que había pedido a servicio al cuarto, estaba más que decidida a terminar con ese absurdo. Se disculparía por su actitud de niña de preescolar y de alguna forma, esperaría hacer las paces con ese brindis que habían dejado en stand by la noche anterior.


Luego de una ducha rápida y un cambio de ropa relativamente decente, Paula tomó la botella y salió de su cuarto con paso seguro. La habitación de Pedro se encontraba al final del pasillo, a la distancia justa para que ella se replanteara su idea unas diez veces. Tal vez una persona normal solo lo pudiera hacer cinco, pero ella era un tanto obsesiva. Por eso cuando se encontró de pie frente al 38B, tenía alrededor de quince teorías distintas para pegarse la vuelta y olvidar toda esa puesta en escena. Pero no, ella había tomado una decisión, además que el Champagne le había costado sus buenas libras. No que renegara del gasto, pero aún tenía ese lema familiar tatuado en la mente, el mismo que la atacaba en la fila del supermercado “hay que exprimir cada centavo”


Sacudiendo la cabeza y antes de que algún pensamiento impuro volviera a importunarla, Paula llamó a la puerta. Él se demoró su tiempo para atenderla, tanto que ella comenzó a dar repetidos golpecitos en el piso alfombrado. No estaba impaciente ¿Cómo creen? Ese movimiento constante era una pose de yoga, solo que una no muy famosa.


— ¿Si?—Pedro la observó con gesto incierto al encontrársela del otro lado de la puerta, pareció por un instante confundido. Pero su desconcierto fue breve, Paula sonrió tenuemente obligando a su mirada a no apartarse de sus ojos. Una tarea complicada, teniendo en cuenta que su interlocutor no llevaba camisa y que de cintura para abajo, solo lo cubría un pantalón corto de deporte— ¿Paula?


—Hola—Saludó antes de darle la oportunidad de que la despache por idiota bipolar.


—Hola…—Pedro se volvió en un rápido parpadeo y luego se adelantó cubriendo el paso al interior del cuarto. A Paula no le llamo la atención su actitud recelosa, de alguna forma se lo había esperado.


—Sé que esto te parecerá extraño, pero veras estuve pensando y en verdad que ayer me porte muy mal contigo. Yo no quería…ya sabes…no era mi intención…—Las palabras comenzaron a enrollársele en la lengua de manera atropellada y un tanto vergonzosa, para una escritora que se valía de ellas para vivir. Debía decirlo de una vez o todo se le iría irremediablemente al carajo. Tomó una bocanada de aire y procuro calmar sus nervios… ¡Dios! ¿Cuántos años tenía? ¿Trece? —Pedro, lo que te quiero decir es que…


— ¿Pedro por qué tardas tanto?—La puerta se abrió por completo entonces, y unas manos con una excelente manicura de salón, envolvieron el pecho desnudo de él desde su parte trasera.


Paula fue ascendiendo lentamente con la vista por esos brazos, hasta que su mirada termino por colisionar con un rostro femenino, demasiado familiar para ella.


—Oh…—Julieta la miró, su sonrisa podía pasar por avergonzada pero Paula también pudo ver el triunfo que destellaba en sus ojos pardos—Hola Paula—Inicialmente no pudo hablar, su atención iba de Pedro hacia Julieta en cortos lapsos de un silencio asimilador. Se sentía incapaz de hilvanar sus pensamientos con la imagen que tenía frente a su rostro. Por un segundo hasta casi se echa a reír por la ironía del asunto, aunque nada allí invitaba a hacerlo.


—Julieta…—dijo en un susurro, procurando que su voz no se quebrara patéticamente.


—Paula…—Quizás Pedro continuo hablando, a ella no le importó. Lo único en que podía pensar en ese segundo, era en desaparecer de ese hotel y tratar lo humanamente posible de mantener el desayuno en su estómago.


—Yo…disculpen, no quería molestar—Se sorprendió a si misma diciendo.


Paula se volteó sin pensarlo dos veces, la botella en su mano había cobrado un peso descomunal. Pero no la dejó caer, no les daría el gusto de que la vieran afectada o superada por la situación. Aunque la fría sensación que recorría su espalda amenazara con tirar su fachada a pique, ella no sucumbiría a la necesidad de romper en llanto. No lloraría ¿Por qué lo haría? ¿Por qué él había pasado la noche con Julieta? ¿Por qué la había remplazado con una velocidad digna del Guinness? ¿O porque le había hecho caso muy a su pesar y se había buscado otra? No, no iba a llorar. Aunque doliera, aunque no supiera la razón de ese malestar en el pecho. No, por él. Ese puerco vil y traicionero, no lo valía.


— ¡Paula!—Nada, ella no oía nada más que el sonido de su sangre hirviendo por dentro.


Siguió avanzando por el pasillo con pies de plomo y pasos decididamente inciertos. Solo quería alejarse, sentía el corazón retumbando con violencia en su pecho y las lágrimas…«¡Oh malditas y desubicadas lágrimas!» No podía dejarlas rodar por sus mejillas, porque ella podía controlar su cuerpo, podía controlar sus emociones tan contradictorias. Incluso podía pretender que la frustración no la estaba tomando prisionera, podía, pero cuando su mano la detuvo por el brazo…ya no estuvo tan segura de querer hacerlo.


Si esto fuese un libro, esta sería la escena en que la protagonista huye sin un destino aparente y descubre al final del corredor las escaleras, las toma pensando que son su última salvación. Y llegando al piso intermedio, tropieza con sus propios pies y termina con la cabeza rota contra el piso. El protagonista a quien todos odian por haberla llevado a esa situación, hace todo en su poder para salvarla y estando en el hospital esperando noticias, descubre que esta perdidamente enamorado de ella. Le pide a Dios el milagro de que su amada despierte y por supuesto, esto ocurre. Se disculpa, le jura su vida y un poco más. Se casan y viven felices para siempre. ¡Mierda! ¿No son los libros algo hermoso?


Pero la vida real no es así, Paula descubrió eso de la manera dura. Los felices para siempre están muy sobrevalorados últimamente, los felices para siempre fueron inventados para no revelar la verdad de lo que ocurre después. Nadie dice que a los tres años de matrimonio él la engañó, nadie dice que ella subió más de quince kilos antes del primer embarazo. Nadie, nunca nadie revela que él ahora es alcohólico, que ella ve en su mejor amiga algo más que un amiga y que muy probablemente ellos; ya ni comparten la misma cama.


Esa es la hipocresía de los libros y ésta, ésta es la verdad que los escritores nunca quisieron contar.


—Suéltame Pedro—Ella se sacudió el brazo, procurando no volver la vista atrás.


—Espera ¿Quieres?—No le puso atención, Paula comenzó a luchar con la tarjeta que abría la puerta y se sintió estúpida, por no lograr calzarla en la ranura adecuada.


Podía sentirlo a él parado a sus espaldas, podía sentir como la bilis le subía hasta la garganta. Las manos le picaban, quería golpearlo. Quería estrellarle la botella de Champagne en la cabeza. Pero matarlo no le serviría de mucho, luego ella tendría que soportar la cárcel por la simple razón de haber sido crudamente traicionada. ¿Traicionada? Pues sí, Julieta era su agente y un hombre decente no se revuelca con la agente de su colega solo por… ¿Por qué?  ¿Diversión? ¿Qué demonios lo había llevado a ser tan hijo de puta?


La puerta se abrió.


—Lárgate—Le dijo a tiempo que intentaba empujarlo fuera. Pedro le cogió ambas manos y la detuvo con fuerza.


— ¡Detente!


— ¡Muérete! —Paula siguió luchando, nunca antes se había sentido así de idiota. Nunca antes, se había puesto territorial con un hombre. Pero así lo sentía, porque Pedro de alguna forma le pertenecía. O ella había querido creer eso. 


Encontrarlo con una mujer fue demasiado perturbador, aun necesitaba tiempo para asimilarlo. Y para eso tenía que estar sola—Por favor, solo márchate—En esa ocasión su voz fue un leve susurro, al instante las manos de él perdieron fuerza.


—Paula…—Ella miró al piso, no iba a llorar.


El tiempo pareció detenerse en el umbral de su habitación. 


El suave murmullo de la respiración de ambos, prevaleció por sobre cualquier otro sonido. Paula giró las muñecas hasta que su tacto le fue ajeno y dando un paso hacia atrás, le dirigió una sonrisa sin un ápice de humor.


—Sera mejor que regreses, a ella no le gusta esperar. Se pone de mal humor cuando la ignoran.


—No es…—Sacudió una mano para silenciarlo.


—No tienes que decirme nada Pedro, fui en un mal momento y realmente lamento haberlos interrumpido—Lo lamentaba de formas inimaginables, pero no le permitiría saber cuánto. Él frunció el ceño y soltó un suspiro bastante audible.


—Claro ahora hagamos de cuenta que somos personas superadas ¿no?—Paula se encogió de hombros, su expresión tranquila, ilegible. Cualquiera pensaría que se encontraba en un spa—Bien Paula ¡Como sea! No hice nada por lo que tener que sentirme mal…—Ella presionó las manos en puños, pero resistió la urgencia de replicar con una variada lista de adjetivos para ese…hombre—Hice lo que me dijiste.


— ¡Con Julieta!—Eso fue todo lo que se pudo contener, hasta ella tenía sus límites— ¡Te acostaste con Julieta! Eres…no puedo verte siquiera, me repugnas.


— ¿Por qué? ¿Por qué no estoy persiguiéndote? ¿Acaso rompí tu bonita burbuja? Discúlpame quieres, disculpa por no estar rogándote que me miraras, disculpa por seguir de ti. Disculpa por no hacer mi parte en tu historia de amor y mostrarme completamente a tu disposición.


— ¡Eres un idiota! ¡Lárgate de aquí!


— ¡Claro que me voy a ir! Ni por un segundo pienses que tienes algún control sobre mí. Hago lo que se me dé la gana, tú no quisiste ser parte de esto así que supéralo. No soy tu personaje Paula, no hace nada de lo que tú esperas. No puedes controlarlo todo ¿lo ves? ¡Este fue el gran giro en la trama! ¿Qué te parece? ¿Sera que después de esto me puedo reivindicar?


Y sin decir más se dio la vuelta, dejándola en un estado de completo enmudecimiento. Paula observó la puerta cerrada, y una a una las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. No fue consciente de ello, pues aun las palabras de Pedro seguían clavándose en su pecho como puñales. 


Lo odiaba. Se limpió el rostro con furia, y no, no iba a llorar.

CAPITULO 27




Física y Química.


— ¿Crees que fue una victoria justa?


La idea de llenar el incómodo silencio, se había situado en su mente al mismísimo momento en que se vieron encerrados en ese ascensor. Pedro, quien se encontraba con la vista fija en los botones destellantes, volteó para darle su atención.


— ¿Qué?


— ¿Piensas que fue una victoria justa?—Él no respondió inmediatamente, volvió a deslizar la mirada por la botonera como si de allí pudiese obtener la respuesta.


—Supongo—Eso no la dejó muy conforme. Por alguna razón esperaba algo más elocuente, algo más pensando, algo bien argumentado…algo más.


— ¿Supones?—Aguijoneó dejando traslucir un poco de irritación en su timbre.


—Sí ¿Por qué?


—Por nada—Ahora ella miraba la botonera, parecía que se alternaban en ese juego de desencuentros. Pedro soltó un sonoro suspiro y Paula se vio obligada a observarlo.


— ¿Qué va mal?


—Nada.


—Aja, no me engañas ¿sabes?—La intensidad de sus ojos la hizo vacilar—Cuando te encontré en el corredor parecías estar a punto de llorar, y ahora me vienes con esto de la “victoria justa”


Paula ignoro el sarcasmo que empleó en las últimas palabras y tras morderse el labio inferior indecisa, decidió exponer su malestar. Después de todo, ellos trabajaban juntos si alguien podría entender la frustración de que su talento fuese desmerecido, ese debería ser Pedro.


—Solo que…—No podría hablar si lo miraba fijamente, era más sencillo cuando él no le ponía atención, cuando hacia parecer una piedra en la calle la cosa más importante para mirar. Pero en ese lugar no había muchas opciones, era verla a ella o a la botonera y Paula estaba hablando, por lo que sería muy obvio.


— ¿Qué?


—Estuve hablando con Julieta en el bar.


—Ah—Nada más que eso, otra vez Paula se sintió desanimada con su reacción. Si bien no le había dicho de que hablaron, Pedro no se mostró entusiasmado al respecto y eso ya la había hecho querer guardarse todas sus dudas


— ¿Y?


—No fue nada—Se encogió de hombros y miró al frente, piso tres. Este ascensor era un chiste ¿Acaso se congelaba cada vez que ellos abrían la boca?


— ¿Dijo algo sobre el premio?—Él continuó con la charla, ella iba a dejarlo, pero él continuó así que no podían culparla.


—Me dio a entender que solo había ganado porque ahora estoy asociada a ti.


— ¿Y tú le crees?—Paula lo enfrentó. Esperaba que Pedro pudiera decirle que no debía hacerle caso a su agente, qué Julieta era una víbora que soltaba veneno constantemente. No esperaba que él le preguntara aquello y no sabía que responder. ¿Le creía? ¿Realmente tenía tan poca fe en su escritura?


—No lo sé—respondió honestamente, tras sofocarse con su propio orgullo.


—Paula—Él la tomó por un brazo, haciendo que sus cuerpos quedaran perfectamente enfrentados— ¿Quieres que yo reafirme tu dignidad y te diga que ella se equivoca?—Lo primero que le vino a la mente fue sonreír y decir “¿podrías, por favor?”Pero se lo pensó con detenimiento, él no era de los que hacia esa clase de cosas y hasta ese instante había caído en cuenta de que Pedro estaba siendo sarcástico. Se liberó de su mano deliberadamente.


—No, yo no te pido eso—Su voz ligeramente tosca. Él rió.


—A veces te comportas como una niña ¿Por qué le pones tanto interés a lo que dicen los demás? Sabes quién eres y cómo llegaste hasta allí, deja de maquinarlo todo tu cabeza no lo soportara.


—Te sorprenderías de las cosas que puedo soportar—Soltó en un tono coqueto que incluso a ella sorprendió.


—Esa es una conversación mucho más interesante—Sentenció sonriéndole con arrogancia.


Paula intento no acalorarse, Pedro solo estaba siendo el idiota de siempre pero la invitación implícita en su voz, pareció soltar una bandada de mariposas en su estómago.


 Se culpaba por reaccionar como una adolescente estúpida y virgen, pero era Pedro. Si de una regresión académica se tratara, ligar con Pedro seria como si la nerd de la escuela lograra echarse un polvo con el maestro sexy y experimentado.


Miro la botonera ¿Enserio? ¿Piso cinco? Sentía que llevaba horas en ese lugar. ¿Hacía tanto calor? ¿O solo ella era la que se estaba incendiando? Era su culpa, no podía ponerse a pensar en echarse un polvo con Pedro estando en un ascensor los dos solos. Eso sería peligroso hasta para la Madre Teresa de Calcuta. Sacudió la cabeza, el piso seis parecía estar a años luz de distancia.


—Lo que sea—Terminó por murmurar, nada muy comprometedor, nada muy revelador. En verdad solo eran palabras vacías de alguien que se encuentra intimidado.


—Paula…— ¿Por qué lo decía de ese modo? ¿Por qué siempre que pronunciaba su nombre parecía un hombre apunto de tener un orgasmo? Bueno quizás exageraba, quizás su mente extraña y retorcida la hacía oír cosas. Quizás, solo quizás la voz de Pedro siempre tenía la misma entonación.


— ¿Qué?


—Estás rara— ¡Gran descubrimiento Sherlock! Lo pensó, pero no fue capaz de decírselo— ¿Qué ocurre? —Ella retrocedió cuando él avanzó,logrando que su espalda golpease el espejo lateral. Pedro frunció el ceño, pero parecía más bien sumergido en un razonamiento difícil que enfadado.


—Nada…—Él asintió para luego, casualmente, colocar una mano en el vidrio junto a su cabeza.


—No me engañas—susurró inclinándose ligeramente para mirarla a los ojos.


No se tocaban no se rozaban siquiera las ropas, pero el calor de su cuerpo la estaba quemando a distancia.


Pedro…—Pero cuando ella quiso hablar, él decidió deslizar su dedo índice sobre sus labios. Paula paso saliva, bueno…lo poco que tenía, pues su boca repentinamente parecía estar como un desierto y Paula era el único oasis en kilómetros.


—No creo que pueda…—Ella no le encontró ningún sentido a sus palabras, pero él no la miraba a los ojos, se mantenía con la vista fija en su boca.


— ¿Qué?


—Mantenerme lejos de ti—Mierda, mierda, mierda.


«¡Tin! A todos los pasajeros, se les recuerda que el piso seis está recibiendo visitas en este preciso instante». Nada como eso salió de un altavoz pero debió haber salido, pues ninguno de los dos se dio por enterado del asunto. Las puertas del ascensor una vez más se cerraron y comenzaron el descenso.


— ¿Por…q…?— ¡Ok, pausa! Todos a sus puestos. 
Segunda toma, escena del ascensor ¡Acción! — ¿Por qué? —Logró murmurar finalmente, aunque ya ni sabía con qué propósito preguntaba.


Pedro sonrió de medio lado sabía que la tenía atrapada, aun así evitó sus ojos, Paula se pondría nerviosa si hacia contacto visual.


— ¿Por qué, qué?—Se evadió, mientras enrollaba uno de sus bucles con su índice. Ella quizás contuvo el aliento, tal vez fue solo idea suya. No se molestó por verificarlo, sus rostros se habían acercado en el último segundo… un poco por su propio impulso, un poco por la ayuda de ella.


Pedro…—Su voz vacilante. Él situó el bucle justo en un lateral de su cuello, allí el chocolate que era su cabello se fundía con la piel suave y clara de Paula— ¿Qué haces? —Disfrutando la sensación de sentir su respiración golpeando su mejilla ¿Sería buena respuesta esa? Tal vez demasiado.


—Te miro—Era verdad lo hacía, estaba alimentando sus fantasías con tan solo mirarla. Ella no quería que pasara esa línea, lo sabía y eso lo molestaba de maneras insospechadas.


— ¿Por qué me miras? Yo no te gus…—Pedro la observó a los ojos entonces, instándola a terminar esa frase. Paula cerró la boca, como una niña a la que han reprendido.


—Dices muchas tonterías.


—Dijiste que lo olvidaríamos.


—Al demonio—Volvió a jugar con su bucle, ya no era de ella, Pedro acababa de reclamarlo como propio. Paula lo tomó por la muñeca, obligándolo a detener los movimientos de su mano.


—Basta Pedro—No había convicción en sus palabras


—No quieres decirlo en verdad—La apuró, acercándose a sus labios con total confianza. Y ella no lo decepcionó, pues no movió un musculo.


—Sí, sí quiero—Él rió mientras sacudía la cabeza en una leve negación, Paula alzó la barbilla demostrándole que tenía la situación contralada o al menos queriendo aparentar eso.


—No quieres—susurró depositando un beso en la comisura de sus labios, ella jadeó casi imperceptiblemente. Pedro sonrió frente a su involuntaria respuesta y descendió lentamente rozando su mejilla, acariciando su barbilla y soplando un tibio beso en su tráquea.


Ped…—Seguramente pretendía decir su nombre, pero él estaba demasiado entretenido como para responder.


Su piel se sentía tan dulce como lo había supuesto, fresca, tentadora, con un ligero rastro de una fragancia a rosas. 


Olía y sabía cómo Paula, y él no podía despegar los labios de su cuello. Quería buscar, investigar, degustar, catar. Todo, pero en su mente sabía que estaban en un ascensor sin rumbo fijo. En cualquier momento alguien lo reclamaría en algún piso y ellos serían atrapados infraganti, o mejor dicho él porque su compañera no parecía participar del asunto. A no ser por unos leves murmullos que dejaba escapar por entre sus sonrosados labios, no había mucho más. Y allí estaba él absorto en la visión que le regalaba Paula, con los ojos cerrados y la boca curvada en una sonrisa de deseo.


La tomó por el cuello y rompió aquella barrera invisible que los separaba, ella lo acogió de buen grado. Ya lo había hecho antes y esa vez tampoco se negó a darle entrada en su boca, lo esperaba tanto como él. Dejo caer una de sus manos en su cadera y la atrajo tan rudamente que uno esperaría alguna queja por la otra parte, pero ella respondió pegándose a su cuerpo y ahogando un gemido en su boca. Pedro mordió su labio juguetonamente y ella hizo lo propio, logrando que él maldijera para liberarse.


— ¡Oye!—Le reprendió tocándose la boca, para verificar que no sangrara.


—Tú empezaste.


—Tienes razón—Concedió apretándola allí donde su mano descansaba—Y yo lo terminare—Se volvió lo suficiente para golpear el número seis en la botonera y regreso su atención nuevamente a su víctima—Solo espera seis pisos—Ella desvió la vista a los números que lentamente ascendían y frunció ligeramente el seño— ¿Qué? —Preguntó al notar el cambio en su semblante, si bien seguían juntos Paula había bajado las manos que antes tenía posadas sobre sus hombros.


—Esto no está bien.


— ¿Otra vez con eso?


—No lo digas como si pensaras lo contario—Lo reprendió apartando la mirada.


—Vamos Paula—Pedro la tomó por la barbilla obligándola a enfrentarlo, ella lo hizo de mala gana— ¿Cuál es el problema? Somos adultos, sabemos lo que hacemos y lo que ambos queremos.


—Yo no digo lo contario, es solo que…


— ¿Solo qué? —La apremió, pero ella se contuvo de decir más—Sentimos una atracción mutua ¿Estás de acuerdo hasta ahí?


—Sí—murmuró con un hilo de voz.


— ¿No tiene que haber atracción para que dos cuerpos se junten?—Paula negó casi sin fuerza, él no pudo evitar soltar un bufido impaciente.


—Para que dos personas se junten, debe haber más que una ley de Física de por medio.


—No hablas enserio—Ella lo observó con el desafío escrito en sus ojos.


—En mi mundo así funciona—La mano de Pedro abandonó su cintura y una expresión ilegible se situó en su rostro.


— ¿Así qué… así va a ser?—Ella aun podía sentir su aliento, golpeando sus húmedos labios tras cada silaba pronunciada. Pero ya no había anhelo en su voz, solo una distante frialdad que le recordó todas sus antiguas disputas.


—No quiero discutir por esto Pedro— Él se alejó chasqueando la lengua y ella comprendió la ironía de lo que había dicho, por supuesto ¿Por qué no tomo esa decisión antes de besarlo? —Hay muchas mujeres en este hotel, dispuestas a acompañarte.


Su mirada relampagueó con ira hasta chocar con sus ojos. 


Por alguna razón Paula fue consiente demasiado tarde, de lo que acababa de decirle. Y en un intento por retractarse lo miro con la boca abierta, lista para hilvanar una oración. 


Pero la expresión que irradiaban sus ojos azules, la silenciaron.


— ¿Es eso lo qué quieres?—Le espetó alejándose completamente de su lado— ¿Qué me busque otra? 


—«¡No!» Pero sus palabras rara vez logran reflejar, lo que sus pensamientos reclaman constantemente. Por lo que en el caos que era su cabeza, solo pudo murmurar un decadente: —Si…


Él asintió sin decir nada y cuando las puertas se abrieron nuevamente, dio un paso al costado para permitirle escapar. Paula se movió sin saber a donde la guiaban sus pies, estando fuera se volvió esperando que también saliera, pero Pedro no lo hizo. Sus miradas se encontraron un instante, pero la de él no expresaba emoción alguna. Ni enfado, ni odio, ni deseo o afecto, solo había vacío y la promesa muda de que esto lo lamentaría.


Las puertas se cerraron entonces llevándoselo lejos de ella, matando la oportunidad de que en su noche de victoria hubiese algo real por lo que sentirse una ganadora.







Posó el vaso vacío boca abajo, esperando de alguna forma anunciar que su bebida se había acabado. No es como si alguien le estuviese poniendo atención, el cantinero parecía incapaz de mantenerse en pie mucho menos de llenar su copa. Senil, era una palabra demasiado pobre como para describir a ese hombre. De alguna forma sentía que estaba sentado en una barra, tratando de emborracharse frente a su abuelo. Tal vez Jerry era un estratega, quizás lo habían colocado justo en ese bar para que fuese imposible que alguien se embriagara. Uno simplemente no podía intentar rebelarse frente a ese hombre, era incluso risible la teoría de deprimirse con la imagen que irradiaba el apacible anciano.


—Debería ser ilegal que un hombre guapo, beba solo—Pedro apartó la vista del infinito y algo molesto por la interrupción, observó a su interlocutora. Julieta sonrió, una acción que parecía estar tatuada en los labios de esa mujer.


—Algo está verdaderamente mal en este país, al parecer—Ella pestaño rápidamente, tal vez sin congeniar su argumento. A decir verdad, ni siquiera él sabía lo que había intentado decir.


—Ha sido una bonita velada—No estaba de acuerdo, pero decírselo no entraba en sus planes. No es como si quisiera explicarle algo o para el caso, extender aquella conversación


— ¿No te parece?


—Seguro— Golpeó una vez más el vaso contra la barra, pero Jerry parecía estar lo suficientemente absorto en el crucigrama del The Guardian como para ponerle atención.


—Ese hombre es un pésimo cantinero—Sentenció Julieta, tomando asiento en el taburete a su lado—Al parecer pretende que cada bebida, tenga el mismo tiempo de añejamiento que él antes de servirla—Pedro sonrió con aspereza, ella a veces era dura pero tenía un sentido del humor agudo—Por eso traigo mi propia botella de Ron a estos eventos.


— ¿Ah sí?—Ella se colocó de lado cruzando sus largas piernas, a sabiendas de lo que el movimiento hacia en la falda de su vestido. Pedro enarcó una ceja y no pudo evitar del todo, deslizar su mirada por las delicadas partes de piel al descubierto. Julieta notó donde estaba su atención y coquetamente soltó una risilla musical. Pretendiendo algo de pudor, estiro sin estirar realmente, la indomable y poco colaboradora falda. Él sonrió ante el gesto y no podía decir que no le gustara del todo su actitud indiscreta.


—Fue un día tan largo, estaba planeando relajar la mente con un trago o dos en mi cuarto—Pedro no necesitaba oír más, con tan solo mirar a esa mujer supo lo que subyacía tras esa confesión susurrada.


No era estúpido, conocía las formas en que ella siempre le sonreía, lo miraba o le hablaba. Sabía que con un poco de estímulo, podría conseguir una invitación a su cuarto, un trago, un beso y quién sabe que más. Pero ¿Quería eso? 


¿Mirar a Julieta con ojos distintos se podría considerar despecho? Estaba molesto con Paula, no iba a negarlo. 


Pero no iba a analizarlo por mucho tiempo, una mujer se va y otra llega a tomar su lugar. Tan simple como eso, no valía la pena confundir más las cosas. Él era un hombre y estaba solo, no necesitaba el permiso de nadie, pero ella le había dicho que se buscara otra. Así que…


Julieta rozó con su índice la esquina de su vaso y con deliberada lentitud, dejo caer su mano por el borde hasta alcanzar la suya que aún se mantenía aferrada al inocente objeto. Lo miró de soslayo, él tenía la vista fija en su cincelado, femenino y atractivo perfil.


Era una mujer que sabía lo que quería e iba por ello. La clase de dama que conocía sus encantos y se valía correctamente de todos sus artilugios delicados. Esa clase que no malinterpreta una situación, e incluso de esas que orquestan la escena propicia para la seducción. No había frases ocultas,ni sentimientos que explicar, solo la simple y casi vulgar química entre dos sujetos.


—En mi habitación tengo un Champagne—Ella le guiño un ojo conforme con su respuesta espontánea.


—Suena incluso mejor que el Ron—Julieta se puso de pie, aguardando porque él la siguiera. Pedro abandono el vaso y se despidió del distraído Jerry.


Se dirigieron al ascensor en silencio, no había más que decirse. Todo sería profundamente discutido, en el interior del 38B.








domingo, 30 de noviembre de 2014

CAPITULO 26





Las risas pululaban en el ambiente, las palabras trilladas parecían estar incluidas en la carta y la voz maltratada por el cigarrillo del locutor, no hacía más que taladrarle los tímpanos. Como las diez veces anteriores, Pedro junto sus manos en un aplauso mientras el galardonado le dedicaba su victoria a Dios, sus padres y a quien sabe que otro método de inspiración de moda. Paula sentada a su derecha, sonreía y aplaudía con verdadera entrega.


Donelly había ganado en la categoría de mejor ciencia ficción. Era un premio cantado, todo el mundo sabía que ese tipo se la tenía en la bolsa. No solo por su estupendo último libro, sino también por su “fabulosa” personalidad. Mike Donelly tenía carisma, talento y un ego que necesitaba de su propia silla en la mesa. Y ella lo admiraba.


Por supuesto Paula no tuvo que decírselo, Pedro podía leerlo en sus ojos. Incluso se atrevía a decir que lo había votado a él como mejor escritor del año. No es que le interesara el premio, pues le daba exactamente lo mismo ganar o no. Pero estando allí presente, no tenía mucho interés de ver pasar a Donelly una vez más al escenario, para vanagloriarse de su insospechada fama. Lo único que lo fastidiaba es que ese reconocimiento interno, ayudaba a Donelly a posicionarse mejor frente a los del nobel. Era el problema de ser escritor anónimo, si bien frente a los otros era reconocido como parte del mundo literario. No podía sumarse puntos, con su rostro o su capacidad de llenar una librería en una firma de autógrafos. Pedro no tenía la posibilidad de hacerse propia publicidad y ahí Donelly le sacaba ventaja. Pero no por eso cambiaría su modo de presentarse al público, había decidido que sería su talento el que le granjeara la fama, no su rostro o una imagen creada por un profesional.


—Suerte—Una mano se aferró a su antebrazo izquierdo, y al reaccionar se dio cuenta que Julieta le estaba sonriendo. Le correspondió por mera diplomacia y entonces obligo a su distante atención a dirigirse hacia el escenario.


En ese momento el adicto a la nicotina, también conocido como “el locutor”, anunciaba los nominados para la categoría de escritores de series. Escucho su nombre, el de Paula y el de otro tres nominados. Pedro observo hacia su derecha, a la joven de cabello ondulado y rostro pétreo, casi sonríe al verla tan concentrada. Y mientras él se dedicaba a capturar en una fotografía mental su expresión, el locutor anunciaba al ganador. Pero algo no fue como lo esperaba, aun así…


—Paula Chaves.






La respiración se le atoro en una parte que desconocía de su anotomía, sus piernas se volvieron pesadas, más pesadas que todo su cuerpo en conjunto. Alguien la llamó por su nombre, alguien agitó una mano delante de sus ojos, pero ella no reaccionaba. ¿Acaso el hombre del escenario la había nombrado? ¿Acaso esa luz blanca no era Dios y solo se trataba de un reflector? ¿Debía moverse? ¿Se despertaría si lo hacía?


— ¡Paula ganaste!—Julieta la sacudía por los hombros, tratando de despertarla de su repentino estado autístico— ¡Sube! ¡Anda!


De alguna forma logró incorporarse y fue cuando se topó con unos ojos azules, fijos en su anonadada figura. Pedro se puso de pie para darle paso y ella incapaz de decir nada, tan solo camino al mejor estilo Terminator. 


Mirando a todos a su alrededor, sintiendo que parte de su cuerpo volaba hasta el escenario. No se concentró en nadie, tan solo recibió su primer y único premio, con rostro de quinceañera a la que le plantan su primer beso de amor.


 Podría parecer una estupidez, pero ni en sus mejores y más fantasiosos sueños, habría imaginado ganarle a Pedro en algo. Y allí estaba él, observándola desde la mesa con un gesto que no podría considerarse feliz, pero tampoco triste. Era difícil leer sus emociones, tal vez con eso encontraba una razón más para odiarla, tal vez encontraba una razón para admirarla. Estaban al fin y al cabo en un mismo nivel, y ahora los escritores ingleses pensaban que ella era mejor que él en algo. ¿Estúpido? Sí tal vez, pero es que ganar tiene un sabor demasiado irresistible. Estando de pie en el escenario, solo hizo lo que le dicto su alegre espíritu. Agradecer, sin importarle a quien podía molestar con ese acto. Después de todo era su momento de gloria.


Besando dos de sus dedos lo apunto justo a él, como diciendo “Toma parte de mi amor, hoy puedo ser generosa”
premiación. Incluso le había contado que los premios que ganaba normalmente se los enviaban a su casa, porque él ni se molestaba en ir a recibirlos. Debía de sentirse un poquito mal, después de haberse presentado por primera vez y no haber ganado nada.


—Este es un estupendo gran paso—Decía su agente, completamente ajena a sus pensamientos—Significa que finalmente estas obteniendo reconocimiento de tus pares. 


Claro esto tiene mucho que ver con la fusión de las historias…de alguna forma sabía que asociándote con Alfonso lograrías despegar tu carrera—En ese instante no pudo evitar, regresar su mirada hacia Julieta tratando lo humanamente posible de no sentirse ofendida.


Le fastidiaba que hablara de ella de esa forma, no es como si no existiera para el resto de los escritores antes de relacionarse con Pedro. Si bien su fama estaba más ligada a la fidelidad de sus lectores, también tenía algo de peso en el mundo literario. De apoco se estaba ganando el respeto que sus escritos merecían. Tal vez no al mismo nivel que Pedro o incluso Donelly, pero tampoco era tan patética como para no haber ganado sin esa asociación ¿verdad?


—Espero que Pedro no este molesto.


—No digas tonterías, es perfecto para ambos—La acalló Julieta sonriendo casi con diablura—Javier hará que esta derrota, se vuelva algo como… una muestra de caballerosidad—Una vez más Paula tuvo que sostenerse de su silla, para no mandar a su bocona agente al demonio—Esto nos sirve a ambos, te lo aseguro.


—Si…supongo—Sabia que si cedía a esa charla, terminaría diciendo una grosería y luego se vería en la embarazosa tarea de disculparse por algo en lo que llevaba la razón. Era irónico, pero así funcionaba la relación entre ella y su agente. Paula era consciente de que Julieta le tenía mucha paciencia, pues había que ser atrevido para mancharse las manos con sus escritos. Algo que ya de por si era difícil de vender, incluso a las feminista más orgullosas de todo Inglaterra.


Julieta la había rescatado del poso de los don nadie, Julieta le había abierto las puertas a su sueño. Por eso Paula podía pasar por alto, tonterías como comentarios que solo parecían ataques continuos a su escaso talento.


—Tenemos que avanzar lento, pero pienso que la presentación a la prensa será todo un éxito. Si tan solo pudiésemos lograr que Pedro se presentara…


—Él es un escritor anónimo, sabes que no da conferencias o lecturas…—Ann sacudió una mano en el aire, como si ese detalle fuese ínfimo para sus maquiavélicos planes.


—Oh no creo que este feliz con la victoria de Donelly, seguramente después de esto Javier lo hará entrar en razón.


— ¿A qué te refieres?—instó confusa. Julieta se inclinó ligeramente, como si estuviese por compartirle el secreto de su sonrisa eterna y ese carmín a prueba de licores.


Pedro ha cosechado fama con todo el asunto de Sir Alfonso, pero con esto vera que el anonimato solo lo está limitando. Admito que en parte es culpa de Javier, siempre lo deja hacer lo que quiere…como agente debe mostrarle cual es el camino correcto hacia la fama—hizo una mueca
desdeñosa, antes de continuar—Pero en fin, es un escritor demasiado bueno como para vivir en la sombras. Si tan solo fuese más dado al contacto con otros seres humanos, seria nominado al nobel de literatura, al de medicina, al de la paz. Te lo aseguro…solo necesita del estímulo adecuado.


Por alguna razón no le gusto la malicia que decoraba los ojos pardos de Julieta, a veces podía ser bastante obstinada cuando se le metía algo en la cabeza. Un rasgo estupendo en un agente que busca una editorial para vender una obra, pero no tan bueno cuando se trata de inmiscuirse en la privacidad de las personas.


—Entiendo lo que dices, pero eso es asunto de ellos—Julieta la miró con la sonrisa helada en el rostro, seguramente no se esperaba una respuesta…o al menos no esa.


—Por supuesto que lo es—rió brevemente—Yo solo digo lo que me parece seria lo adecuado. Ya sabes, tú también podrías intentar mostrarle a Pedro el camino…


— ¡No!—La detuvo, cuando hubo conectado cada pieza de ese puzzle—No pienso interferir, si Pedro es escritor anónimo sus razones debe tener y eso no nos concierne.


—Paula ¿Acaso no lo ves? Podrías llenar Waterstone's, si tan solo lo instaras a que te acompañara en la promoción del libro.


—Yo no necesito de él, para promocionar el libro. Además así lo habíamos acordado desde el principio—replicó algo afectada por sus argumentos—Julieta, nunca necesite de alguien más para llegar a mis lectores.


—El problema es que ya no te dirigirás a tus lectores, te dirigirás a los de él también. Sus fanáticas, están comprando tus libros porque esperan conocer a la perfección a la mujer que ganara el corazón de James.


— ¿Qué demonios estás sugiriendo?—La increpó exaltada.


—No te alteres Paula, solo estoy señalando lo obvio. Desde que el rumor corre en la red, las ventas de tus libros han ido en aumento. Esto no tiene nada de malo…


—Claro—Interrumpió con sarcasmo—Solo me aconsejas sabiamente, el camino que debo tomar para colgarme de la fama de alguien más.


—Yo no…


—Déjalo Julieta, simplemente dejémoslo ahí—Se puso de pie y tomo su premio con las manos temblorosas.


Se sentía insultada en su gran noche, Paula sabía que había ganado porque lo merecía y no tenía nada que ver con una estrategia publicitaria de Julieta y Javier. Al menos quería creer con todas sus fuerzas que así había sido.


Caminó por los pasillos abrazada a su pequeño libro de bronce en su delicado pedestal. Se dijo una y mil veces que no debía dejarse afectar por lo que dijera Ann, seguramente no intentaba ser malvada. Eso era algo que le salía tan natural como respirar, o las flatulencias. Sus palabras apestaban como las ultimas y aun así, nadie podía condenarla por ello. Pues al fin y al cabo era algo involuntario.


—Ese es el rostro de una campeona—Paula dio un respingo buscando al emisario de ese comentario.


Y tras escudriñar el pasillo en penumbras, logro divisarlo de pie junto a la puerta de las escaleras de emergencia


—Hola…—Saludo, tratando de no hacer evidente su malestar en su rostro.


— ¿Qué pasa?—Pedro avanzó hasta detenerse a pocos centímetros de ella, por un instante Paula pensó que la tocaría, pero su mano termino por caer a un lado de su cuerpo como un peso muerto.


—Nada…—mintió con poca convicción. La idea de que no hubiese sido por su talento y que solo había ganado por mera planeación, le estaba estrujando las entrañas.


—Ok, ahora vamos con la verdad— Ella sonrió muy a su pesar.


—No importa…esto, no es importante—Se evadió, pidiendo en silencio que no la interrogara.


—Bueno, si no me quieres decir lo comprendo—Paula clavo la vista en uno de los botones de su camisa, incapaz de mirarlo a la cara—Pero… ¿Qué te parece si festejamos?


— ¿Qué festejaremos?


—Tú victoria.


—Pero…—Se detuvo un segundo, cualquiera creería que para pensar sus siguientes palabras, obviamente ese cualquiera no conoce muy bien a Paula—Te gané —Pedro sacudió la cabeza y al mirarla nuevamente, una centellante sonrisa decoraba sus labios.


—Sí, creo que eso lo sabemos todos.


— ¿Y no estas molesto?


— ¿Molesto?—Si estaba actuando, ella iba admitir que el tipo la tenía bien ensayada. Pues por un instante, realmente se creyó que él no comprendía la razón de su pregunta— ¿Por qué iba a estar molesto?


—Bueno…—Lo miró con cierto grado de desconfianza—Estábamos nominados para el mismo premio—Realmente la risa de Pedro podía curar el cáncer, en eso iba darle un punto a Julieta. Si lo escucharan reír, seguro le dan el nobel de medicina.


—Soy consciente de eso y creo que ha ganado el mejor—Admitió sofocando aun su risilla.


— ¿Estas drogado?—Debía preguntar, una nunca podía descartar ninguna hipótesis.


—Vamos Paula, intento ser un buen perdedor ¿Por cuánto tiempo seguirás humillándome? —Poniéndolo de ese modo, ella casi se sintió como el lobo que se comía a Blanca nieves. Aunque…el lobo, se comía a la de vestido rojo ¿o esa era la de la manzana? ¡Demonios! Debía darle una repasada a sus cuentos de princesas.


—Ok…—Y hasta ahí llegaba su raciocinio, más cuando cierto escritor de ojos azules ponía carita de cachorrito regañado.


—Entonces…tengo un Champagne en mi habitación—Con un ademan de su mano le apunto el elevador. Ella dudo un segundo, solo un segundo antes de seguirlo.


—Soy más dada al Cabernet.


—Veremos que podemos conseguir—Las puertas del elevador se cerraron y ella se permitió analizar aquello un instante.


¿Estaría bien subir a su habitación? ¿Los dos solos? ¿Otra vez? Paula sabía las respuestas a todas esas preguntas y aun así, no le importó. Quería en su noche de victoria, ganar de todos los modos posibles. Y con todo el calor del momento por la discusión con Julieta, la presencia de Pedro en ese diminuto ascensor y la promesa de su vino 1986 a punto, esperando ser puesto en la mesa. Ella no sentía que algo estuviese mal, aunque muy probablemente las cosas cambiarían cuando las puertas del cuarto 38B la transportaran a un mundo solo habitado por ellos. Pero ¿Para qué cuestionarse antes de tiempo? Todavía quedaban seis pisos, antes de llegar a destino.